José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.

Otro de los peculiares y característicos aromas que identificaban a personas y establecimientos comerciales en la calle caravaqueña del ecuador del S. XX, era el que anunciaba la cercanía urbana de una talabartería, donde se cortaba el cuero y se manufacturaba para la fabricación de muy diversos productos relacionados con el campo sobre todo, y también con actividades profesionales muy diferentes.

Uno de los talabarteros cuya ubicación urbana y actividad profesional sirvió de referencia durante lustros a la sociedad local fue José María Pérez Giménez, oriundo de El Hornico donde nació en la primavera de 1910, aunque a los pocos meses sus padres lo trajeran consigo a Caravaca.

Hijo de Juan Pérez y Antonia Giménez, fue el primero de los dos hijos fruto de aquel matrimonio, siguiéndole en la llega a al mundo su hermana Catalina. La madre falleció seis meses después del nacimiento del hijo, y el padre en 1918, víctima de la epidemia de gripe de aquel año. Por ello, José María fue cuidado y criado por su tía Antonia (la de Ajote), quien vivía y regentaba un negocio de comestibles en la C. de Martín Muñoz.

A los 14 años comenzó a trabajar, junto a Vicente Alarte, como aprendiz en la guarnicionería de Juan Navarro Torralba (Juanico el talabartero), donde aprendió el oficio en el comercio y taller de aquel, en la entonces C. de Murcia (hoy Maruja Garrido).

A los 21 fue llamado a filas, siendo destinado al Regimiento de Regulares de Melilla donde permaneció hasta 1934. Movilizado por causa de la Guerra Civil, en 1936, luchó en el denominado Frente de Teruel, donde fue guarnicionero y luego camillero en sanidad militar, junto a su paisano caravaqueño Fernando el Maceta. En Teruel se pasó al bando nacional, con otros trece compañeros, junto al comandante médico, burlando la vigilancia de Vicente González (el famoso Campesino). Al incorporarse al bando nacional fue hecho prisionero y enviado a un campo de concentración en Alcalá de Henares, donde permaneció siete meses y donde fue liberado gracias a la influencia ejercida desde Caravaca por Dª. Caridad Vaillant (condesa de Reparaz) y el falangista Pepe Gómez.

En 1940 contrajo matrimonio con Salvadora Jiménez Reina, estableciendo el domicilio familiar en la C. Martín Muñoz, donde vinieron al mundo sus dos hijos mayores: Antonia y Juan, aunque muy pronto lo trasladaron a Rafael Tejeo 44, y edificio que José María compró a Pepe Jiménez (padre de Mateo el de la Pesquera), donde nació su tercer hijo: Críspulo.            Allí, abrió negocio de talabartería, utilizando la planta baja del inmueble y aprovechando el resto del mismo para vivienda familiar.

Era la talabartería un espacio cuadrangular (junto a la ferretería que entonces regentaba D. Liberato Díaz), de 30 m. cuadrados, con acceso interior a la vivienda, donde se ubicaba el mostrador de madera y una gran mesa donde se cortaban las pieles, fundamentalmente de vaca, que le suministraba Almacenes Ramírez de Alicante, y otras que llegaban de Lorca (pieles de caballo) y de un suministrador de Murcia ubicado en la Pl. de Camachos.

El trabajo de guarnicionería o talabartería requería la aplicación al cuero de elementos metálicos como hebillas, arandelas, cascabeles etc. Que eran suministrados por un almacén de Vitoria, empresa que también le suministraba herramientas para el trabajo de la tierra, en el campo, tales como azadas, legones, hoces hocetes y corbillas. De La Solana venían las hoces marca Cantero, muy acreditada por la calidad del acero en que se fabricaban.

El cuero era la principal materia prima. Para trabajarlo se ponía previamente a remojo, y cuando el material se ablandaba se procedía a cortar y coser, con hilo bramante que facilitaba la industria de cordelería de Pablo Celdrán. De cuero hacía José María desde fundas de pistola para la Guardia Civil pasando por guantes y dediles para el trabajo en el campo, aperos para los animales de tiro en carros de lanza, de varas y tartanas (cabezaderas, calabresas, mosqueros, baticolas, ataharres etc.) monturas, sillas para montar y un largo etcétera que el lector puede imaginar.

La talabartería de José María también proporcionaba a sus clientes herramientas para el trabajo en el campo: palas y horcas para aventar, gallaos para pastores (en sus variedades de almez, almendro y junco), calzado (albarcas fabricadas con cubiertas de ruedas de coche, y esparteñas, de esparto), esquilas, esquilones y cascabeles para las cabezadas de las caballerías, y otro largo etcétera que el lector entrado en años recordará. Otros productos que suministraba la talabartería fueron las cuerdas de esparto, cáñamo y pita que suministraban empresas de Guadix, callosa de Segura y el empresario Antonio Martínez, de La Raya (Murcia).

Como ayudante y hombre de confianza José María contó con Antonio Chumiza (conocido como Antonio el Rufao), quien entró con nueve años en el negocio y salió a los veintiuno para marchar a la mili, en Valencia, permaneciendo como profesional guarnicionero en el ejercito hasta su jubilación como brigada. También tuvo como empleados a los hermanos Antonio y Paco (que luego se dedicaron a la tapicería) y a su propio hijo Juan.

Los años sesenta fueron decisivos y críticos para muchas cosas en Caravaca y en el resto de España. Fue la época de la transformación del campo, de la sustitución de los animales por las máquinas y de la fibra vegetal por el nylon. A José María le toco vivir esa reconversión laboral, dejando de fabricar aperos y aparejos para pasar a la tapicería de muebles, trabajando y mucho para industriales locales del mueble como Nevado y Muebles Gran Vía, así como para particulares como D. Francisco Hervás, D. Cristóbal Rodríguez y la Condesa de Reparaz entre otros.

El horario de la talabartería era similar al del resto del comercio local, multiplicándose el trabajo los lunes, por causa del mercado semanal, y durante las ferias de ganado de mayo y octubre.

Jubilado a los 65 años hubo de aguantar en el trabajo hasta alcanzar el plazo de cotización, compatibilizándolo con la amistad de sus amigos: Ramón el Pera, Julián Rivero, Juan el Naranjero y su inseparable Ángel Papao, con quienes recorría las estaciones cada tarde en costumbre popular caravaqueña que aún pervive en la actualidad.

Una trombosis le afectó a la movilidad de las manos, y la repetición continuada de otras muchas le debilitó hasta el extremo, falleciendo el 14 de septiembre de 1983.

Su carácter apacible y afable le granjeó muchas amistades. Su virtuosismo, seriedad y armonía en trabajos y composturas satisfizo siempre a sus clientes y su dedicación continuada a la familia y a los amigos le permitieron morir rodeado de los suyos en la paz que mereció.