GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Tenía 32 años y pesaba 28 kilos cuando murió la voz que acompañaría las declaraciones de amor de toda una generación, la de los 70. Karen nació en New Haven, Connecticut, en 1950, pero residió todo su vida en California. Sus padres habían previsto para ellos una vida centrada en los pilares de la religión: matrimonio, obediencia y maternidad. Y el caso es que no estaba entre los planes de Karen escaparse a ese control, ella sólo quería escapar de las clases de geometría y se apuntó junto a su hermano a música. Y como no lo buscaba, lo encontró. En una de esas clases probaría la batería y ya nunca dejó de tocarla. Junto a su hermano y un amigo formaron un trío instrumental que ganó el famoso programa de «la batalla de las bandas» en el Hollywood Bowl en 1966. Poco les duro la alegría, la serena música del trío no casaba con el mundanal y hippilondio ritmo que marcaría esa década: Woodstock. Formaron otra banda con otros cuatro estudiantes compañeros de la Universidad de California en Long Beach, con los que tocaron varias veces hasta separarse, en celebraciones y eventos. Los hermanos decidieron montarse entonces por su cuenta. Pronto «the Carpenter» se convirtió en uno de los grupos más exitosos de la década de 1970, con Karen en la batería y la voz principal y Richard en el piano con coros. Ganaron tres Grammy, hicieron una gira mundial y hasta tuvieron su propio programa de TV. Los dos heKaren Carpenterrmanos eran perfectos y representaban la perfección. Pero ya sabemos que eso no existe y ellos vinieron a descubrirlo justo cuando comenzaban su gira por Europa. Karen fue ingresada y tuvieron que suspenderla. Estaba en 17 kilos por debajo de lo que debía de pesar. Tras la perfección de su voz, se encontraba un mundo de imperfecciones. Un mundo que hacia mucho tiempo había escapado de su control. No pudo evitar convertirse en cantante cuando solo quería tocar la batería, su madre controlaba cada uno de sus movimientos, desde sus salidas a la ropa que tenía que ponerse, cualquiera que se acercaba a ella era un cazafortunas. Terminó odiando hasta su figura «reloj de arena» y decidió sobre lo único que tenía control: su peso. Tras salir del Hospital decidió vivir con su hermano en un apartamento, lejos de sus padres. Pero el hermano ya luchaba contra sus propias imperfecciones: durante las giras maratonianas se había hecho adicto a los somníferos. Mientras que Richard se recuperaba de su adicción, Karen decidió grabar un disco en solitario en Nueva York, pero de nuevo volvieron a decidir que no era ese su futuro. Ese álbum vería la luz 25 años después de su muerte. Ni siquiera protesto. No volvería a abrir su boca para otra cosa que no fuese cantar. En 1980, se casó con el promotor inmobiliario Thomas J. Burris, bastante mayor que ella, que no soporto más de una año la vida itinerante ni el cuerpo que ya sólo era una voz. Los dos años siguientes se fue apagando como se apaga el día, poco a poco. Nadie podía saber entonces que padecía una anorexia nerviosa, ni mucho menos como tratarla. Pasó la mayor parte de 1982 en Nueva York en tratamiento. En febrero de 1983, el mismo día que firmaba su divorcio, fue a visitar a sus padres y ha recoger algo de ropa para trasladarse de nuevo a Nueva York. No llegó a hacerlo, sufrió una parada cardiaca debido a su estado, pesaba 28 kilos. Su boca vino a cerrarse para siempre justo en el único lugar del mundo que más llego a odiar: la cocina.