ANTONIO F. JIMÉNEZ

Leo un cuento de Cortázar que se llama Las líneas de la mano y me acuerdo de lo que decía Vargas Llosa: “A Cortázar le gusta jugar con la literatura”. El cuento narra la historia de un trayecto a través de la línea de un sobre que pasa por un cuadro, salta la ventana, sigue las ruedas de un autobús, sube a un barco, llega a una cabina y termina en la mano de un hombre que se cierra porque empieza a empuñar la culata de una pistola. Nuestro paisano Joaquín Soler Serrano entrevistó a Cortázar en TVE, en aquel mítico programa de A fondo, y Cortázar le tuvo que cortar para darle la enhorabuena al entrevistador por lo exhaustivo de su documentación, por la sabiduría de los pormenores. Otro invitado al programa, Juan Rulfo, excesivamente tímido, difícilmente entrevistable, se brindó a darle la mano al acabar la entrevista y le reiteró las gracias con los ojos saltones y los labios sobresalidos. Hace unos meses se celebró en Santander un congreso sobre periodismo cultural y dijeron que Joaquín era un gran entrevistador, etcétera. Pero hubo quienes escupieron por lo bajini: ‘Otro viejuno’. También estuvo el gracioso que medio se dignó a imitar al periodista, acaso sin malicia, pero sí mofándose levemente de las alabanzas que siempre hacía Soler Serrano a los maestros. Da la sensación de que hoy la palabra maestro es solo ya una referencia bíblica o escolar. Y los referentes se ponen en duda porque huelen a rancio. S.S nunca preguntó a los escritores qué ha querido decir con su obra. Dicen que es la peor pregunta a un escritor, y hoy se hace mucho. Qué quiso decir Cortázar con aquel travelling literario de la línea errabunda y serpenteante. La respuesta es rayana a la de un niño que goza empujando un coche de rally por la acera.