Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

En el año 2006 fui el director de la XXI Feria del Libro en Murcia a instancias del que por aquel entonces era el Director General  del Libro y Bibliotecas de la consejería de educación y cultura, Fernando Armario. El era el responsable político y yo el técnico que organizaba aquel cotarro. Recuerdo que anduve toda la navidad encerrado en mi despacho de la consejería de educación y cultura en la que trabajaba como asesor por aquel tiempo, con el teléfono en la mano y con un cuadrante de actos, recitales, presentaciones, mesas redondas, conferencias, firmas de libros e incluso actuaciones musicales y teatro, la mayoría de ellas en la ciudad de Murcia, en horario de mañana, tarde, e incluso noche, a la que llamé la sesión golfa, incluidos los presupuestos, el caché de cada escritor u orador, el coste total de las casetas de la feria, la publicidad en los medios, los viajes, las dietas en los más destacados restaurantes murcianos. Todo aquello me llevó casi un mes de preparación y diseño, con reuniones periódicas con Fernando Armario y Pablo Gallo, que  a la sazón era el director de la Biblioteca regional, donde se programaron la mayoría de los actos, aunque hubo eventos en toda la ciudad y en algún otro pueblo, en aulas de cultura, dependencias universitarias, radios y televisiones regionales, carpas levantadas en el centro urbano junto a la avenida Alfonso X el sabio y determinadas cafeterías y bares en horario nocturno. Porque yo siempre he entendido que una feria del libro no puede reducirse al aspecto comercial y económico, que es muy importante pero que debe llevar aparejado una serie de actos culturales que la engrandezcan y le den brillo.

Reconozco que en aquella ocasión había presupuesto, aunque ese presupuesto lo cuidé como si saliera de mi propio bolsillo y no gasté ni un euro de más, cuando no era necesario no íbamos a los restaurantes contratados para comer o para cenar y nunca me acompañó mi esposa aunque disponía de invitaciones sobradas. De manera que pude traer  primeros espadas de la crítica y de la literatura, contratar una mesa redonda con críticos de prestigio como Ricardo Senabre, Santos Sanz Villanueva, Prieto de Paula o Luis García Jambrina, entre otros, homenajear en sendos actos a escritores de cierta edad, de calidad contrastada y de Murcia como Francisco Sánchez Bautista y Dionisia García, dedicarle mucha atención a los pequeños lectores con cuentacuentos,  títeres, animaciones abiertas, hinchables cuentos y conciertos de música clásica infantil e inaugurar la Feria con una conferencia a cargo de José Antonio Marina y María de la Vólgama. Por la feria pasaron, además, Juan Manual de Prada, Antonio Soler, Miguel D´Ors, Espido Freire, en el ámbito nacional y de Murcia y Cartagena vinieron Antonio Marín Albalate, Ángel Paniagua, J. Juana Marín Saura, Marisa López Soria, Juan Luis López Precioso, además de una mesa redonda con los críticos literarios más  destacados de la región, como Ramón Jiménez Madrid, Francisco Javier Díez de Revenga, José Belmonte Serrano, Antonio Parra o Rubén Castillo Gallego.

Yo creo que el éxito de aquel acontecimiento que, por desgracia, no ha vuelto a repetirse radicaba en el trabajo, el entusiasmo, el presupuesto y la vocación pública y de servicio.

Quiero dejar claro que la Feria del Libro de Murcia no es una institución política y previa, sino que es un suceso que debe ser rehecho año tras año, que, pese a lo que pueda pensarse, no hay un director fijo ni un puesto permanente, sino que se trata de un proyecto dinámico y vivo que cada curso ha de abordarse con energía nueva, nuevas ideas y  presupuestos, siempre de índole pública y no como un negocio de venta de libros porque la Feria es una plataforma donde no falta la cultura y el mercado y donde el protagonista es siempre el lector.

Solo necesitamos un apoyo económico de las distintas administraciones y un equipo solvente y renovado que afronte cada temporada la aventura del libro en su más amplia dimensión.