E. SOLER

El característico tintinear de la campana por las calles de Caravaca anunciaba que la Cruz visitaba a sus hijos más queridos, enfermos e impedidos aguardan para poder tener el Leño de Cristo entre sus labios, muchos recitan oraciones, otros plegarias y algunos conscientes de que será la última vez que adoren el Lignum Crucis, antes de reunirse con el creador, solo miran al cielo y exclaman a Dios.

Durante su primera visita y tras recorrer el barrio anexo a la Basílica Santuario, llegó al Asilo que las Madres de los Ancianos Desamparados tienen en Caravaca. Tras pasar por el barrio del Hoyo y hacer su tradicional estación en la ermita de Santa Elena, la Patrona de la ciudad hizo un alto en el camino para visitar a las Madres de Clausura Caravaqueñas.

Durante más de cuatro siglos la Congregación de las Clarisas rezan por las plegarias de los caravaqueños, y desde principios del siglo pasado en la mañana del cuatro de reciben a la Sagrada Reliquia en su casa convento, con una lluvia de pétalos de rosa, acompañados por cientos de fieles. Durante su estancia en la casa de clausura la patrona de la ciudad de Caravaca bendice el agua que la congregación usará ese día durante la comida.

Al grito de “la Santísima Cruz entra en esta casa” la emoción se comienza a desbordar, son momentos de recogimiento, besos de fe y esperanza de personas que se aferran a la Cruz de la vida, que durante los días cuatro y cinco de mayo recorre todos los barrios de la ciudad Santa del Noroeste murciano.

Durante esta peculiar procesión, el relicario que contiene las tres astillas del madero de Cristo está custodiada por la Compañía de Armaos de la Vera Cruz, además de una representación de tres miembros de la Cofradía, los hombres del palio y un nutrido grupo de fieles, que anualmente no faltan a su cita, algunos cuentan más de cuarenta años acompañando a la Vera Cruz, entre todos destaca José Aroca encargado de organizar el recorrido y que la Cruz no falte a su cita en ninguna casa de la ciudad.