Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

A veces las cosas suceden porque uno las desea mucho. Como tengo la casa de mi familia en venta y ocupada todavía por Fátima y por su hija, que cuidaron de mi padre hasta el final, cuando voy a Moratalla, y a pesar de tener primas que me alojarían encantadas en sus respectivos domicilios, suelo volverme a Murcia en el día, lo que me impide tomar alguna copa por la noche o quedarme hasta muy tarde por allí. He estado en alguna hospedería, en alguna con encanto rural incluso en dirección a La Puerta, pero lo que yo buscaba desde hace tiempo era un hospedaje en el mismo pueblo. Casualmente el sábado pasado volvíamos a reunirnos para comer los integrantes de aquel grupo memorable de BUP del 76 y yo no tenía muy claro dónde me iba a quedar esa noche para no verme obligado a privarme del fiestón posterior.

Entonces encontré como por casualidad a Teresa, compañera de carrera que vivía en el pueblo veinte años y que se había convertido en toda una moratallera. Nos citamos para tomar café, hablar y enseñarme su casa. Cuando le dije que vendía la mía, me preguntó si tenía dónde quedarme, y ahí se hizo la luz. Nos vimos, en efecto, tomamos café y fuimos a su casa, en el barrio de Los Pinos, donde pude aparcar mi coche fuera   y contemplar asombrado el espectáculo del pueblo y de la sierra desde la altura del cerro.

Su casa es un laberinto árabe de pequeñas y encantadoras estancias, de mágicos pasillos y escaleras de ensueño donde se aúnan los perfumes orientales y la contundente luz del Noroeste. Hablamos durante horas frente a un panorama de casas extraídas de una leyenda, la Iglesia de la Asunción y el Castillo. Nunca había visto   el pueblo desde esa perspectiva y nunca había oído hablar de él como lo hizo Teresa durante mis horas en su casa. Me reservaba un pequeño dormitorio con cuarto de baño propio y calefacción central, pero me reservaba sobre todo un ventanal prodigioso por donde torné a encontrar un pueblo que casi me parecía desconocido por lo fascinante y único. La magia la puso aquella casa, donde tengo reservada para cuando vuelva la habitación cálida desde la que era posible contemplar el frío entrañable de un pueblo mítico del que tanto he escrito en prosa y en verso.

Comí con mis viejos compañeros, desbarré, abracé y besé a mis amigos, me reí como nunca y después nos tomamos unos gintonic en las dos cafeterías de nuestro gusto, PK2 y Paype, donde bailamos, volvimos a disparatar, nos abrazamos de nuevo, nos hicimos fotos sin cuento  y terminamos despidiéndonos hasta la próxima a una hora cualquiera de la madrugada, despreocupados y felices. Yo estaba tranquilo, no cogería, por supuesto, el coche y me volvería andando mientras disfrutaba del frío de la noche invernal hasta la casa, aposento o pequeño palacio, en el que me aguardaba mi amiga y providencial Teresa.

Sentados frente al arcano de la noche y del pueblo, departimos delante de unos vasos de agua del grifo, que es el agua que debe beberse en Moratalla, durante un par de horas más, sobre la cultura, la política y el pueblo, sobre los amigos comunes, los amores perdidos o encontrados y los proyectos de futuro, que casi empezaron a fraguarse  en esas horas, mientras las calles y las plazas secretas de una Moratalla seductora proseguían su viaje de siglos  y de encanto.

En algún momento, ya muy tarde, tomamos la decisión de acostarnos. Mi cuarto estaba caliente y desde la ventana podía seguir gozando de una estampa nocturna inconmensurable.

Mientras me arrebujaba entre la ropa de la cama, las tibias mantas, las sábanas suaves y el cobertor definitivo, sonreí feliz  porque ya había encontrado casa en mi pueblo y era libre de ir y volver cuando quisiera.