José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de la región de Murcia

En plenos días de Navidad, de forma inesperada, cuando su vida estaba llena de proyectos y con aparente salud que solo presagiaba vitalidad, se apagó su vida placidamente, truncándose así un futuro aún largo, según todas las previsiones..

En él concurrían dos numerosas sagas de caravaqueños: los Cantó y los Romera de toda la vida. Aquellos llegados por motivos laborales del abuelo José, vinculado al mundo de la RENFE, y éstos enraizados en la vida local desde época desconocida. Aquellos con casa familiar y actividad laboral en la antigua “Plazuela de la Encomienda”, y éstos desperdigados por la rosa de los vientos del pueblo, relacionados algunos de ellos con el mundo de la restauración.

Conocí a José Manuel Cantó Romera durante nuestra primera adolescencia, en las aulas del viejo Colegio Cervantes de la carretera de Moratalla, donde cursamos nuestro bachiller durante los años sesenta, al cuidado de sabios profesores y entre muchachos de nuestra edad, hoy venerables abuelos, la mayoría ya jubilados por mor de los tiempos.

No pasaba José Manuel desapercibido entre el resto de los compañeros. Junto a su primo, del mismo nombre José Manuel Cantó Férez, formaban una pareja brillante en los estudios (para el resto eran “los Cantó”, cariñosamente). Eran buenos compañeros y siempre estuvieron integrados en la actividad juvenil de los mencionados años sesenta del pasado siglo, en que nuestras vidas transcurrían en las aulas y patios del Colegio, el cortejo a las lindas muchachas de nuestros sueños, en los “guateques” dominicales y en la programación de excursiones al perímetro montuoso de la localidad, que tan bien conocíamos y donde Cantó Romera se inició en el mundo de la Geología y la Espeleología, encontrando en ellas su vocación y su dedicación posterior como profesional de indiscutible reconocimiento.

Tras concluir el bachiller y el entonces curso “preuniversitario” (el “preu”) volvimos a coincidir en la Universidad, aunque siguiendo caminos diferentes, en aquella “Residencia Aguirre” de la C. Martínez Anido (junto al Rollo) en Murcia coincidiendo en la misma habitación de aquella, cuyas dos literas poblábamos Esteban Egea (Quien tiempo después fuera consejero en el gobierno autonómico de Carlos Collado Mena), el luego profesor y farmacéutico Juan Serna, otro muchacho a quien llamábamos “Ricotí” por su procedencia, y quien esto escribe. De aquella recoleta habitación recuerdo la afición de José Manuel Cantó a la leche condensada y la original forma de consumirla colocando un bote en el somier de la cama superior y colocándose en la inferior a la espera del dulce chorro alimenticio. La broma era fácil. Si alguien soplaba, aquel débil hilo blanco lácteo, éste desviaba su recorrido inundando la cara del receptor.

José Manuel marchó a Granada a hacer Geología y fue entonces cuando comenzó nuestra separación física. Habíamos coincidido, también en los habituales paseos “a los sitios de costumbre” con nuestras chicas, amigas entre ellas. Él, muy fiel, acabó casándose con Loli, la mujer de sus sueños, con quien tuvo dos hijas. Su vida profesional le llevó hasta Huelva, al servicio laboral de la Junta de Andalucía; pero su natural honrado, poco dado a las corruptelas políticas y componendas administrativas, le hizo seguir otros caminos profesionales en los que siempre fue requerido por diversas empresas por su brillantez, preparación y profesionalidad.

Amante de los deportes de riesgo, gustaba especialmente del parapente entre ellos, de cuya práctica tenía curiosas y abundantes anécdotas que contaba orgulloso.

Fue decisiva su ayuda cuando elaboraba mi tesis de licenciatura “Carta Arqueológica del término municipal de Caravaca”, al llevar a cabo un exhaustivo estudio sobre el tipo de piedra utilizada en tiempos argáricos, para fabricar los molinos de mano, procedente aquella de zonas, de origen volcánico, lejanas al lugar donde se encontraban, de lo que dedujimos un trasiego industrial entre tierras de Almería y Caravaca en el siglo III a. de C.

También destacó su presencia, como fundador del grupo festero de “Caballeros de Navarra”, siendo estudiantes de sexto del entonces bachillerato, ocupando el aula situada sobre el “Hogar del Estudiante”, donde estaba instalado el laboratorio de Ciencias Naturales. Aquel grupo, célula inicial del excelente grupo de “Navarra” de nuestras Fiestas de la Cruz, comenzó comandándolo Pedro Díaz Martínez (entonces “Perico, el de las gaseosas”), y tuvo su representación femenina en la persona de Manola Romero (nuestra musa y madrina), cuyos padres nos cedieron gentilmente el patio de su casa, en la C. del Rector Rodríguez, para nuestros guateques nocturnos durante los días de las Fiestas.

Los recuerdos se amontonan en la mente del cronista al tratar del amigo que se fue sin poder despedirse físicamente de él, cuando trato de reaccionar al chok que me causó la noticia de su muerte, sabida a través de una de aquellas amigas “de entonces”, quienes nunca dejaron de tener sitio de honor entre nuestros sentimientos.

Ciudadano del mundo, viajero impenitente, enamorado y hasta esclavo de su profesión y de su trabajo al servicio del Planeta. Amigo fiel de sus amigos desde que su bicicleta era intocable a la puerta de su casa, custodiada casi con “profesionalidad” por el perro familiar, hasta el mismo día de su muerte.

De sonrisa franca y abrazo sentido. De conversación fluida, ilustrada con innumerables anécdotas de los mundos por donde pasó, y disposición a ayudar a quien lo requería. Los dos viejos camiones de la empresa “Cantó”, aquellos que recordamos los mayores se arrancaban con manivela y fueron objeto de referencia en la ciudad durante muchos años, siguen instalados en su casa de Huelva, como un monumento al recuerdo de los suyos y de la actividad ferroviaria a la que ésta fundamentalmente se dedicó.

Descanse en paz el amigo, el compañero, el profesional y el cuidador de la Tierra. Descanse en paz Cantó Romera.