José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de la Región de Murcia

Otro de los personajes emblemáticos y de referencia en la sociedad caravaqueña del ecuador del S. XX, y no sólo desde el punto de vista profesional sino también en lo personal, fue Juan Sola Bernal, popular y cariñosamente conocido como Juan el Monecillo, apodo o sobrenombre que le venía de su abuelo, del mismo nombre, quien antes de cursar estudios de agrimensura se preparó para el sacerdocio con don Gregorio Piñero, primer párroco de la nueva iglesia de Singla. Estudios que, si bien no culminaron con su ordenación, le unieron mucho a todo lo relacionado con el culto y ritos de la Iglesia Católica, con la que nunca dejó de colaborar; conociéndosele en su ambiente cercano como el monaguillo o el monecillo.

Juan Sola Bernal

Juan Sola Bernal

Hija única de aquel primer Juan el Monecillo y de su mujer Carmen fue Juana Bernal, que al casarse con el tratante ganadero Fernando Sola, incorporó a éste a la casa familiar del abuelo en Navares, donde nacieron nueve hijos del matrimonio; siendo Juan Sola Bernal (cuarto hijo, nacido el 8 de enero de 1914) el primero en desvincularse de la actividad ganadera para seguir los pasos del abuelo, al destacar entre los demás, por su aplicación en la escuela y por su precoz afición a la lectura.

A ello también influyó sin duda el hecho de que se decidió incorporar a la vivienda un almacén de grano, que posteriormente se transformó en escuela; siendo la casa familiar, también residencia del maestro. Esta primera escuela de Navares perteneció a dicha casa familiar hasta la construcción de las actuales escuelas, siendo la última maestra que trabajó y vivió en ella, la querida doña Cruz Leante, esposa del abogado caravaqueño D. Juan Antonio Elbal; de manera que a Juan Sola Bernal le llegó a tocar compartir dormitorio con D. Jose María, el primer maestro destinado a la misma.

Este contacto con la escuela y las enseñanzas del abuelo hicieron pronto de él un experto en agrimensura y en las actividades paralelas que ésta conlleva; siendo pronto el claro sucesor profesional de Juan el Monecillo, también conocido en todo el término municipal de Caravaca como el Notario del Campo.

Durante la guerra fue reclutado por la república y enviado a Valencia, donde le seleccionaron para servicios administrativos por sus aptitudes de escritura y sus conocimientos de mecanografía. Cuando el mando militar se traslada de Valencia a Barcelona es trasladado con el mismo, escapándose de su puesto durante uno de los frecuentes revuelos próximos a la finalización de la contienda y viviendo en el metro de la ciudad condal hasta conseguir regresar a su ciudad.

Acaba la guerra continuó con su trabajo y, ya muerto el abuelo, contrajo matrimonio en Barranda con Julia Sánchez Marín, estableciendo el domicilio familiar en la carretera de Granada de esta misma pedanía (Cequia Alta); donde nació Fernando, el primero de sus dos hijos.

Razones profesionales relacionadas con su tarea en los despachos administrativos de la capital del municipio motivaron su traslado a Caravaca, aunque su trabajo siguiera fundamentalmente relacionado con el campo; estableciendo su residencia primero en La Canalica, luego en la calle Mayor frente a la sastrería de Amadeo (donde nació el segundo y último de sus hijos: Juan), para hacerlo después en la calle del Escritor Gregorio Javier y en El Pilar por razones de espacio, ya que gustaba de tener la oficina en el mismo lugar de residencia.

Trabajó muchos años en colaboración con Isidro el del Moral, inversionista y corredor de fincas; teniendo como empleados a Juan Torralba, Eduardo Espa e incluso algún tiempo, como colaboradores, a los peritos agrícolas Mari Cruz Torres Boneu y Pedro Guerrero. Su último socio profesional fue Juan López Moya, de La Almudena, al que le unía también una gran amistad.

La práctica y los muchos años de experiencia hicieron de él un profesional muy cualificado, demandado por los más importantes terratenientes caravaqueños como el conde de Reparaz, doña Mercedes Rosello, el doctor Escolano, la familia Guerrero, etc.; elaborando un archivo catastral privado, muy valioso para su trabajo en aquella época. También fueron clientes suyos los propietarios de las fincas del Sapillo y del Puerto Hondo.

Hombre con gran sentido del humor, gustaba de las relaciones públicas y de las tertulias. Frecuentaba asiduamente la que se reunía en la sastrería de José Manuel Caparrós (en la calle Mayorjunto a la Librería Nueva), a la que asistían políticos e intelectuales como nuestro querido y admirado don Francisco Mirete. También era asiduo a otra tertulia, menos intelectual pero más picaresca, que se reunía en la cafetería Dulcinea en torno al empresario teatral don Pedro Antonio Orrico, junto con un nutrido grupo de relevantes personajes de buen humor, a los que con frecuencia el camarero Julián moderaba.

Sin adscripción política definida, fue siempre ferviente defensor de la Monarquía encarnada en la persona de  D. Juan de Borbón; llevándose mal, por tanto, con los falangistas del régimen franquista a los que criticaba, siempre haciendo uso del humor, su forma de actuar.

Tras la llegada de la Democracia, participó activamente en la campaña electoral para las elecciones municipales celebradas en abril de 1979; figurando en las listas como candidato por el Partido Socialista Obrero Español que entonces lideraba en Caravaca su amigo Ginés García Andreu, quien pensó en él para hacerse cargo del trabajo relacionado con  las pedanías.

Fue concejal en la oposición tras las citadas elecciones, donde se preocupó junto a los demás concejales de la Unión de Centro Democrático por las necesidades de infraestructuras en las pedanías, la ubicación del centro de salud, la del hospital comarcal y la del primer polígono industrial. El apoyo a algunas propuestas del grupo en el gobierno le causó fricciones con su propio partido político. No repitió la experiencia cuatro años después.

Su preocupación fueron siempre las pedanías y sus gentes, tratando siempre de acercar los servicios a las mismas al pensar en la oportunidad que ello podría brindar como polo de desarrollo. En ésta defensa contó con la colaboración de su buen amigo de Barranda Paco Ramos, con el que compartía sus inquietudes políticas.

Fumador empedernido, contrajo un cáncer de pulmón del que fue diagnosticado en la clínica Puerta de Hierro de Madrid, siendo atendido en ocasiones por su amigo, el médico de Barranda, Sebastián Fernández. Convivió con el cáncer dos años; al cabo de los cuales falleció, entre los cuidados y las atenciones de los propietarios y profesionales de la clínica del Dr. Bernal del Camino del Huerto (entre las que destacaron las últimas atenciones del doctor y también amigo Julián el catorce), el día 29 de mayo de 1.982.

Hombre de envidiable humor, le sacaba partido a todo y a todos. Extrovertido, buen conversador y relacionado con todo el mundo, no le importó que ninguno de sus hijos siguiese el camino profesional que inició su abuelo y terminó con él; como tampoco le importó que ninguno de ellos se enrolase en la actividad política a la que él se dedicó de manera anecdótica.