Ya en la calle el nº 1047

La aventura del camino, por Pedro Antonio Martínez Robles

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Pedro Antonio Martínez Robles

Yo debía tener cinco años cuando empecé a ir a la escuela. No recuerdo que hubiera entonces guarderías ni jardín de infancia ni preescolar ni todas esas cosas que tanto alivian a los padres de hoy y que tanto desasosiego les produce su ausencia, aunque sea por unos pocos días, ya que atender a unos críos de tan cortas edades durante toda la mañana, toda la tarde y toda la noche resulta harto agotador y no deja tiempo para nada.

No sé, realmente, cómo podían arreglárselas las madres de hace cincuenta, sesenta o setenta años para lavar la ropa, que en muchas ocasiones tenían que transportar hasta el río en barreños en el costado o sobre la cabeza, limpiar la casa y las aceras (que entonces eso se llevaba mucho), hacer la comida, planchar, y tantas otras cosas, sin perder de vista a sus criaturas; ese era, en la inmensa mayoría de los casos, su trabajo; el más noble y desinteresado de todos los trabajos, el menos reconocido y el peor pagado. Eran, sin duda (y no digo que ahora no lo sean), unas súper madres.

Pues bien, yo debía tener unos cinco años cuando empecé a ir a la escuela, un colegio de monjas: el colegio del Sagrado Corazón de Jesús, y hasta entonces anduve por mi casa, empezando a jugar con las canicas, o mezclándome en la puerta de mi casa con el polvo saludable de la tierra, mientras mi madre hacía todas esas cosas que he descrito, sin dejar de vigilarnos, tanto a mí como a mis hermanos (solo somos siete) y mi padre trabajaba desde antes de que saliera el sol hasta bastante más tarde de que se pusiera. Eran maneras de vivir de aquellos años.

La aventura del camino, por Pedro Antonio Martínez Robles
Camino de la escuela | Foto: Francisco Javier Martínez Robles

Es cierto que, en aquel tiempo, también contaban en mi casa con una pequeña ayuda para algunos recados con Fernando Oliva, un anciano muy artrítico y muy dado al vino (fue quien me lo dio a probar por primera vez en la taberna de Los Bravos siendo yo muy pequeño), que fue el último mozo de maletas de mi casa, cuando mi casa era una fonda; pero ya no era fonda, ni hotel, ni casa de huéspedes, y Fernando Oliva seguía allí porque no tenía a dónde ir.

El colegio del Sagrado Corazón está en lo que entonces para mí era el remoto arrabal del pueblo, y fue Fernando Oliva, con su garrota, su invariable traje de pana color caña, sus dedos consumidos y manchados por el humo del tabaco y su lento paso de anciano con artrosis, quien me llevaba, de trecho en trecho a través de caminos de tierra, sendas, trozos de huerta y acequias sin cimbrar, a mi primer colegio, al que siempre llegaba tarde.

Pero estoy absolutamente seguro de que hoy no recordaría aquellas primeras caminatas hasta el colegio, si en vez de ir con Fernando Oliva a través de trochas, sendas y acequias sin cimbrar, hubiese ido, como va ahora la inmensa mayoría de los escolares a sus escuelas, acomodamos en los automóviles familiares, aunque la distancia a recorrer sea solo de unos centenares de metros.

 Creo tener la fortuna de haber disfrutado, como casi todos mis coetáneos, de esas largas caminatas para ir a la escuela, compartiendo conversaciones propias de la edad y haciendo amigos que, en ocasiones, son para toda la vida.

 A menudo nos olvidamos de que la vida no es otra cosa que la aventura de un camino, no una estación de destino. El destino final, todos lo sabemos, es otro.

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