Los 400 golpes

DAVID LÓPEZ SANDOVAL/www.400golpes.com

La mayor parte de las faltas de ortografía que cometen mis alumnos son faltas de acentuación. Ellos se desesperan con la intransigencia con que suelo corregirlas, y siempre terminan haciendo la consabida pregunta de todos los años: para qué sirven las tildes si se puede entender un texto sin ellas. Yo entonces, harto de tener que justificar la utilidad de lo que enseño en clase, les digo que, para mí, las tildes son lo que, para un alemán, por ejemplo, es el motor de un BMW, o sea, algo de lo que sentirse orgulloso. Porque, como los automóviles en Alemania, las reglas de acentuación son de las pocas cosas que, en los tiempos que corren, funcionan bien en nuestro país.

Tú. Chema Madoz.

Y es que, a pesar de que las normas en español son muy fáciles de recordar y extraordinariamente coherentes cuando se aplican, raras son las ocasiones en que me encuentro con una tilde bien puesta. Cada vez hay menos personas que acentúan correctamente las palabras; fenómeno este que se ha hecho angustiosamente visible desde que todos tenemos que retratarnos en las redes sociales, y que no discrimina preeminencia económica ni cultura: acentúan mal, o sencillamente no acentúan, la dueña del banco más poderoso y el escritor que más libros vende. Sin distinción. Lo cual, en el fondo, abre eso que los cursis llaman «una ventana de oportunidad» para que los pobres mortales podamos empezar a diferenciarnos de los demás.

Esto es lo que pienso y así es como se lo digo a mis alumnos cuando me preguntan sobre la utilidad de las tildes. Les digo que el uso que hacemos de la lengua en general, y de las tildes en particular, es la mejor imagen que podemos dar de nosotros mismos. Y aunque casi todos lo entienden, sé que pocos conseguirán poner una maldita tilde en su lugar cuando se vayan del instituto, porque hacerlo ha dejado de ser una exigencia del texto escrito.

Sin embargo, no se me ocurre una idea más hermosa que la de una ortografía revolucionaria que impusiera un nuevo orden social que no dependiese de la cuna o de la cuenta corriente: a un lado, la plebe que continúa acentuando como una banda de vikingos borrachos; enfrente, nosotros, la aristocracia de la tilde.

Pero esto, claro está, no se lo digo nunca. No vaya a ser que algún padre me denuncie a la inspección.