GLORIA LÓPEZ/Foto: Robert Capa

Hay quien sólo encuentra vida en las grandezas, y luego están las que solo encuentran grandeza en las cosas pequeñas de la vida. Esa fue Kati Horna, fotógrafa húngara que, junto Gerda Taro y Tina Modotti supo encontrar en lo cotidiano fuentes de inspiración que hicieron de sus fotografías lo grande de la vida.

Nacida en Mayo de 1912 en Hungría, a los 19 años decide trasladarse a Alemania para conocer al escritor Bertolt Brecht. A su regreso a Budapest, aprendería el oficio de fotógrafa de József Pécsi, siempre con una mirada amable y melancólica hacia lo cotidiano.

Pronto entró como ayudante de la agencia alemana Dephot pero la guerra la hizo huir a París, donde sobrevivía haciendo fotos para cine y moda. Con su cámara Linhoff realizó para la Agence Photo sus primeros reportajes gráficos: El Mercado de las Pulgas (1933) y Los Cafés de París (1934). En estos trabajos, ya se ven la mirada sobre los objetos que la caracterizan y su intuitiva mirada para detectar lo que ella denominaba el «insólito cotidiano».

Ya desde París podemos encontrar el gusto de Kati por las secuencias, por los relatos, así como por ciertas temáticas recurrentes que apenas aparecen: las muñecas y las máscaras, que a lo largo de su vida serán generadoras protagónicas en sus series fotográficas de creación personal.
Como sus amigas Gerda y Tina, en 1937, durante la Guerra Civil española, el gobierno republicano le encarga a Kati Horna la realización de un álbum para el Comité de Propaganda Exterior, por lo que la fotógrafa se trasladará a Barcelona. Entre marzo y abril de 1937 retrató para la CNT-FAI la División de Ascaso, al Frente de Aragón y los pueblos colectivizados. Anarquista (hasta su muerte) y comprometida con su causa, en junio ingresó como redactora de la revista Umbral y a partir de entonces participó activamente en la revista de acción cultural al servicio de la CNT: Libre Studio, así como en Tierra y Libertad y Mujeres Libres.
Kati no buscó la muerte ni el horror de la guerra, sino que rebuscó entre ellas todo aquello que sobrevivía: los niños, las madres y la supervivencia de un pueblo en guerra. Así, retrató a civiles y a milicianos en los momentos de calma y tranquilidad, cuando las pequeñas treguas que daban las armas, dejaban salir la vida cotidiana.
En la revista Umbral conocería al que sería su fiel compañero y por el que dejó a Robert Capa, el dibujante José Horna, con el que huiría a México cuando Franco ganó la guerra.

Allí, se unirán a los surrealistas mexicanos, formando parte indispensable de la vanguardia mexicana junto con otros artistas como Leonora Carrington o Remedios Varo. Su casa se convirtió en lugar fijo de todos los artistas, exiliados y locales, que pasaban por Distrito, una casa donde no se veía la tele ni se ponía música, pero que parecía sacaba del fondo del mar. Kati recubrió las paredes de canicas y lleno todas las puertas y ventanas de conchas, creando un ambiente de sirenas en un mundo de tiburones.
México la acogió como acogió a todos los emigrantes, con generosidad, lo que le hizo florecer como fotógrafa fuera de su tierra durante seis décadas, dejando lo mejor de sí en muchos de sus reportajes: La Castañeda (1945), Fetiches de S.nob (1962), Sucedió en Coyoacán (1962), Mujer y Máscara (1963) o Una noche en el sanatorio de muñecas (1963) A parte, participaba en muchas revistas y daba clases de fotografía en la Escuela de Diseño de La Universidad Iberoamericana.

Kati Horna falleció en México en el año 2000. Todas las fotos que hizo sobre la guerra civil española pasaron a ser parte del Archivo General de la Guerra Civil Española, que, como en tantas ocasiones, paga su generosidad manteniéndola en el olvido. Ni una mínima parte puede verse en la página web del Ministerio de Cultura, anulandola hasta después de muerta.