JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

La vieja costumbre entre los caravaqueños de regalar a familiares, amigos y conocidos la imagen de la Cruz de Caravaca que ofrece la artesanía local en metales nobles, y también en madera y aleaciones metálicas de diversa naturaleza, tiene su más antigua referencia documental en el S. XVI y concretamente en el año 1576 en la carta que, con fecha 3 de diciembre de ese año escribe Sta. Teresa de Jesús a la madre María de S. José, priora de su convento de Sevilla. En el último párrafo de la misma la santa fundadora dice textualmente a la sevillana «Alberta ha escrito a Dª. Luisa y enviadola una cruz…» Alberta es el nombre cariñoso con que la Santa llamaba a su priora del convento de Caravaca: Ana de san Alberto, y la destinataria del obsequio Dª. Luisa de la Cerda (benefactora de las carmelitas, contemporánea de la M. Teresa). Desde entonces al día de hoy el regalo de cruces por los de aquí a gentes del más diverso destino está documentado en múltiples ocasiones y ha sido incesante, haciéndose de manera individual y también corporativa, sin interrupción temporal. (La Cofradía de la Cruz y el Ayuntamiento entre otras instituciones y entidades sociales locales, han hecho regalos de esta naturaleza a la reina Isabel II, a los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, el rey Juan Carlos I, al rey Felipe VI y a sus hermanas las infantas Elena y Cristina con motivo de sus respectivos enlaces matrimoniales. Y así un largo etcétera, como bien es sabido por el lector).
La profesión de «platero crucista», desde el S. XVI al XX ha sido una constante en la historia local. Llegó a existir un «gremio de vaciadores de cruces de Caravaca, constituido en defensa de sus intereses, como ya se ha publicado, y orfebres contemporáneos especializados en la fabricación de cruces como Rafael Orrico, José María «el Chavo» y sus sobrinos, Antonio Ros (y antes su padre), Martín y José «el Che» entre otros, además de la industria medallística aragonesa, dan fe de esa actividad hasta el día de hoy.
No es extraño, pues, que la comunidad de monjas carmelitas de Caravaca obsequiara en algún momento a su fundadora Teresa de Jesús, con una cruz de cuatro brazos, con cualquier pretexto que podamos imaginar, con motivo de la celebración de un acontecimiento particular o como agradecimiento, como personalmente creo sucedió, por algún favor dispensado por aquella.
El obsequio de la Cruz que nos ocupa a la Santa pudo producirse con motivo del regalo que, en diciembre de 1576 hizo a sus monjas de aquí de dos imágenes, una de la Virgen del Carmen y otra de S. José, según ella misma refiere en sus cartas 154 (a María de S. José, de Sevilla) y 159 (a Diego Ortiz, de Toledo). Las citadas imágenes, como se sabe, se conservan y se llevaron las monjas a su nueva ubicación en Tallante, en el año 2003. Pudo ser como agradecimiento por aquel obsequio, o por cualquier otro motivo, el caso es que la M. Teresa llevaba consigo, entre sus objetos personales una cruz de Caravaca, fabricada en madera, por un profesional caravaqueño o quizás por una de las monjas de la comunidad local. Esta cruz, de pequeñas dimensiones (8´5 x 4 Cm.) como es sabido, fue encontrada en su lecho de muerte, entre sus ropas, por la hermana que actuaba con ella de enfermera, Ana de S. Bartolomé (el 4 de octubre de 1582, en Alba de Tormes). La monja en cuestión conservó esta cruz como reliquia personal durante años, entregándola años después a otra monja de su orden: Ana de Jesús, quien en 25 de enero de 1607 fundó el convento de Bruselas (en Bélgica). Desde entonces la Cruz de Santa Teresa permanece allí. De ello informó a este cronista en septiembre de 1969 la priora de aquel convento, entonces María Gertrudis de S. José, en carta autógrafa de 19 de aquel mes y año, lo que me motivó a escribir el artículo que con el título «La Cruz de Caravaca en un carmelo teresiano», se publicó en la revista «Hontanar» que durante años se editó por los jóvenes del club Edit Stein bajo la dirección del P. Dionisio Tomás («Hontanar» nº. 3. 1971). En aquella carta, cuyo original conservo en mi archivo personal, la M. María Gertrudis me informaba también sobre una costumbre particular de aquel convento: «toutes les carmelites de Bruxelles portent a leur grand chapelet la croix a cuatre bras de Caravaca…» (todas las carmelitas de Bruselas llevan en su rosario la cruz de cuatro brazos de Caravaca). Desconozco si la costumbre se mantiene al presente.
Tras 433 años de la muerte de Sta. Teresa, gracias a la iniciativa de la Rl. e Ilustre Cofradía de la Stma. y Vera Cruz que preside Elisa Jiménez-Girón Marín y secundada por la comunidad de PP. Carmelitas Descalzos de Caravaca de la que es prior el P. Pacual Gil, se hicieron las oportunas gestiones ante el convento de Bruselas donde celosamente es custodiada la reliquia en todo momento por la priora de la casa. En ellas intervinieron también los padres David Jiménez y Antonio González (de convento de Ávila). Las gestiones llegaron a buen puerto y las monjas belgas aceptaron la voluntad de la priora de que la Cruz viajara a Caravaca, con la única condición de que quien hiciera de portador de la misma fuera un fraile carmelita, actuando en ello el francés P. Joseph Guicquel.
Del resto del relato contemporáneo el lector sabe por lo escrito en EL NOROESTE y los periódicos de la Región por los periodistas Enrique Soler y Juan Fernández. La maratoniana peregrinación a Ávila el pasado día cinco trajo a Caravaca la Reliquia para conocimiento y veneración de los caravaqueños y cuantos de fuera de la ciudad quieran hacerlo junto a nosotros hasta el mes de octubre próximo. Lástima que las monjas herederas de aquellas que regalaron la Cruz a la Santa Madre en fecha incierta de la segunda mitad del S. XVI, no hayan podido recibir la reliquia y disfrutar de ella, como en 1962 disfrutaron de aquella otra del «Brazo Incorrupto», en su peregrinar por las tierras de España. El lugar por ellas elegido, traicionando la voluntad de la Santa, carece de tradición alguna, no se encuentra en ningún circuito carmelitano y no tiene vínculos históricos que unan a la nueva casa con la orden del Carmen Descalzo.