PASCUAL GARCÍA

El verano en Las Torres sonaba a moscas persistentes, a sones flamencos que emergían de las ventanas abiertas de la calle, donde algún transistor emitía un programa de discos dedicados. He insistido siempre en que, pese a nacer a principios de los sesenta, la música que oí en mi infancia seguía siendo la música de mis mayores, desde Antonio Molina a Juanito Valderrama, pasando por el infatigable Manolo Escobar, la persistente Antoñita Peñuela y alguna copla de la Piquer o de Juanita Reina. Mi barrio, El Castillo, no conoció el Mayo del 68, la revolución sexual o el rock and roll. Aquellas calles colgadas del cerro de San Jorge se regían por otros calendarios y obedecían otras consignas y muy distintas modas. Gustábamos de la música enraizada en la veta simplona de una sensiblería patriótica, donde no faltaban los olés, los hombres valientes y las mujeres hermosas, la gracia de su belleza y el embrujo de la pasión. Una docena de clichés sobraban para  simbolizar nuestra manera de entender el mundo y buena parte de ellos estaban en estos temas musicales recurrentes que yo escuché una y otra vez, de forma repetida y machacona. Ni siquiera el cante flamenco puro, el cante hondo en su más acendrada dimensión era bien visto por aquellos pagos, si acaso algún fandango desmadrado y poco más.

Los tópicos eran la razón de ser de una cultura de barrio pobre y agrícola, donde la sensibilidad artística no era el fuerte de nadie. Los pasodobles, las zambras, los boleros y los tangos, diluidos en elementales estructuras melódicas, triunfaban entre la clase trabajadora de calles como la mía, la Calle Castellar, donde apenas había un transistor y más tarde, algún radiocasete, en el que no cesaba de sonar Rocío Jurado o Raphael o Julio Iglesias o tantos de los grandes artistas y cantantes populares del momento.

Pero el Mayo del 68 no llegó nunca ni se escucharon sus consignas por allí ni sonaron sus músicas salvo en ecos de cantantes posteriores. Esa es quizás la razón de que yo no me haya identificado nunca con ese periodo revolucionario del mayo francés ni con sus cantantes, grupos e intérpretes, acaso porque los que trabajábamos y vivíamos en aquellos barrios pobres pertenecíamos a otro tiempo, éramos de otra edad y habíamos recibido una educación distinta, teníamos alma y gustos de emigrantes y braceros, poco sofisticados, demasiado raciales y muy lejos del cosmopolitismo francés, de su rabia juvenil y de sus ansias de libertad. Nosotros nos conformábamos con saciar el hambre y la sed tras ochos largas y penosas horas de trabajo en la huerta y de acabar lo antes posible la jornada para lavarnos a manotadas y sin comodidades y salir a dar una vuelta, a ver y hablar con los amigos o con la novia de turno, a bebernos unas cervezas o algún cubata, si nos alcanzaba el dinero que llevábamos en el bolsillo, que casi nunca nos alcanzaba, porque el trabajo que llevábamos a cabo no era remunerado, era un servicio obligatorio a nuestros padres y a nuestra familia y no daba para dispendios y diversiones. Era lo que tenía trabajar de balde, aunque a cambio, en mi fuero interno, sabía que alguna vez el sacrificio de los estudios y de la pobreza daría sus frutos, y entonces sí, entonces me resarciría de todas las privaciones, en la medida que me fuera posible, claro.

Yo tuve suerte y cumplí mi sueño en parte porque la vida sigue y tenemos la obligación de crearnos nuevos sueños, aunque la vieja banda sonora de mi infancia y de mi adolescencia sigue estando entre aquellas calles estrechas de Las Torres donde la única revolución posible era la supervivencia diaria.

Aunque agallas no faltaron nunca.