Pedro Antonio Martínez Robles

Quien no ha subido hasta el abrigo de la piedra Jajá en la Sierra de El Molino, para mirar por encima del vuelo de los pájaros, junto al silencio de las cabras montesas, en un acto de íntimo recogimiento, la inmensidad del valle del Segura, con sus retales verdes de vega y el verde brumoso de los pinos, el blanco ceniciento de los Llanos de la Estación o la parda muralla de la Sierra del Puerto al fondo, cerrando el confín del término, la linde misma con las vecinas tierras de Cieza y de Las Minas de Hellín, no ha asistido, con la sensación de vuelo de ave migratoria, a uno de esos espectáculos que a menudo nos ofrece la vida y que tantas veces pasan desapercibidos. Porque los grandes acontecimientos, los que verdaderamente importan y se suceden a diario en un permanente y casi inacabable ciclo, están presentes siempre y apenas los percibimos. Suelen pasar discretos, silenciosos e inadvertidos.

La piedra Jajá, o ejajá, o desgajada, está en el inicio del declive del cordal de la Sierra de El Molino, cerca del Mojón, que es el punto más alto de la inmensa mole (tan alto que entre el Mojón y el cielo nada media). Podemos verla desde la carretera comarcal, mientras llegamos a Calasparra, desde las inmediaciones del paraje de La Hondonera, con esa sensación de breve desprendimiento de la montaña madre que ofrece a lo lejos, y en ella, sin verlo, intuimos el pequeño abrigo, horadado en la piedra, desde donde puede otearse el mundo y advertir el contraste de nuestra pequeñez, de nuestra absoluta condición de prescindibles.

A veces, para ver la grandeza del mundo hay que alejarse de él y en estos días de agitación política en los que los responsables de los distintos partidos prometen una incondicional servidumbre al pueblo, quizá no estaría de más que se apartaran momentáneamente de ese baño de multitudes en el que acostumbran a vivir para ascender, aunque sólo sea en un ejercicio mental, a la auténtica cima de esa simbólica piedra Jajá, para comprobar que la grandeza no está en ellos, sino en el vasto valle que pretenden gobernar. Y por supuesto que no se olviden, cuando alcancen el aposento de la servidumbre política, de su condición de servidores del pueblo, pues es fácil sucumbir pronto a la tentación de sentirse señores y tornar la voluntad de siervo por la de servido.

23 de mayo de 2007