FRANCISCO SANDOVAL

El concierto de la Schola Gregoriana de Murcia que se celebra el sábado 30 de junio tiene como escenario la ermita de la Encarnación. No es mi cometido enumerar los diversos periodos históricos por los que este lugar ha pasado, que no son pocos, sino que hablaré más bien de cómo la técnica constructiva se relaciona con los sentidos, o más en particular, con la luz y el sonido.

Coro a la luz de las velas. Foto JD. Morenilla

Coro a la luz de las velas. Foto JD. Morenilla

Desde el exterior, gran parte del atractivo del edificio viene dado por la articulación de sus volúmenes, por su pureza arquitectónica. Se aprecia un volumen más bajo que el resto del conjunto, conocido como casa del ermitaño, al que se accede por un arco carpanel, el mismo tipo de arco por el que se entra al castillo de Caravaca. El otro volumen, algo más alto, es la propia ermita. Sus contrafuertes dejan adivinar su estructura interior. Pero es el saliente sobre el crucero, a modo de cimborrio, el que otorga la icónica imagen propia de templo cristiano. Es un elemento llamativo por ayudar a ganar esbeltez al edificio, así como por su distinto revestimiento. Posee una pequeña linterna teóricamente con el objetivo de arrojar algo de luz sobre el crucero, sin embargo, en mi opinión, es poco apreciable en comparación con los ventanales que existen en el crucero, que sí son la principal fuente de luz. Y es que, a pesar de lo que numerosos libros de historia del arte exponen, el cimborrio no siempre se construyó para dar luz al interior del templo.

El escultor Miguel Sobrino, excelente investigador a quien tuve el placer de conocer en persona, ya escribió acerca de este tema. En sus orígenes, y en muchos casos en adelante, ese volumen que sobresale en altura en el crucero no se levanta para dar luz a la nave, sino para evitar un problema técnico en los tejados: cuando la cubierta de la nave principal y el transepto se encuentran a la misma altura, hay que resolver el encuentro mediante una línea llamada limahoya que a lo largo de la historia ha dado muchos problemas, como las conocidas goteras. Para evitarlo, había dos posibles opciones: la más usada y presente en la Encarnación, que es levantar cuatro muros en el crucero y colocar un tejado a mayor altura, lo que permite además encajar dentro una cúpula. La otra solución visible en muchas ermitas románicas es hacer el transepto más bajo que la nave, sin cimborrio.

En la ermita de la Encarnación, este elemento sobre el crucero no se eleva demasiado. En el interior, desde la nave del templo se puede observar cómo el arco que divide ésta del crucero es más bajo que la bóveda de cañón que la cubre. Esto significa que la bóveda del crucero arranca también desde un punto más bajo, por lo que no resulta una elevada cúpula donde el sonido pierda nitidez. El volumen que encierra la ermita es comedido, es un edificio con una escala que impide la excesiva reverberación de las ondas sonoras.

Cuando se comenzaron a levantar las enormes catedrales góticas se ganó altura en detrimento de la calidad del sonido. Durante siglos ha sido una ardua tarea controlar que los cánticos y sermones se pudieran escuchar con nitidez, de ahí que se añadieran púlpitos a mitad de la nave. El remate a modo de techo que poseen estos púlpitos no es tan solo un elemento estético como lo pueda ser en un baldaquino, sino que su proximidad al orador propicia la reflexión del sonido y por ende, lo hace más inteligible. En todo caso, estas son estrategias para mejorar la acústica cuando las dimensiones o proporciones del templo no ayudan. Sin embargo, en la ermita de la Encarnación la reducida escala es beneficiosa.

En definitiva, no solo los materiales ayudan a mejorar la acústica, como es el caso de la iglesia de San José de Caravaca con su abovedamiento en madera, sino también las proporciones del edificio.