Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Jamás pensé que una planta tan humilde, de un simbolismo tan pobre y áspero y tan arraigada en mi memoria de niño, recobrara con los años una relevancia semejante y me acompañara cada día en el pequeño trayecto de mi nuevo domicilio hasta el centro del pueblo que me hospedaba.

La primera vez que caí en la cuenta de su envergadura, de su belleza y de su lugar en mi nueva vida fue hace ahora un año exacto. Exhibía como exhibe ahora el aspecto de un ciclo vegetal acabado. Reseca por el estiaje del verano, quemada por el sol y macilenta, cuando la vi pensé que era un signo evidente de mi nueva situación y que ambos, la planta y yo, andábamos alicaídos y melancólicos en un final de agosto que auguraba soledad. Tal vez por todo esto fui tomándole un apego especial y me fui identificando con su murria, con su desgana,  con esa muerte inevitable que las últimas luces del verano nos vaticinaban a ambos.

Cada día pasaba junto al cardo en varias ocasiones, lo fotografiaba en diversos momentos del año e iba identificándome con su estado de ánimo natural, de manera que padecí durante semanas y meses el trance lento y agónico de aquel testigo en mi nueva vida.

De repente casi se extinguió y quedaron apenas los restos calcinados en el lugar de donde había surgido algunos meses atrás; durante un tiempo el sitio permaneció vacío y árido,  y un día vi los brotes nuevos y verdes y entendí que la vida regresaba a su ciclo natural. Desde entonces he seguido con curiosidad su proceso y me he dado cuenta de que era paralelo al mío propio, de que ambos resurgíamos del final del verano, de las cenizas de ese infierno murciano y la primavera nos iba insuflando vida poco a poco y reconstruía nuestro ánimo, la savia y la sangre se abrían paso por nuestros tejidos e iban animándonos y lentamente nos erguíamos sobre el suelo y sobre la vida.

Es curioso la complicidad que puede surgir entre un hombre y una planta, pero sobre todo con un vegetal tan menesteroso, desabrido y molesto como una cardoncha (Dipsacus fullonum para los entendidos) y para los que triscábamos en las Torres del Castillo de Moratalla hace ya medio siglo un cardo borriquero cuyas flores erizadas de púas se jalaban los burros de mi época como una tierna ambrosía y tal vez de ahí su nombre, un símbolo más del paisaje de mi infancia, cuya pobreza y sequedad remedaban el panorama social de un tiempo ido por fortuna.

Acaso por todo esto me identifiqué muy pronto con él aquel final del verano pasado en que me quedaba solo por una vez en la vida, solo, libre y absuelto, enfrentado a una aventura inédita de la que no estaba muy seguro de salir indemne, con un leve sentimiento de culpabilidad, como no podía ser menos, y con la emoción de un proyecto a punto de iniciarse. El cardo borriquero y yo nos cruzábamos todos los días unas cuantas veces y  yo lo veía crecer, cambiar, adoptar las formas que el clima y la naturaleza le iban concediendo, y todo aquello me confería a mí un determinado sentimiento de seguridad, como si la proximidad de la planta, su cercanía tuviesen  el poder de acompañarme cada noche y cada madrugada.

Podría haber sido un perro, un jilguero o un gato pero aquella planta hosca me había recordado mis orígenes y mi presente, me había colocado en mi lugar en el mundo y me había permitido verla en su viaje anual hacia la plenitud primero y hacia la consunción después. Ese era el secreto del tiempo.

Y mientras tanto, yo me recuperaba de mis propias heridas. Solo podría tener palabras de gratitud para ella.