José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca.

La reciente iniciativa municipal, apoyada por los cuatro grupos políticos que componen el Ayuntamiento, para revitalizar en lo posible la C. Mayor y devolverle la vida que hasta no hace muchos años tuvo, hasta que paulatinamente fue cayendo en el abandono en que actualmente se encuentra (siendo como es el camino natural de los peregrinos que, llegados de otras tierras, acuden a Caravaca a postrarse al pie de la Cruz en su Real Basílica intramuros del Castillo), actualiza en la memoria del Cronista un tiempo no tan lejano e invita a un ejercicio memorístico a los lectores,  para recomponer en el tiempo lo que fue en los años del ecuador del S. XX, época a la que asiduamente me refiero.

Desde tiempo inmemorial fue la principal arteria del tejido urbano caravaqueño  a la que temporal y puntualmente se la denominó (en épocas relativamente recientes) de García Alix (a partir de 1910) y posteriormente de Manuel Martínez en recuerdo del célebre político conservador y del juez municipal asesinado en agosto de 1934 por intentar esclarecer el robo de la Stma. Cruz, respectivamente, habiendo recuperado su histórica y tradicional denominación con la llegada de la Democracia.

La C. Mayor constituía la entrada a la ciudad desde Andalucía y desde las pedanías del campo, a través de la Glorieta, y convergía con otras entradas o caminos tradicionales en la antiguamente denominada Puerta de Santa Ana de la muralla medieval (demolida en 1801), a donde abocaban también el camino desde Moratalla, por la C. de las Monjas, y el de Murcia por la Puentecilla.

Parcialmente paralela a ella corría la Hila del Pilar o acequia sobre la que se construyeron las edificaciones que delimitaban la arteria, y en su superficie se desarrollaba parte muy importante de la vida socioeconómica local hasta que comenzó su decadencia, en gran medida motivada por la competencia de la Gran Vía a partir de los últimos años del tercer tercio del pasado S. XX.

La C. Mayor comenzaba y comienza en la Esquina de la Muerte, constituyendo su número uno la antigua tienda de comestibles de Elías Elum y posteriormente la confitería de El Bolo. El número tres fue en la época referida, tienda de tejidos de Josefa Romero y el cinco, sede del  Círculo Artístico antiguamente y óptica Donate, relojería de Pedro San Nicolás y Librería Vieja que regentaba Alfonso Medina (conocido cariñosamente por la población infantil como El Tío Sin Trueno), en tiempos recientes. El número dos ha sido siempre, y sigue siendo el asignado a la Iglesia Mayor de El Salvador.

Donde se inicia la zona peatonal estaba la tienda de moda de mujer  y bebé Fémina (que regentaba mi madre), seguida de los almacenes de Diego Marín. Frente a ellos: la tienda de tejidos de Los Jiménez. A continuación de aquellos el Banco Central, con fachada de mármol rojo y, frente a él la tienda de Pepe el de las Confecciones que antaño fue del político conservador y alcalde local D. Francisco Sánchez Olmo. A continuación del Banco la sastrería y tienda de tejidos de Amadeo Caparrós y frente a ella la Heladería de La Cruz. Junto a Amadeo la mercería de Ramón el Pera, una sastrería y una joyería: la de Miguel el Crucero, que hacía esquina con el Pilar. Junto a la heladería el estudio fotográfico de Pedro Antonio López y la tienda de retales que hacía esquina con la C. Nueva.

Tras cruzar el acceso al Pilar abría la farmacia de D. Dionisio López, luego de su hijo Joaquín y más tarde Peña Taurina. A continuación la relojería de Casimiro Domaica, la tienda de ultramarinos y salazones de Alfonso Supremo y la Banca de D. Pedro Antonio Moreno, cuyo espacio se prolongaba hasta la bajada al 33 y cristalería de Pedro Antonio Orrico. Frente a ellas, desde la C. Nueva, la barbería de Firlaque, la casa del arcipreste D. Tomás Hervás y la Librería Nueva, a la que seguía la sucursal del banco Español de Crédito, que se extendía hasta la esquina de la Cuesta de D. Álvaro. Frente a la librería la tienda de tejidos de Gonzalo López el Francés, donde atendía su hijo Andrés, y la confitería de La Pilarica haciendo esquina con La Canalica.

A continuación la librería, papelería y academia donde se aprendía a escribir a máquina de Salvador el de las Máquinas y junto a ella la confitería de Bartolo, vecina de la casa habitada por las monjeras del Convento de S. José de MM. Carmelitas Descalzas. Frente a esta manzana, y desde la Cuesta de D. Álvaro: el comercio de calzados de Manolo Asturiano, la Tercena y la sastrería de Antonio Caparrós, vecina de la confitería de Cecilio y la perfumería de la Papirusa que abría frente a la farmacia y domicilio de D. Luís Sánchez Caparrós. La barbería de Pepe y la Compañía, donde como hoy, concluía la pavimentación de la calle, la prohibición de circular vehículos y la zona peatonal. En su interior entonces: el Centro de Alimentación Infantil y en sus bajos el Casino, Teléfonos y la oficina de Correos, colindante con la Cuesta del Cinema

Frente a la Compañía, la Cuesta de los Poyos, el comercio de cristalería, loza y regalos de Nestor, la tienda de comestibles de Diez Reales, el taller de zapatería de Luís Tacón, la mercería de Javier Ferrer y el primer establecimiento de Nuevas Galerías enfrentando Correos y la Cuesta de la Plaza, donde concluye Mayor y se inicia la calle del pintor Rafael Tejeo.

La C. Mayor fue durante la época de referencia lugar de encuentro, con gran actividad comercial, económica y social. A cada hora del día cambiaba su utilización,  pues si de mañana eran los empleados del comercio, de los bancos y quienes acudían a misa, los que la frecuentaban, enseguida eran los estudiantes y las mujeres que, capaza en mano, se dirigían a la plaza de abastos. A medio día y primeras horas de la tarde volvían a ella los estudiantes; a media tarde las señoras que aprovechaban para hacer sus compras y, a la hora del cierre del comercio las oficialas de las sastrerías, los dependientes y las parejas que aprovechaban el momento para quedar, verse y partir en seguida al domicilio.

La Calle Mayor era lugar de paso y de paseo, con la excusa de ver los carteles en los que se anunciaba la programación cinematográfica que preparaba la empresa Orrico. Era también lugar de paso obligado de cabalgatas, bandos, procesiones y entierros. Caja de resonancia de las campanas de la torre del Salvador y del convento de las Monjas Carmelitas y codiciado espacio donde los precios de bajos comerciales y viviendas eran, con diferencia, más caros que en otros sitios.

La Calle Mayor en definitiva, era lugar para el deleite de los sentidos, donde el usuario saciaba la vista en los escaparates del comercio, el oído con los peculiares sonidos de las persianas al cerrar y abrir las tiendas. El olfato con los aromas de las farmacias, confiterías y tiendas de comestibles. El gusto con las viandas obtenidas en aquellos y el tacto con el roce ocasional de la persona amada.

Una calle, donde se tomaba el pulso a la ciudad y donde se ofrecía la verdadera cara de la misma, con abundante vecindario cuyos nombres he omitido voluntariamente por cuestiones de espacio, y del que en otra ocasión me ocuparé. Una calle, en definitiva, que merece la atención actual de la ciudadanía, por lo que es laudable la iniciativa municipal de revitalizarla, con proyectos viables (y no como los tantas veces prometidos desde 1995), encaminados a su recuperación si no en lo económico si, al menos, en lo social y cultural.