Carlos Díaz Bermejo

Los caravaqueños de finales de los años 70 no podían imaginar las consecuencias del trabajo de aquel holandés que se alojaba en el hotel Victoria o cenaba en el 33 y que, tranquilamente, se encaminaba todas las mañanas hacia las colinas que rodean Caravaca. Más exactamente, hacia el Barranco del Gredero. Nada hacía presagiar que ese lugar sería declarado, cuarenta y cinco años después, Monumento Natural de la Región de Murcia.

La labor meticulosa de aquel geólogo, recogiendo fósiles y analizando muestras de las blandas gredas del barranco, tendría como resultado no solo una enorme repercusión del nombre de Caravaca en la literatura científica internacional, sino también una de las teorías geológicas más fascinantes de los últimos tiempos: la que defiende que la misteriosa extinción de los dinosaurios y otras especies, hace 66 millones de años, se debió a la colisión de un enorme meteorito de 10 km de diámetro que, viajando a unos cien mil kilómetros por hora, se estampó contra la Tierra. Aunque el impacto se produjo entre lo que ahora es la península de Yucatán y el Caribe, las consecuencias del choque fueron tan brutales que produjeron una crisis ambiental global y la consecuente desaparición de más del 70% de las especies que habitaban en el mundo de entonces. Los restos pulverizados del meteorito y de las rocas del punto de impacto, junto al hollín de los numerosos incendios que se produjeron, se fueron depositando lentamente en los sedimentos de los mares y océanos de la época. Millones de años después, una vez transformados esos sedimentos en rocas y elevadas sobre el nivel del mar por las fuerzas derivadas de los choques de las grandes placas tectónicas, las huellas de la catástrofe serán encontradas por los descendientes evolutivos de algunas de las especies de mamíferos que sobrevivieron a la misma y que, con el tiempo, se transformaron en esos primates bípedos que somos nosotros, de la misma forma que algunas especies de dinosaurios con plumas que también sobrevivieron, se convirtieron en las aves que pueblan nuestros cielos, o que las pocas especies de primitivas plantas con flores dieron lugar a los coloridos tapetes florales que hoy adornan nuestros campos. Son precisamente esas huellas las que Jan Smit, que así se llama aquel holandés, encontró en el Barranco del Gredero concentradas en una fina capa de arcilla oscura, conocida como Capa Negra de Caravaca, la frontera entre dos periodos geológicos conocidos como Cretácico y Paleógeno: desaparición de la mayoría de especies del plancton marino cretácico, restos de hollín, anormal abundancia de iridio y otros elementos raros en la corteza terrestre, pequeñas esferas minerales interpretadas como gotitas fundidas de las rocas y el meteorito en la zona del impacto y otras muchas anomalías químicas que, halladas también en otros lugares del mundo, como Gubbio en Italia y Stevns Klint en Dinamarca, sirvieron de base a la nueva y sorprendente teoría.

Nos toca ahora a los caravaqueños, con la reciente declaración de la Capa Negra del Barranco del Gredero como Monumento Natural de la Región Murcia, conocer y contribuir a la protección de este delicado lugar de interés geológico de importancia internacional, ayudando a conservar un enclave que aún puede aportar importantes datos a los científicos, una información crucial para comprender los cambios ambientales que nos afectan hoy en día o para prepararnos para esos riesgos inesperados que nos reserva la naturaleza. Ojalá que el trabajo de Jan Smit y otros muchas personas que han ayudado en la investigación, la divulgación y la protección del Barranco del Gredero no sea en balde.