Ya en la calle el nº 1047

Días sin “El Correo”

Facebook
Twitter
LinkedIn
Pinterest
Pocket
WhatsApp

Añade aquí tu texto de cabecera

Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Días sin "El Correo"
Días sin "El Correo"

Sobre El Correo de Nerpio escribió el caravaqueño José Antonio Melgares1, describiendo su transcurrir y peripecias. Y, de punta a punta, también ha escrito sobre el mismo en múltiples ocasiones el nerpiano Pedro Serrano, refiriéndose especialmente a la algarabía que formaban los muchachos cuando El Correo llegaba a Nerpio. Desde “las flechas”, al inicio del coqueto puente sobre el río Acedas, cuando los chavales lo veían asomar por la cuesta abajo, salían corriendo delante de él y gritando, ¡El Correo!

Y es que El Correo de Nerpio, como otros similares, en especial los que se adentraban en terrenos montaraces, como es el caso, trascendían al acto material de trasladar viajeros, cosa que cumplía sobradamente este, que iba siempre atestado de un gentío variopinto.

El Correo, “los correos”, estaban en las fibras de pueblos, aldeas y cortijos, en las interioridades de jóvenes y mayores. El Correo daba esperanza a los tristes, entusiasmo a los alegres, ilusión a los más jóvenes, anhelo a las madres que tenían hijos lejos, a las novias, a los novios. Y es que en él se movían yentes y vinientes, con sus variados equipajes y enseres, pero también en él venía la valija del correo con cartas, con giros postales, con algún modesto paquete… en fin… con un enorme depósito de ilusiones que se concentraba en esa valija de cuero, que ponía “correos”.

Días sin "El Correo"
Teófilo y José en El Correo Foto: SÁNCHEZ – Calle Verónicas, 3 (ARCHIVO PEPE BLASI)

Una de las postas de El Correo de Nerpio estaba en la casa de mis tíos, Pepa y Antonio, en la casilla de Antón Elena, en el campo de San Juan. Todas las tardes paraba allí, entre las cinco y las seis de la tarde, más o menos, y dejaba la valija, y allí venían de todos los rincones del ancho campo, de Ribera, de las Casas de Aledo, de San Juan, del lejano Zaén, de Gibarroya, de La Risca. La valija era el nudo del que partía el tejido de emociones de esa comunidad campesina. A la casilla de Antón Elena venían, en caballerías o andando, gentes de todos los rincones y se convertían en emisarios de las familias de cada cortijada, en depositarios de la esperanza de quienes tenían seres queridos fuera, en el servicio militar, en la vendimia, donde fuera… y de todo el transcurrir de la vida, más allá de las faenas diarias de los poblados y sus labrantíos dispersos en esas anchuras rodeadas de montañas, tan antiguos como antigua es la recristianización de este rincón de España.

Sin embargo, como en la vida misma, también El Correo ponía a prueba los nervios, la paciencia. A veces traía desazón. ¿Hay carta de mi hijo? Un día y otro. Y la carta, en ocasiones, nunca llegaba, o se hacía eterna su llegada.

Eso sin contar las veces que El Correo no pudo salir, por una avería o por la lluvia, o la nieve, cosa frecuente en estas tierras. O, como aquel año de la década de los cincuenta del pasado siglo, que se despeñó entrando en Turrilla. Afortunadamente sin víctimas, pero con un susto inusual en aquellos tiempos de carreteras solitarias.

Días sin "El Correo"
El Correo descarrilado Foto: FCO L-CH N (ARCHIVO PEPE BLASI)

A propósito de esos días “sin correo”, una tarde, hace unos meses, me senté en el bar “El Nevazo”, en El Sabinar y entablé una pequeña, pero sustanciosa charla con Pedro, de Sorbas, referida a sus tiempos jóvenes, en aquellos oscuros años cincuenta.

Pedro vino con permiso del servicio militar, que lo cumplía en una ciudad costera, a su casa familiar de El Sabinar, en donde entonces vivía. Uno de esos días otoñales, neblinoso y gris. Cuando llegó a Caravaca, a la parada de El Correo de Nerpio, le dijeron: .

– Hoy no sale el coche de Nerpio.

Contrariado, se fue a la carretera con el petate a las costillas a probar suerte, por si pasaba algún automóvil.

En esos años apenas pasaban coches por la carretera. Bueno, no pasaban porque no había. Pero atinó a pillar uno. Le echó el alto y el coche, un Citroën Pato del año 48, se detuvo. Iba a Hoya Lóbrega, no sé cómo, porque hasta allí no podían entrar coches en esos tiempos, pero esa dirección llevaba.

Cielo plomizo y gotas finas. Por la carretera blanca y pedregosa, entre ruidos y brincos, en ese coche negro y pesado, llegaron a la Fuente Mellina, antes de encarar la sierra.

Pedro se bajó del coche con la lluvia arreciando y le dio las gracias a su dueño y conductor. Cielo gris, cerrado. El Picacho Trenzas tapado, igual que la Sierra de Carreño. Cortinas de agua por Los Zacatinejos, que dicen los de Letur.

Días sin "El Correo"
Campo de San Juan | Foto: Pepe Blasi

Pero un joven puede con todo. Paso a paso, calándose hasta los huesos, Pedro hizo los cuatro kilómetros hasta la Venta Nueva. Allí lo atendió aquella gente tan buena. Se secó lo que pudo, le dieron comida y una manta de cujón de esas de Santiago de la Espada o, a lo mejor, de las que tejían las mujeres en aquel tiempo. Esas mantas se aprietan y apenas dejan pasar el agua, pero aun así le temblaban todos los huesos.

Penando, llegó a El Sabinar. Noche cerrada.

Llamó a la puerta. ¿Quién será con este temporal? Le abrieron.

-¡Madre!

-Hijo, ¿eres tú?

Así me lo contaba Pedro, de Sorbas, con la voz quebrada, a sus noventa años.

1 J.A. MELGARES: El correo de Nerpio. El Noroeste, 19/07/2013

¡Suscríbete!

Recibe cada viernes las noticias más destacadas de la semana

  • Sonrisa Saharaui
  • JUNIO MULA 24
  • Bobicar
  • Ortodent
  • ROALF
  • lymaco
  • Talleres santa cruz
  • aureum
  • automoción caravaca
  • Heroes en librerias
  • TEOFILO A LA VENTA
Facebook
Twitter
LinkedIn
Pinterest
Pocket
WhatsApp
Suscripción ELNOROESTE

2 comentarios

  1. Amigo Jesús, buenos relatos del famoso correo.
    Yo lo usé por primera vez a finales de los 70, ya no era el de las fotografías que públicas, pero también era viejo, las puertas no ajustaban y de calecfacion andaba muy mal.
    Tardaba casi 2 horas en subir a Nerpio.. En esos años aún subían personas con sus cestas de mimbre o esparto, cuando no con grandes maletas.
    Cuando por nieve y frío no salía de la cochera, nos venía muy bien el justificante que nos hacía el Sargento Rafael para demostrar que Nerpio permanecua incomunicado.
    De aquellos tiempos guardamos buenos recuerdos, también ejemplos de buenas enseñanzas, por desgracia en estos días poco practicadas.
    Felicidades
    Saludos

  2. Hay que felicitar al autor por su relatos.
    Un buen Cicerone donde los haya, pero si los cincuenta eran años oscuros en esta parte de España, pérdida y abandonada para muchos de nosotros, más oscuros serían los años diez o veinte o más aún en siglos anteriores cuando todo se hacía a pie o con caballerías.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Suscripción ELNOROESTE