Pedro Antonio Martínez Robles

Fotografía: Calasparreando

Apenas tenía cinco años cuando iba con mi hermano Juan Carlos en busca del consuelo de los furtivos baños estivales al remanso de Los Terreros o las vaderas del río Argos en aquellas tórridas tardes de los ya remotos veranos de la infancia. Tenía entonces el río unas laderas más limpias y transitables que hoy, sin esa invasión de carrizos que hacen ahora sus orillas impenetrables; acaso unas adelfas, algunos álamos altos de ribera y unos grupos de espadañas, juncos mecidos en su base por las aguas que todavía bajaban por el cauce sin la contención del embalse; sólo eso: tallos de los que cortábamos su flor cilíndrica y marrón para soñar que nos llevábamos un cigarro puro a la boca mientras avanzábamos en busca de las aguas remansadas, escuchando el croar de las ranas, y la persistente letanía de las cigarras. De aquellas tardes en las que nos bañábamos en calzoncillos y secábamos nuestros cuerpos bajo la bravura del sol de unas siestas sin reposo, pasamos, años después, a los baños en sociedad de la piscina municipal. No recuerdo exactamente en qué año la abrieron, pero sí me acuerdo de que era para mí una fiesta la llegada de mis tíos de Madrid y la modificación de sus hábitos de ir a buscar los baños en la playa del río Segura, junto a las arcadas del puente, para cambiar esa costumbre por la novedosa y más cómoda asistencia a los baños en la piscina municipal. Remontarme a aquellos años es rememorar una piscina sin depuradora, cuyas aguas se cambiaban cuando empezaban a tornarse turbias, y al hecho, sorprendente hoy, sin duda, para los nacidos después de los 70 que quieran asomarse a la ventana de esta página, de que el horario de los baños era diferente para hombres y mujeres, no pudiendo coincidir ambos sexos en ese saludable homenaje al cuerpo en su entrega a las aguas del verano por unas disposiciones que hoy vemos absurdas y, afortunadamente, superadas. Pero así eran las cosas. Ya en el primer lustro de los años 70, disfrutando de cierta apertura en estas restricciones, se agrupaban los primeros hombres bajo la protección del cañizo del chiringuito que Luis el Matabichos regentó durante muchos años en las instalaciones de la piscina, y con la excusa de tomar una cerveza, contemplaban la piscina y quién sabe qué más. Los años, que todo lo maduran, llevaron la práctica social del baño en la piscina municipal al terreno razonable y natural de compartir sin problemas de diferencias por sexos ese espacio de esparcimiento en el ejercicio saludable de darle agua al cuerpo en los calurosos días estivales. De aquella desatinada imposición que al principio de la apertura de la piscina municipal impedía a hombres y mujeres compartir los baños al mismo tiempo, sólo queda el recuerdo, quizá puramente anecdótico, en la memoria de los que ya alcanzamos cierta edad, y de las riberas del río Argos, nada queda que se parezca a lo que fueron. He soñado con frecuencia que una mano diligente y con autoridad limpia de carrizos y plantas invasoras las orillas del río Argos y las devuelve a su estado natural de adelfas, álamos y espadañas, y que unos críos de 5, 6, 7 años, vuelven a buscar la aventura de unos baños furtivos en sus vaderas o en el remanso de Los Terreros en las tórridas tardes de los veranos. Pero sé que es sólo eso: un sueño.

 

26 de julio de 2021