FRANCISCO SANDOVAL

He hablado en algunos artículos de la arquitectura de los castillos medievales, de edificios de los siglos XVI y XVII, e incluso de proyectos contemporáneos que miran al futuro. Pero hoy me quiero detener en unos edificios que en poco tiempo cumplirían su centenario, y que poseen una característica diferente respecto a los antes mencionados: que ya no existen.

En general, la arquitectura del siglo XX no ha sabido apreciarse como debiera. Quizá la falta de perspectiva temporal la ha dejado desprovista de pátina histórica, en otros casos ha sido la incomprensión del concepto que representaban. El siglo XX estuvo marcado por el Movimiento Moderno y sus edificios pragmáticos sin ornamento, principales víctimas de las posteriores demoliciones. Pero no es de ellos de quien voy a hablar, pues, aunque ya daban sus primeros pasos con la fundación de la BAUHAUS en 1919, el academicismo y el neoclásico perduraron aún bastantes años.

El auge económico de la década de 1920 hizo posible, también en Caravaca, la materialización de muchos proyectos, como el trazado de la Gran Vía. La ciudad tenía que dar respuesta a ciertas necesidades que otras urbes de mayor tamaño ya habían alcanzado a finales del siglo XIX.

Por su interesante fachada, destacan dos edificios: el Matadero proyectado en 1925 y el Mercado de Abastos en 1927, ambos por el arquitecto Manuel Muñoz Casayús. El primero ocupaba el lugar del actual Hogar del Pensionista, y cuando se diseñó estaba fuera de la ciudad. El enclave era la confluencia del antiguo Camino de los Molinos (del cual no queda traza palpable en el anodino entramado urbano actual) y el Camino de Granada (actual calle San Simón, no hay que confundir con la Avenida de Granada, que entonces era llamada “Carretera de Murcia a Puebla de Don Fadrique”). El Mercado, sin embargo, se levantó en la Gran Vía, y ocupaba la actual Plaza Tuzla.

Aunque el Matadero y el Mercado respondan a dos proyectos diferentes, están íntimamente relacionados con una misma actividad. De hecho, en algunas ciudades los edificaron en un mismo complejo. Ambos son fruto de dos Reales Decretos de 1905 que permitieron a los municipios de más de 10.000 habitantes construir estas estructuras para favorecer cierto control de las reses y centralizar el comercio en un lugar de la ciudad. Hemos de entender que se levantaron, por tanto, en un contexto de auge de la gestión municipal de ciertos servicios, y el abastecimiento de víveres no iba a ser ni mucho menos una excepción.

La fachada del Matadero responde a la corriente neomudéjar, con sus típicos arcos de herradura. El hueco de acceso se remataba por un arco apoyado en dos ménsulas, al igual que ocurre en la Plaza de Toros, con la diferencia de que en ésta es un arco túmido y en el Matadero era de medio punto. Además, en los dos edificios se combinan estos arcos de herradura con huecos rectangulares en órdenes distintos.

En cuanto al Mercado, la fachada nada tiene que ver. Si bien el neomudéjar tuvo su marca especialmente en las plazas de toros, otros edificios civiles respondieron a diferentes estilos surgidos en el siglo XIX. El Mercado de Abastos, imagen que ilustra este artículo, era neoclásico. Su fachada guarda similitudes con otros mercados como el de Santa Caterina de Barcelona: un solo cuerpo en el que se suceden arcos rematados con una balaustrada o un frontón clásico. El de Caravaca presentaba características interesantes, como los arcos carpaneles (rebajados) en vez de medio punto, o las columnas jónicas que componían las portadas. Se intuye un saliente al fondo, a modo de lucernario, que le otorga un sabor decimonónico indudable.

Con el paso del siglo XX convivieron con otros edificios, como el Gran Teatro Cinema, levantado para atender la demanda cinematográfica. Éste último y el Mercado desaparecieron como consecuencia indirecta del Desarrollismo de los años sesenta, que introdujo las modificaciones que derivaron en la actual Gran Vía. El Matadero también desapareció ante la inexistencia de operaciones que otorgan una segunda vida a los edificios, que por suerte hoy día sí tienen bastante acogida.

De esta crónica del pasado quizá nos queda la esperanza de que hoy veamos con otros ojos el patrimonio que nos rodea, y de ahí han fraguado diversas leyes que lo protegen. Lástima que a algunos no les diese tiempo a ser salvados.