JOSÉ ANTONIO MELGARES

Uno de los que podríamos considerar grandes almacenes caravaqueños, en que los clientes podían adquirir desde ropa hasta herramientas y útiles para el trabajo del campo, durante el ecuador del S. XX, época a la que habitualmente me refiero desde este observatorio del pasado reciente, fue el de Juan Sánchez Corbalán, popular y cariñosamente conocido como Juan, el Bata (así apodado por su parecido físico con el futbolista del Atlético de Bilbao que ostentaba este nombre), y también como Trigo Recio por su vinculación, durante la niñez, al molino que sus padres regentaban en la localidad de Topares, de donde procedía su familia.

El almacen cerró por la Lotería, en navidad de 1960

El almacen cerró por la Lotería, en navidad de 1960

La vida laboral de Juan, el Bata, comenzó como aprendiz y luego empleado de Diego Marín, en la C. Mayor. Tras la Guerra Civil, en la década de los cuarenta, se estableció por su cuenta en un pequeño local de la calle Rafael Tejeo, propiedad de la familia Manero, frente al Tío Amarillo.

A comienzos de los cincuenta adquirió un inmueble, muy cerca de su inicial emplazamiento, a Caridad Rodríguez, junto a Calzados Mané y frente a la casa palaciega del Conde de Balazote (entonces habitada por D. Ángel Blanc y Perera), donde había una confitería, uniendo aquella con la del procurador Juan Aznar Sánchez. Sobre el solar de ambas edificaciones levantó un edificio de tres plantas comerciales (sótano, bajo y primera), dedicando la segunda y tercera a vivienda familiar.

Se trataba de un negocio de altos vuelos, sin nombre propio, conocido por el sobrenombre de su dueño, especializado en la venta al mayor, aunque atendiera también el detalle, en el que se podía adquirir de todo cuanto el lector pueda imaginar: ferretería, paquetería, calcetería, artículos de regalo, explosivos industriales, enseres para el verano, utensilios para el trabajo en el campo (tales como hoces para segar, palas para aventar las mieses, horcas, garbillos, cribas, fitosanitarios y hasta calzado), en una zona de influencia comercial que comprendía cien kilómetros a la redonda y que incluía Nerpio, Puebla de D. Fadrique, Castril y hasta Molinicos de Albacete. También tuvo sucursal en Calasparra, que regentaba Diego Velázquez, a la que acudía el dueño dos días a la semana, así como el viernes, en que se celebraba el mercado semanal.

Juan, el Bata, no utilizó al principio vehículo propio para  sus desplazamientos, visitas a clientes y servicio de mercancía. Utilizaba los coches de línea, los entonces denominados coches de punto (taxis), y la amistad con otros industriales locales (como Romualdo López, de la Fábrica del Chocolate) hasta que adquirió su primer coche, marca Chevrolet, de segunda mano, que fue conducido por su viajante Indalecio Picazo.

Aquel almacén, que recibía la visita diaria de cientos de clientes y decenas de cargueros del campo y de la zona geográfica mencionada, fue escuela de comerciantes, donde se formaron gentes emprendedoras que luego se establecieron por su cuenta una vez que se sintieron capacitados para ello, y donde aprendieron mucho del trato con la clientela, de la simpatía, de la seriedad y de la amistad como valores a tener en cuenta en cualquier tipo de empresa comercial. Entre los muchos empleados que por allí pasaron mencionaré, entre otros, a Policarpo, Diego el Carboneroy Juan Torralba como contables. A Blas el de las Ruedas y Juan González como viajantes. A Maribel Celdrán y Rosa Llorente como cajeras y, entre los empleados de mostrador a sus sobrinos Manolo y Pili, Marta García, Juan Navarro Sánchez, Milagros González, Cruz Carrasco, Conchi Reina, Martín Navarro, Pepe Luís Lag, Ovidio, Pepe el Linero, Juan Pérez y Carmen Torrecilla.

Como digo, con el tiempo se independizó Martín Navarro, quien abrió comercio en la misma calle del pintor Rafael Tejeo, haciéndolo después Juan Navarro y Juan González, ambos en la Gran Vía.

El volumen de venta era tal que, semanalmente llegaba desde al fábrica de calzados de Meseguer Hermanos (ubicada en la pedanía murciana de Guadalupe), un camión de calzado, todo de goma, que los empleados preparaban en paquetes, los domingos, para su distribución los lunes, día en que acudían con mayor intensidad los cargueros del campo, por la celebración del mercado semanal en Caravaca. Entre otros cargueros conocidos, se recuerdan como buenos clientes de El Bata alos hermanos Carrasco, Antonio Soler y Juan Marín de El Sabinar. Los hermanos Joaquín y Porfirio Martínez, los Panochos, Luís Lacal y Raimundo Gómez, de Nerpio. Los Blázquez, los Palomares, Francisco Bravo y Margarita Alguacil de Santiago de la Espada. Olayo Martínez y Felipe Marín, de Pontones. El Comandante, Benjamín y Pedro José Catorce; así como Salvador Martínez el Tabarra, de Archivel. Y José Cesar Vicente y José Antonio Martínez, de Barranda.

Con motivo del Sorteo Extraordinario de Navidad, en diciembre de 1960, tocó el Segundo Premio de la Lotería Nacional en el número que, por encargo del Bata, retiró Juan Navarro del estanco de La Justa (en la Cuesta del Cinema ó de la Plaza), que había repartido gratuitamente en participaciones de cinco pesetas a sus clientes y hermanos, mientras que entre los dependientes lo había hecho en participaciones de diez pesetas. A los primeros correspondieron 18.750 pts y a los segundos 37.500 pts. Cantidades de dinero nada desdeñables si tenemos en cuenta los años transcurridos desde entonces y el valor del dinero en el año referido. Baste como ejemplo de ello que la segunda cantidad propició la independencia comercial de Juan Navarro, que abrióFantasía en la Gran Vía y Juan González quien lo hizo en la misma calle principal.

El premio se festejó por todo lo alto en una nave propiedad de Isidro el del Moralejo, en la Gran Vía, con más de doscientos clientes y amigos.

Sin embargo, este fue el momento que señaló el punto de inflexión del negocio, que paulatinamente vino a menos por culpa de la competencia y la reducción en los márgenes. Lo avanzado de su edad, el inicio de las dolencias corporales y el desánimo le aconsejaron ceder espacio a su hijo Dimas, viendo él mismo, antes de morir, el final de su pequeño pero entrañable imperio.

Su figura, con el paso del tiempo, se ha magnificado en el recuerdo de sus empleados, quienes se refieren al Bata como un genio y un artista en el mundo de los negocios. Dotado de una simpatía natural y una afabilidad dignas de no olvidar. Generoso con sus subordinados y genuino maestro en la amistad hasta llevar estas cualidades a cotas de sublimación. El mayor mérito atribuido fue su capacidad para crear una escuela virtual de comerciantes, en la que se impartían materias no menos virtuales como el tesón, el amor al trabajo, el exquisito trato con proveedores y clientes, la seriedad y el amor y respeto a la familia como célula primera de la sociedad y pilar básico de cualquier aspiración.