Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Siempre reconocí la riqueza de un pueblo por el olor que exhalaba cuando entrabas en él. El hedor ha sido muy a menudo garantía de dinero, de industrias, comercios, basura acumulada de los despojos consumidos y del derroche material, porque los restos del banquete suelen apestar con el paso de los días, mientras que los museos, las bibliotecas, los paisajes impresionantes, el cielo azul y el mar inmaculado nunca fueron rentables ni malolientes, como no lo fueron tampoco la abundancia natural, las sierras exhibiendo los pinares centenarios y los ríos inmemoriales, los peñascos prehistóricos y los cerros alfombrados de espartizales y agrestes en la mañana de marzo, como no lo fueron las cabras montesas, los jabalíes malhumorados, los conejos y la liebres huidizas, las codornices frágiles y asustadizas, las setas y los hongos deliciosos que pueblan los rincones de carrascas y lentiscos, como no lo será, andando el año, la nieve impoluta en el silencio mineral del monte.

Un pueblo como Moratalla tiene todo esto y aún más. Posee las sombras enigmáticas de los callejones angostos y la magia de plazoletas mínimas y recogidas sobre sí mismas, los muros históricos blasonados y los antiguos tejados del color de la tierra, la huerta junto a las últimas calles y el secano junto a los primeros callejones. Si uno entra desde cualquier sitio percibe el olor de la tarde tristona en dirección al anochecer rotundo y sabe que ha llegado a un lugar único, donde el tiempo ya no funciona del mismo modo, que los relojes se pararon hace siglos y casi todo permanece en su lugar original: el jarro de agua en el alfeizar de la ventana para que el aire oscuro e incendiado de la tarde de julio vaya produciendo el prodigio de un frescor único, el perro de lunares tendido junto al umbral de la puerta, enrolladlo en la cortina de tela de saco y en una torsión plácida y casi imposible, los muchachos y las muchachas vigilantes tras las persianas con la esperanza de que las pesadas horas de la siesta pasen lo antes posible y, de pronto, las campanadas de las cinco de la tarde en el arrullo mortecino y poético de un verano eterno, de una infancia insoslayable a la que no nos será posible volver nunca.

Cuando tornamos de una larga estancia en nuestra ciudad de trabajo, nos preguntamos siempre cuánto vale todo esto, qué precio debería tener el pan del Chaparro o los mazapanes del Mariano Roch o la carne recién cortada y fresca del Carpanta o los cortados con un chorrico del Paype o las tapas elaboradas con arte de La Esencia, cómo podríamos establecer la tasación de tantos materiales vanos que encontraríamos en cualquier otra parte, pero sin el cortejo enigmático de esa fortaleza medieval que ya vislumbramos en la Farola y que no dejaré de ver hasta que llegue a mi casa, en el número seis de la Calle Castellar, donde tantas veces tropecé, tantas veces me caí, tantas veces me levanté con una roncha sangrante y del único sitio de donde yo podría ser aunque naciera algunas miles de veces.

Cómo se paga el privilegio de beberse un chato de vino en la Calle Mayor  con las vacas paseándose a su capricho de un lado para otro o con los fantasmales tambores sacudiendo la tierra y los espíritus malignos de la primavera recién inaugurada, qué deberían cobrarnos por unas cañas frías y unas tortas de bacalao que ya no podemos comer como no podemos comer tantas cosas, porque las personas que las hacían con tanta gracia y destreza están desapareciendo y con ellos hemos perdido el valor de un fragante potaje de pencas que elaboraba mi madre como se cocina una ambrosía.

La belleza y la verdad no serán rentables nunca, pero quien las tiene, quien participa de su embrujo debería cuidarlas con su propia vida.