FRANCISCO SANDOVAL

El desorden es la delicia de la imaginación, dijo Paul Claudel. Tumbado en el suelo una de tantas noches apacibles de agosto, miro un cielo lleno de estrellas que despliegan formas descritas por nuestros ancestros, en el afán por atribuir al cielo figuras conocidas en la tierra. Son las constelaciones.

Esa maravillosa obra del cosmos ha sido fuente de inspiración en numerosas obras arquitectónicas levantadas por la humanidad. Orientaron los conductos de la Cámara del Rey en las pirámides de Egipto hace más de 4000 años y acentuaron el poder del Sultán en la Alhambra hace unos 700. Hace menos de 100 que esos cielos han empalidecido en la noche de la ciudad. Cuando nos retiramos a las zonas menos pobladas nos sigue abrumando su belleza, pero ya no es protagonista en nuestras vidas, no tenemos semejante espectáculo cada noche, sino que queda relegado a lo insólito del pasatiempo.

Nadie ha tocado nunca las estrellas. Podrían seguir siendo, hoy en día, la misma fuente de inspiración que llevaba al misterio de su existencia. Aquellos luceros titilantes convenientemente ordenados en una cúpula etérea que evoca la eternidad. Sin embargo, desde no hace mucho sabemos que son grandes bolas de plasma con un inicio y un final que, en ocasiones, es tremendamente violento. Que se mueven por la galaxia al igual que lo hace el sol, y que esas figuras que dibujan en nuestro cielo se perciben únicamente desde nuestra posición, pues entre sus vértices hay varios años luz y mucha materia inerte en todas direcciones.

Esta dura realidad para el alma soñadora parece haber favorecido una introversión en lo mundano. La desconexión del misticismo descarga el pensamiento de su componente humanística e incluso abstracta, lo lleva al plano más superficial. Y bajo un cielo apagado conduce a un estado hedonista.

Por eso, mirar a las estrellas me parece hoy más sugerente que nunca. Es precisamente el hecho de conocer el cosmos mejor que antes lo que, paradójicamente, nos debería suscitar más misterio. Sabemos que la velocidad de la luz es un límite infranqueable, que no hemos encontrado ninguna otra civilización y que ni tan siquiera con la tecnología más desarrollada sobre el papel podríamos llegar al sistema estelar más cercano en el período de una vida humana. Las descomunales distancias no pueden ser entendidas por nuestra mente.

Ante este panorama, surgió la teoría del Gran Filtro, según la cual la civilización llega a un estado que le impide seguir avanzando, como podría ser los límites antes expuestos, e incluso puede llegar a ser destruida por una catástrofe natural, un virus o por su propia tecnología. Por eso, es inevitable pensar si llegados a este punto entraremos en una vorágine de búsqueda continua de endorfinas, de conformismo terrenal que nos estanque como civilización.

La humanidad ha conocido su mayor desarrollo en las últimas décadas, numerosos datos lo respaldan. Ello es fruto de la curiosidad y también de la ambición. Por eso me preocupa escuchar cada vez más este último término con carácter peyorativo. ¿Qué el desarrollo ha tenido múltiples deficiencias? ¡Por supuesto que sí, no somos perfectos! Pero también hemos desarrollado, pese a todo, conciencia de nuestra repercusión en el entorno.

Reflexiones así se me vienen a la cabeza mientras miro las estrellas, en un lugar muy apartado, tras una larga caminata de algunos kilómetros por la Sierra de Segura. Andariego y pensativo

por caminos que otros trazaron antes de que mis pies los surcasen. Me pongo en la piel de quien, tras varias horas a pie, llegaba a un núcleo habitado y se maravillaba con la majestuosidad de las obras que se levantaban, de bóvedas que parecían levitar muy arriba sobre su cabeza. Edificios que supusieron reto tras reto a sus constructores que con ambición los levantaron.

Mientras sigan saliendo más decimales del número áureo, mientras estudiamos la singularidad que dio origen al universo, mientras intentamos comprender nuestra propia naturaleza… seguiremos edificando un futuro ansiosos de alcanzar nuevos límites. Y lo más importante: lo haremos conscientes de nuestra ineludible condición humana.