José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.

Desde al menos el S. XVI, está documentada la fabricación de cruces de Caravaca para regalar, retocadas a la Sda. Reliquia. Una discreta industria de elaboración de cruces en diferente material, sobre todo en metales nobles, motivó la existencia de un gremio de plateros durante el S. XVIII que se encargaba de ello, además de fabricar otras joyas de diversa naturaleza. Durante el S. XX, varios fueron los plateros que los mayores han conocido, cuya actividad se prolonga hasta nuestros días. Uno de ellos es José María Jiménez Ruiz, de la estirpe de Los Chavos, a quien la profesión no le viene de familia ya que sus padres y abuelos fueron agricultores que trabajaban la tierra en el paraje de El Caravacón, llevando a medias algunos sembrados con la familia de Los Panochos.

José María el Chavo en el primitivo taller, 1961

en el primitivo taller, 1961

José María, El Chavo, nació el 4 de abril de 1931, en el número dieciocho de la C. Condes, donde sus padres Salvador Jiménez Rodríguez y Carmen Ruiz Pérez habían establecido el domicilio familiar tras su unión matrimonial y tras haber  vivido un tiempo en la Placeta del Santo. Dicho matrimonio trajo al mundo siete hijos: Dolores, Ramón, Juan, Carmen, José María, Consuelo y Salvador.

José María, el quinto de ellos, tuvo por maestro de primeras letras a D. Enrique Richard en el colegio El Salvador, entonces en la C. del General Queipo de Llano (que anteriormente se había denominado de La República y antes aún de Alfonso XIII). Hizo el servicio militar en el cuerpo de Ingenieros, primero en Valencia y luego en Cartagena y, al volver de la mili en 1956, fue cuando se inició en el mundo de la orfebrería compartiendo lo que al principio sólo fue una afición, con sus amigos José López Godínez y Cristóbal Navarro, quienes aceptaron siempre como maestro a Antonio Ros, a quien sí le venía el oficio de tradición familiar.

Inicialmente abrieron taller en la C. Ingeniero Oñate, utilizando para ello un espacio cedido por la tías de López Godínez, fabricando cruces para Miguel Salazar (joyero establecido en la C. Mayor). El primer dinero que ganó en el oficio (que simultaneaba con el trabajo en el campo), fueron 25 pts. que Antonio Ros le pagó de los beneficios obtenidos por u trabajo al citado Salazar, dinero que se comió y bebió con los amigos en el Bar 33.

José María, el Chavo

José María, el Chavo

La inicial sociedad platera comenzó a tomar cuerpo, habiendo de aportar a la misma cada uno de ellos 18.000 pts, que a José María prestó una caja de ahorros, gracias al aval de su padre y su hermano Ramón. Aquel dinero se invirtió en la adquisición de una moto Lambretta al mecánico Antonio Reinón, con la que José María visitaba los pueblos del entorno, como viajante del producto fabricado en el taller.

Aquel grupo se disolvió año y medio después, abriendo José María en solitario un pequeño taller, en el que se estableció por su cuenta, donde la calle Canalica (Sor Evarista)se une a Ingeniero Oñate, muy cerca de la Gran Vía, en bajo alquilado a Los Pajaricos por 300 pts. mensuales, donde le ayudaba Blas Salazar y muy pronto sus sobrinos Salvador y José, hijos ambos de su hermana Dolores.

El material (sobre todo la plata, aunque también el oro), le era facilitado por Los Asturianos, tíos de La Papirusa, quienes vivían en Barcelona y se dedicaban a la importación de joyería y metales nobles. El oro le era suministrado en pequeñas cantidades de 6, 8 y 10 gramos, mientras que la plata le era enviada a granel, recién extraída de la mina. Era plata pura, de mil milésimas, que él convertía en plata de ley de 18 ó 24 quilates, mediante aleación con el porcentaje permitido legalmente, de 33´33% de cobre.

Aquel taller de la C. Canalica se convirtió durante muchos años en lugar de referencia y punto de encuentro para las gentes de Caravaca de cualquier clase y condición social, quienes encargaban a José María cruces de oro y plata para regalar y donde se fabricaron miles de ellas para clientes de la ciudad (como el mencionado Miguel Salazar, Inocencio López-Egea Longines, Casimiro Domaica, Eduardico López y La Justa, entre otros), teniendo como única competencia, que no rivalidad ni enemistad profesional, a Rafael Orrico, y siendo ambos los únicos fabricantes de cruces en la ciudad durante muchos años.

La fabricación de cruces, evidentemente tenía lugar en el taller, y la venta a comercios ya se ha referido, pero José María se las ingenió para venderlas de las maneras más inverosímiles: visitaba a las artistas que venían a actuar en el teatro Cinema, quienes le atendían en sus propios camerinos. Aprovechaba cualquier acto masivo para la oferta, siempre individualizada de sus productos, con lo que colgó al cuello de cientos de artistas y famosos su cruces, entre otras a Lola Flores, a Concha Velasco y a Finita Rufén, quien le encargó una miniatura, en oro, de su moto, que le vendió José María en 800 pts. Dato curioso es que, en al localidad de Picón (Ciudad real) se venera una cruz similar iconográficamente a la nuestra. José María se las ingenió para fabricar las cruces allí vendidas, a las que, para marcar diferencias, añadió la leyenda PICON en su superficie, en letras capitales mayúsculas.

La constancia y el empeño en el trabajo, las muchas horas sudando la camiseta, junto a la calidad de sus productos; su natural simpatía, sus dotes singulares para el trato con la clientela y la actitud y personalidad humana de El Chavo, le permitieron una prosperidad empresarial muy rentable que le llevaron a abrir comercio de joyería, en 1979, en bajo adquirido en la Gran Vía a Carlos Picón , que entonces costó 1.200.000 pts. dando trabajo en él a familiares, de quienes siempre se rodeó en el negocio, aunque no por ello cerró el viejo taller, después modificado y trasladado muy cerca del primitivo

En una cena medieval, con Perico el Alto

En una cena medieval, con Perico el Alto

En 1973 contrajo matrimonio con Mari Cruz López Godínez, que falleció en 1998 y desde allí contempló José María con la perspectiva del tiempo y la experiencia acumulada por el paso de los años, el devenir de una Caravaca en continua transformación.

Su fina ironía, su natural simpatía ya mencionada, su ejemplar dedicación al trabajo y a los amigos; su intuición comercial y empresarial, y sus inmejorables formas para el trato con el público, hicieron de él otro de los referentes de nuestra sociedad contemporánea.