FRANCISCO SANDOVAL

Con esta frase que pongo por título se refería Le Corbusier hace un siglo a la máquina de habitar: la casa, el lugar con el que nos relacionamos estos días de una forma más simbiótica de lo que jamás habríamos imaginado. En un mundo acelerado nos ha tocado hacer receso e introspectiva en todo aquello a lo que parecía que le habíamos quitado importancia.

Es un momento adecuado para reflexionar acerca de esa atmósfera confinada entre paredes, aquella que nos envuelve y se hace más tangible que nunca mientras, afuera, la naturaleza no parece haberse detenido. Es una oportunidad para entender la relación de nuestra vivienda con su entorno e incluso para experimentar funcionalidades diversas que de otra forma nunca le habríamos atribuido a una estancia.

Mirar el contenido y pensar en qué medida está condicionado por su continente. Ninguna vivienda se proyecta para satisfacer una situación de confinamiento, ni sería lo deseable, pero sí podemos extraer de esta circunstancia anómala que estamos viviendo algunas conclusiones que quizá le devuelvan a la casa la importancia que merece.

Cada metro cuadrado importa ahora más que nunca. ¿Qué utilidad puedo darle al pasillo? ¿Por qué no reparé antes en el poquísimo soleamiento que tiene aquel otro espacio? Estas son preguntas que muchos se hagan por primera vez, y que muy posiblemente tengan especial incidencia en el parque inmobiliario levantado entre 1960 y 1990, el cual representa un porcentaje muy alto en los municipios de nuestra comarca. Montados en la vorágine del desarrollo urbano se despreciaron elementos que la vivienda tradicional acostumbraba a tener en cuenta.

La casa tradicional sabía dónde se asentaba. En ella se entendía el habitar desde la calle al patio, de la alcoba al huerto, de las falsas a las cimbras. La cámara o dormitorio solía disponer de recámara como una extensión de este que hacía las funciones complementarias. Las mejores casas solariegas en Caravaca contaban con sala y antesala. El ancho difícilmente podía exceder los 5 o 6 metros sin soportes intermedios, obligado por la dimensión de los rollizos y viguetas conformadas por los pinos que poblaban nuestras sierras. Sin embargo, en estas salas no se escatimaba en altura, pudiendo rebasar con holgura los 4 metros. Entendían la importancia de esa atmósfera interior, que te acogía, en la que uno repararía de forma continuada sin distracciones virtuales. Me resulta tan sugerente imaginar esa complejidad espacial al servicio de unos moradores que carecían de cualquier dispositivo digital que les hiciese evadirse, casas hechas para gente que encontraba el entretenimiento fuera y que, sin embargo, poseían tanta vida dentro.

Cuántas veces habré oído de pequeño referirse a la alcoba, ese cuarto más íntimo, el lugar que uno nunca encontraría excesivamente próximo a la entrada de la vivienda, el sitio donde poder descansar. Descendiente de la vieja forma islámica de entender el habitar, “al-qubbah” era un espacio de gran importancia para el espíritu dentro de la casa. Estaba cubierto con cúpula, elemento del que deriva el nombre y que remarcaba la sensibilidad por el lugar.

Si tenemos en cuenta la larga evolución de la casa, no hace tanto que empezamos a referirnos a nuestro dormitorio como nuestra habitación. Sin embargo, el salón o la cocina, pese a ser también habitaciones atendiendo a una de las acepciones de la RAE, muy rara vez los llamamos así. Habitación es sinónimo de dormitorio y, a la vez, el lugar destinado a vivienda.

¿Habremos reducido en las últimas décadas, de forma casi inconsciente, el ancestral acto de habitar a una sola estancia? Quizá la habitación deberíamos entenderla como la casa entera, donde efectivamente hay un dormitorio, una alcoba, una estancia más íntima, donde se desarrolla parte, pero ni mucho menos todo el habitar.

Pocos meses antes de este Estado de Alarma que vivimos se anunciaban en grandes ciudades los llamados “pisos colmena”, el máximo exponente del afanoso intento por empobrecer la experiencia de habitar bajo la excusa de responder a la demanda de vivienda en sitios muy congestionados. Vivir en menos de 10 metros cuadrados, ¿se lo imaginan? Sin llegar a semejante disparate (que se halla fuera de toda legalidad) hemos visto en los últimos años pisos cada vez más pequeños, que sí cumplen la cédula de habitabilidad pero que nos hacen preguntarnos muy seriamente qué espacio y en qué condiciones queremos habitar. Desde luego, el actual confinamiento nos obliga a reflexionar sobre ello.