JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Con motivo de una elecciones generales celebradas en España. La portada de un diario nacional publicaba un dibujo del genial Mingote en el que dos ordenanzas del Congreso de los Diputados se encargaban de cambiar los retratos oficiales de antiguos presidentes por los nuevos, mientras entre ellos comentaban …¡¡¡bah, simples interinos».


Julián Martínez Navarro, ordenanza del Excmo. Ayuntamiento de Caravaca durante decenios, vio pasar por os despachos municipales alcaldes (desde Manuel Hervás a Pedro García-Esteller), secretarios generales, interventores, oficiales mayores y un largo etcétera durante el tiempo que ejerció su trabajo en al casa Consistorial hasta su jubilación.
El sobrenombre cariñoso por el que se le conoció popularmente venía de antiguo, pues su padre, y también su abuelo fueron Gallicos. Sus padres: Fernando y Teresa, trabajaban para D. Vicente Hervás, en la C. del pintor Rafael Tejeo, y vivían en el Barrio Nuevo, a donde Julián, tras contraer matrimonio con Purificación Vacas López, la llevó a vivir. Con ella tuvo su primer hijo (Fernando) antes de incorporarse al servicio militar, lo que hizo en Palma de Mallorca, ciudad hasta donde se llevó a su mujer, y en donde vino al mundo su segunda hija: Teresa.

Al concluir el servio militar regresó a Caravaca y al empleo de carpintero que tenía antes de su partida al mismo, en la carpintería de la C. Elías Los Arcos, abierta mucho tiempo junto al abrevadero.
Inquieto y en busca de nuevos y mejores horizontes, marchó con la familia a Bilbao, donde trabajó en los Altos Hornos, y luego a Barcelona, donde se ocupó en la conducción de tranvías. En la Ciudad Condal fueron naciendo el resto de sus nueve hijos: Rafael, Julián, Juan Antonio, Puri, Mari Carmen, Mari Cruz e Inma.
Tras séis años en Barcelona, le llegó la oferta para trabajar en el Ayuntamiento de Caravaca, que no dudó en aceptar, regresando a la ciudad donde se encargó de la planta noble de la Casa Consistorial, donde se encontraba la alcaldía, la secretaría general, la oficialía mayor y diversos negociados, mientras que su compañero Policarpo era el encargado de la planta baja donde funcionaba intervención, depositaría y otros servicios administrativos antes de la reforma del edificio.
Como el horario le permitía disponer de tiempo la mayor parte de las tardes, compatibilizó el trabajo en el Ayuntamiento con la apertura de una carpintería metálica en la C. del escritor Gregorio Javier, junto a la expendeduría de las quinielas que, por entonces regentaba Simón el de la Panza. En la carpintería le ayudaron sus hijos Fernando y Rafael, trabajando durante seis años a particulares e instituciones en la elaboración de muebles de formica para la tienda de Feliciano Morenilla (entonces en la Pl. del Arco), el mobiliario del Bar 33, el ajuar de comedor para unas escuelas en Puebla de D. Fadrique, mobiliario para un chalet de Madrid etc.
Al regresar de Barcelona, se llevó a vivir a su numerosa familia a la conocida popularmente como Casa de la Ahorcá, en el Barrio Nuevo, propiedad de Antonio Rabadán. Y posteriormente a la C. Torrentera, frente al Conole. Viviendo allí consiguió que el Ayuntamiento le cediera un espacio para vivienda, con entrada por la Cuesta del Castillo, donde disponían de un patio en el que criaban dos cerdos y hasta 15 pollos para ayudarse y sacar adelante a la familia.
Como Ordenanza Municipal participó en ceremonias como la colocación de la primera piedra del Hospital Comarcal, y era frecuente su presencia física como macero al frente de la Corporación, en actos solemnes, vistiendo la indumentaria tradicional.
Su puesto de trabajo le permitió compartir espacio físico en la primera planta del Ayuntamiento, con Antonio Guirao, Caridad la del Torcío, Rosendo Capote (Oficial de Quintas), José Antonio Soler (Secretario y luego Secretario General), José el Pecas (encargado del Padrón de Habitantes), Mari Cruz la Sevillana y Juan Antonio Pijo Pijo (que se encargaba a diario de preparar el correo); junto al aparejador (primero Antonio Blanc y, tras su jubilación, Francisco Richarte), y Encarna García (que se encargaba de la centralita de teléfonos).
En el Ayuntamiento le llegó la jubilación laboral a los sesenta y cinco años, estableciendo el domicilio familiar a partir de entonces en casa construida por el mismo, con la ayuda de los hijos, en el paraje de Las Cantarerías, que posteriormente vendió y marchó a vivir a la C. Mayor, sobre el viejo Banco Central, y luego al número 16 de la misma calle, junto a Ladislao, donde, tras atacarle la enfermedad del Parkinson y el Alzheimer, falleció en 2008.
A Julián, el Gallito, se le recuerda con respeto y nostalgia. Y también se recuerda su gran carácter y su genio. Siempre con su bigote recortado, perfectamente uniformado, o con blusón tipo guayabera de diferente color.
Aficionado a los toros y admirador de Curro Romero y El Cordobés; y también aficionado a ese deporte tan caravaqueño de correr las estaciones cada tarde, al concluir la jornada laboral, con amigos como José María el del Juzgado, Pepe el Sereno que vivía en la Pl. Nueva), Juan Antonio Pijo –Pijo y Ginés el Trapero entre otros: Comenzando en Los Yemas y siguiendo en la Peña Taurina (cuando esta se ubicaba en la Canalica), La Bullera (en la C. de Las Monjas) y Cal Tuerto, donde cocinaban unas muy sabrosas tortas de bacalao, y a donde acudía con su mujer a degustarlas, al menos una vez a la semana.
Julian El Gallico, fu siempre un personaje consustancial a la calle caravaqueña. Una de esas personas que, por su trabajo, la encontrabas en cualquier momento y lugar, con la prisa metida en el cuerpo. Afable, inquieto, nervioso, atento y dispuesto al favor. Por ello, y por tantas otras cosas, su recuerdo bien merece un lugar en el virtual cuadro de honor donde figuran los caravaqueños cuya imagen gusta actualizar frecuentemente en la memoria individual y también colectiva.