JOSÉ ANTONIO  MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Una de las personas más relevantes de la sociedad local de su tiempo, por haber estado durante décadas involucrado en muy diversos aspectos de la misma, fue Juan Rico López, hombre de pequeña estatura en lo físico pero de gran personalidad y corazón en todo lo demás.

Juan Rico en 1963

Juan Rico en 1963

Vino al mundo el 2 de mayo de 1915 en la entonces conocida “Casa de las Rejas” en la Cuesta del Castillo, seguramente mientras pasaban, o acababan de pasar los Caballos del Vino camino del entonces Santuario. Allí habían establecido su residencia, tras contraer matrimonio, sus padres: Pascual y Josefa, quienes después de unos años decidieron trasladar la casa familiar a la entonces C. de Ródenas (hoy del escritor Gregorio Javier).

Su formación primaria tuvo lugar en el Colegio “Niño Jesús de Praga” de los PP. Carmelitas de La Glorieta, y la secundaria en el instituto de Los Andenes, que vino funcionando hasta el desenlace de la guerra civil.

Se incorporó a la vida laboral en las oficinas de la Fábrica del Chocolate y al llegar la guerra estuvo preso, primero en los Frailes y luego en Castillo, donde vivió en primera persona la matanza ocurrida durante la noche del 1 al 2 de octubre de 1936 junto a compañeros allí presos como Antonio Guerrero Martínez y Antonio Carrasco, salvándose de la misma por conocer los vericuetos más recónditos de edificio, donde pudieron esconderse y así salvarse de la masacre. Con posterioridad sufrió prisión en el seminario de Orihuela y fue condenado a trabajos forzados en las inmediaciones de la localidad granadina de Órgiva, donde se ocupó obligadamente, junto a otros muchos presos de guerra, en la construcción de una carretera en plena comarca de Las Alpujarras.

Al concluir la contienda obtuvo trabajo en el Ayuntamiento ocupándose del negociado de “Racionamiento”, que controlaba las entonces famosas “cartillas” que nos permitieron salir adelante a los entonces niños caravaqueños. Concluido aquel período trabajó en las oficinas de la fábrica de alpargatas que su suegro, Fernando Navarro Guerrero tuvo en la carretera de Murcia y luego en la Gran Vía.

En abril de 1947 contrajo matrimonio con Teresa Navarro García, estableciendo el domicilio familiar en el chalet de reciente construcción en la carretera de Murcia, frente a la fábrica de conservas de los Tudela. Allí nacieron sus dos hijos mayores: María Teresa y Juan Pascual, haciéndolo los restantes: Dora y Fernando, en el número 15 de la Gran Vía a donde trasladó la familia su residencia en 1950.

En 1968 marcharon a Barcelona, donde Juan obtuvo trabajo en la empresa de transporte aéreo AERPONS, que tenía su sede en la C. Consejo de Ciento nº 77, edificio en el que la familia fijó su residencia durante los ocho años siguientes, hasta su jubilación laboral anticipada, por culpa de la diabetes perniciosa que le consumía.

De nuevo en Caravaca recuperó a sus viejos amigos Juan Montoya, Pepe Luís Melgares y Alfonso “el Caillo” entre otros, con quienes en los años siguientes a 1959 dieron carta de naturaleza a la cábila mora de los Abul Khatar en su escolta festera a la Stma. Cruz.

En su juventud fue uno de los fundadores de la Falange en Caravaca, siendo delegado local de la Vieja Guardia de Falange Española Tradicionalista y de las JONS mientras fue jefe provincial Julio García Moya, y lugarteniente provincial de la denominada Guardia de Franco, por lo que le fue concedida, con 28 años, en 1944, la Medalla (nº 2727) por “Servicio en primera línea” en Falange Española.

Su vinculación a las Fiestas de la Cruz data de 1940, cuando siendo Hermano Mayor José Luís Gómez Martínez, se hizo cargo de la subcomisión encargada de los “Gigantes y Cabezudos”. En el seno de la misma le toco restaurar los “Gigantes”, que también habían sido víctimas de la furia iconoclasta bélica. Con mucha ilusión y poco dinero logró nuevas indumentarias ayudado por la costurera Ángeles Martínez y su propia esposa Teresa. De aquellas viejas indumentarias sólo queda la actual “pañoleta de la Gitana”. Con imaginación y esfuerzo sujetaron las cabezas a los trancos con sábanas e imitaron los ropajes antiguos con retales adquiridos por Comisión de Festejos en la tienda de “los Jiménez” de la C. Mayor. Durante años se encargó de buscar y pagar a los porteadores, siendo el inventor de los juegos infantiles que arropan el festejo en al Placeta del Santo, ocupación en la que le siguieron, pasados los años, Paco “el López” y luego Juan Soria.

También durante años dirigió la maniobra del Carro de la Stma. Cruz en las procesiones urbanas de la Patrona durante las Fiestas Mayores de mayo; heredando el puesto de su abuelo Juan Rico, hasta que fue desplazado de este lugar por los hermanos Diego y Enrique Jiménez-Girón.

Reorganizó la Banda de Música Municipal durante el mandato como alcalde de Antonio Guerrero Martínez, dotando a los músicos de nuevos uniformes, y fue el inventor del espectáculo pirotécnico que arropa el “trueno gordo” con que cada año concluyen las Fiestas, desde los años cuarenta del pasado siglo. Los mayores recordamos la traca que en fecha indeterminada de los primeros años cincuenta, recorrió toda la actual Gran Vía, desde el hoy Estanco de Romera hasta el cruce con la carretera de Murcia.

Formó parte de las cofradías pasionales de “los Moraos” y “el Silencio”; y, ayudado por otros, adquirió la imagen de La Verónica de aquella hermandad.

En la reconversión festera de 1959 formó parte (aunque inicialmente en la sombra) de la primera célula Khatar, aunque su incorporación efectiva tuvo lugar años después. Sin embargo tuvo que ver con la denominación del nombre de la cábila, entrando en contacto con un desconocido historiador que le informó de la existencia de un emir musulmán, de nombre Abuljatar, que reinó en Alándalus hacia el año 740, tras la muerte de Teodomiro. Con sus compañeros de cábila colaboró en la primera plantación de los actuales pinos que sembraron de verde las faldas rocosas del Castillo.

Amigo personal del maestro Diego Cortés, a Juan Rico dedicó aquel la partitura del himno de los Caballos del Vino en 1969, composición musical a la que puso letra José López González en dicho año.

Minado por la diabetes, su salud fue debilitándose paulatinamente hasta el año 1990 en que falleció.

Su recuerdo aún permanece entre los mayores, pues su nombre y sus obras han sido referentes durante generaciones, siendo merecedor, por derecho propio, de estar presente en ese álbum virtual donde periódicamente vamos colocando las no menos virtuales fotografías de quienes merecen ser recordados en los anales de la historia local.