Pascual García
Desde que se publicara su primer libro en 1978, «Maneras de estar solo», fruto de la concesión del prestigioso Premio Adonais el año anterior, sus lectores hemos ido siguiendo una trayectoria poética, uniforme y fiel a un estilo propioeloy-sanchez-rosillo, alejada en ocasiones de las modas imperantes, pero atenta a unos temas eternos y únicos, que en su voz siempre nos han parecido nuevos, sorprendentes, clásicos, sin embargo y verdaderos; el propio poeta lo ha dejado escrito en una carta que recoge el antólogo: «No se repetirá nunca si escribe con verdad, porque cada vez que habla de uno de ellos lo hace yendo hasta el principio mismo de todo, hasta el origen, y mira allí con nuevos ojos y por primera vez. Observarlo todo como si fuera la primera vez y escribirlo de un modo cristalino, sencillo y hondo no es tarea fácil, aunque lo parezca, porque se requiere de un sentido poético único, de una capacidad de asombro inigualable y de la palabra justa, necesaria y bella.
Eloy lo ha hecho todo bien desde el principio, aunque sus primeras entregas estaban impregnadas de una nostalgia elegiaca que no parecía propia de un hombre joven, sino más bien, tal vez, de un poeta empapado de la mejor literatura, al que los años no lo habían marcado aún con el estigma de su paso implacable: «Ya nunca, nunca,/ sucederá de nuevo/ la tarde aquella». «Maneras de estar solo», «Páginas de un diario», «Elegías», «Autorretratos» constituyen esos primeros títulos en los que vibra ya la huella de un poeta poderoso, de un lirismo contenido pero muy intenso, aunque «La vida» y su siguiente poemario, «La certeza» suponen un cambio cualitativo y de temperatura poética esencial. El escritor profundiza en su concepto del tiempo y en su deseo inquebrantable de devolverle al presente su capacidad de ser eterno con la palabra mágica: «Al cabo de los años he llegado a saber/ que en la naturaleza del milagro/ se funden lo fugaz y lo perenne.»
No cabe la menor duda de que la publicación de esta antología, «Hilo de oro», editada por Cátedra en su colección letras Hispánicas, es un acontecimiento tan importante, que constituye necesariamente la consagración de Eloy Sánchez Rosillo, porque, al fin y al cabo, ésta es la puerta grande por donde entran en la historia de las letras los grandes clásicos. Eloy Sánchez Rosillo lo era ya en sus primeras obras, como lo fue Claudio Rodríguez, Francisco Brines o José Hierro, cuyos primeros versos también merecieron el Premio Adonais y cuya trayectoria, si bien diferente, alcanzó asimismo el beneplácito unánime de la crítica y de un público, aunque minoritario, al menos, exigente y escogido.
El milagro del poeta murciano consiste en haber mantenido unos ideales poéticos constantes casi desde sus primeros versos y, sin embargo, no haberse repetido nunca. Así lo hemos percibido sus lectores, que recibíamos cada una de sus entregas como un regalo de la palabra bien temperada: «Desperté y habitaba/ la estancia inacabable de la luz». En sus diversos poemarios ha ido el poeta del pasado al presente, de un recuerdo persistente y luminoso, de una evocación nostálgica a la revelación de un instante de eternidad, que Eloy Sánchez Rosillo conseguía con unos pocos trazos, con un lenguaje tan sencillo como misterioso, tan elemental como mágico: «Por si acaso se asusta la alegría/ y se apresura a irse,/ se la escondo a la gente y no le digo a nadie/ que ha llegado a mi casa después de mucho tiempo.»
Mi enhorabuena al poeta debo hacerla extensiva a todos nosotros, sus lectores más cercanos y a los que lo siguen desde cualquier parte, porque supimos ver desde el principio el enigma de la verdad y de la belleza en todas sus palabras, y el tiempo nos ha dado la razón.
TÍTULO: HILO DE ORO (Antología poética, 1974-2011) Edición de José Luis Morante
AUTOR: ELOY SÁNCHEZ ROSILLO
EDITORIAL: CÁTEDRA, Letras Hispánicas