José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de la Región de Murcia

Hubo un tiempo en que las peluquerías de caballeros, o barberías, eran lugares de cita, de reunión y de punto de encuentro social, en cuyo interior, mientras se esperaba el turno, se hablaba distendidamente de lo que acontecía en la vida local y también fuera de ella. Donde unos contaban y otros se enteraban de todo, sin distinción de condición o clase social, y donde el barbero unas veces suscitaba temas de conversación y otras actuaba de moderador de la misma, mientras cortaba el pelo o afeitaba, con afilada cuchilla y buen pulso, la barba de sus clientes. En ocasiones también se abstraía, y canturreaba canciones de moda, mientras la clientela contaba, discutía y criticaba a placer.

Su boda con Joaquina Carreño

Su boda con Joaquina Carreño

En Caravaca había muchas barberías en el ecuador del S. XX, entre las que recordará el lector la del Carlista (donde hoy abre sus puertas el bar  Alambra), Juan El Nillo (en la Gran Vía), Juan el Marajuña (en la Pl. del Arco); Manolo El Perla (en la C. Iglesias), El Chispa (en las Esquinas del Vicario), Juan Gabino (frente a La Compañía). Cayetano (en los bajos del Hotel Castillo), los Firlaques en la C. Mayor), el Mixta (en la C. Colegio) y Juan Veneno, entre otros.

En el primer tramo de la Cuesta del Castillo, muy cerca de la Esquina de la Muerte, abría sus puertas a la clientela el barbero Francisco Reina Egea, popular y cariñosamente conocido entre la población como El Pimporrio, quien aprendió el oficio de su padre y éste del suyo, por lo que constituyó la tercera generación de barberos en ese lugar, establecidos allí desde julio de 1913.

Francisco, el Pimporrio, nació en 1928, constituyendo el primer fruto del matrimonio formado por José María Reina Corbalán y Maravillas Egea López, quienes establecieron el domicilio familiar en la C. San Jorge, donde nacieron sus cuatro hijos: Antonio, Tomás, Francisco y Teresa, siendo esta última la única superviviente en la actualidad.

El sobrenombre Piporrio le vino a Francisco de su abuela paterna: Juana la Pimporria, que era del Moralejo y vivía en la Plaza Nueva, donde se ganaba la vida aplicando sangrías. Aquella se casó con el tío Mixta, que era barbero con establecimiento propio en la C. del Colegio, entre la tienda de Los Jiménezy la de Nieto, lugar donde José María aprendió el oficio.

José María fue quien abrió la Barbería del Pimporrio en la Cuesta del Castillo, como he dicho, el 23 de julio de 1913, en local alquilado al médico D. Martín Robles, donde se iniciaron en el arte de afeitar y cortar el pelo, como aprendices, Francisco y su hermano Tomás, falleciendo este último pronto, de tuberculosis, y siendo ayudado aquel, desde entonces, por un oficial de sobrenombre Corbato.

Era la época en que los barberos dormían en la propia barbería, en jergones de paja, cuando las cuadrillas de segadores se desplazaban de pueblo en pueblo, anunciando su llegada con el sonido de caracolas, para que los diferentes oficios les atendiesen en su itinerante deambular.

Era la época, también, en que las barberías trabajaban 365 días al año, acumulándose el trabajo los sábados, cuando los obreros cobraban el jornal semanal, y se acicalaban para el domingo. Los sábados eran días en que los barberos cerraban bien entrada la madrugada.

Francisco el Pimporrio, caso en 1952 con Joaquina Carreño Navarro, fijando la residencia familiar en el nº 1 de la calle de Eugenio D´Ors, muy cerca del negocio que les daba de comer. Allí vinieron al mundo sus tres hijos: José María, Juan Pedro y Maravillas, cuando ya las cosas habían cambiado un poco en España y la pobreza de la Guerra y la Posguerra habían dejado atrás anécdotas recordadas por el abuelo José María, como las relacionadas con los piojos con que se encontraban los barberos en las cabezas de sus clientes. Las tenacillas calientes para rizar los bigotes y las igualas, o paquetes de trabajo por una cantidad fija mensual (por ejemplo: dos afeitados a la semana, un corte de pelo al mes y un arreglo de cuello cada quince días). Las cantidades a pagar eran flexibles, a veces se empleaba el trueque, dependiendo la cantidad de la iguala del número de miembros de la familia y de la antigüedad del cliente, pagándose a veces, mediante trueque, en trigo. La última iguala que tuvo Pimporrio fue la de Salvador El Carnajo.

Al terminar la Guerra Civil y mientras no hubo moneda fraccionaria (pues sólo había billetes), se devolvía la calderilla en vales que servían para posteriores servicios.

En torno a 1960, Pimporrio no cobraba a los hijos de los clientes hasta que éstos no hacían la primera comunión. Un corte de pelo a un adulto valía 25 pts, a los niños 20 y un afeitado normal costaba 15 pts.

La Barbería de Pimporrio era un espacio de 19´5 metros cuadrados, de forma rectangular, con una sola puerta a la calle, una ventana (con reja) de iluminación y un pequeño cuarto interior. Dentro tres sillones de afeitar, que en origen eran de mimbre y luego de los denominados americanos. Dos puntos de luz, a manera de globos que pendían del techo, y tubos fluorescentes (que instaló el electricista Noé), sobre los grandes espejos situados frente a los sillones. En la pared había lejas metálicas con productos tales como brillantinas para el pelo, masajes para después del afeitado, colonias, peines, cepillos, tijeras, brochas y otros productos básicos que suministraba periódicamente un comercial que aparcaba su moto en la puerta, en cuya parte trasera estaba instalado un pequeño cajón de madera con dichos productos.

La barbería de Pimporrio fue escuela donde aprendieron el oficio, primero como aprendices y luego establecidos por su cuenta, su propio hijo José María, Antonio el Vargas, Jesús Bermúdez, el Migas y elPirata, entre otros, llegando a haber hasta tres oficiales en determinadas épocas.

Entre los clientes se pueden contar por centenas, ya que su situación urbana era privilegiada entonces, muy cerca de la Esquina de la Muerte, donde cada tarde se producía la contratación de mano de obra humana para el día o la semana siguiente, antes de que esta contratación pasase a la puerta del desaparecido Bar Comunicando. También acudían a la barbería de Pimporrio los miembros de la Guardia Civil del cuartel local, entonces en la Puentecilla. Los sacerdotes (por su gran habilidad para hacer la coronilla o tonsura que entonces les distinguía), y muchos particulares entre los que hay que mencionar al torero Pedro barrera, y a sus entrañables amigos Paco y Diego el Pintor, Alfonso el Pili, Antonio Albarración, el Balsas y el tíoQuico.

Francisco, el Pimporrio, falleció joven. Con sólo cuarenta años, el miércoles de ceniza de 1968 se fue para siempre dejando el negocio en manos de su hijo mayor, José María, a quien no gustaba el oficio por lo que, siete años después, en 1975 cerró definitivamente.

Al Pimporrio no le ha olvidado la sociedad contemporánea. Su buen humor, sus continuas chirigotadas, su predisposición a colaborar en cuantas actividades benéficas se programaban en la localidad, su presencia entre los denominados carreteros o empujantes bajo el Carro de la Cruz, hicieron de él, y de su barbería un constante referente en la vida social y laboral caravaqueña, ocupando aún hoy, muchos años después de partir, un lugar destacado en el imaginario álbum de recuerdos que, en lugar de honor, guarda con celo la actual generación.