Pedro Antonio Martínez Robles

Cuando yo tenía 7 años sufrí una enfermedad que me tuvo postrado en cama tres meses, recluido en mi casa, en mi dormitorio, en el que podía ver cómo se colaba la generosa luz del sol a través de los visillos que cubrían los vidrios de los balcones. También a veces, sólo a veces, podía abrir los postigos del balcón que había junto a mi cama y, como mucho, otear el trozo de calle por el que la vida seguía su curso: algún viandante sobre la acera, alguien que cruzaba la carretera, o algún vehículo de los pocos que entonces había, atravesando aquel trozo de carretera casi recién asfaltada que yo alcanzaba a ver desde mi habitación.

Recuerdo perfectamente la tarde en que sentí por primera vez el peso volcánico de aquella enfermedad, su herida de plomo en el pecho, un peso que casi me impedía respirar. Estaba en Madrid, en casa de mi tía Dolores, sentado ante una pequeña mesa en la cocina y me sentí mal, muy mal. Tal vez, si en vez de enfermar en Madrid hubiera enfermado en Calasparra, hoy no estaría escribiendo estas líneas. Estaba allí pasando unos días y mis tíos, advirtiendo mi estado, enseguida me pusieron en manos de médicos, con la suerte añadida de que mi tío Antonio trabajaba entonces en la dirección administrativa de un sanatorio. Después de las analíticas y el reconocimiento de un tal doctor Sanchiz o Sanchís, que me puso una pantalla, como un pequeño monitor de televisión, sobre el pecho para ver mis pulmones por dentro, determinaron que mi estado era delicado. Cuando regresé a Calasparra venía con tratamiento plegado en el bolsillo, y así fue como empezó mi confinamiento de tres meses en mi casa, en mi cuarto y en mi cama. De aquella etapa recuerdo con toda nitidez, después de más de cincuenta años, las pesadillas más terribles de mi vida. Y las recuerdo todas, con todos sus detalles. En aquellos tres meses de cautiverio febril, las mañanas luminosas eran llevaderas, pero al atardecer, en la soledad de mi cuarto, crecía la angustia como una espuma negra, y sentía miedo. Mi padre y mi madre y el resto de la familia andaban en sus cosas, en la parte de abajo de la casa, una casa grande, y entonces nada había para entretener mis horas de tedio: solo algún tebeo, algún soldado de plástico (paracaidistas, creo recordar, que venían entre los polvos de los botes de ColaCao que mi madre hacía el esfuerzo ocasional de comprar para tratar de mitigar la preocupación de mi enfermedad, y calcomanías, un montón de calcomanías que no sé de dónde procedían y que me permitían ir adhiriendo cada día al panel del cabecero de mi cama hasta que casi lo llené por completo. Allí, en la cama de mi cuarto, recibía mi dosis diaria de penicilina inyectada por José María el Practicante, aquel hombre menudo, nervioso y afable, dotado de una humanidad indescriptible y del que guardo entrañables recuerdos. Pero también recuerdo, de una manera imborrable, de aquel tiempo difícil, cómo en mi convalecencia, cuando ya podía salir de mi casa, acudía al pequeño consultorio de José María el Practicante, apenas a un centenar de metros de distancia de mi casa, para que continuara inyectándome aquellas ampollas de penicilina que me salvaron la vida. Era allí donde mis ojos se quedaban clavados en las jeringas de cristal que José María extraía del recipiente donde las hervía y en aquellas pequeñas cajas de latón, oblongas, donde las agujas hipodérmicas, envueltas en la llama azul del alcohol, quemaban los restos nocivos de sus aplicaciones anteriores para evitar contagios. Esa imagen también me ha acompañado y me acompañará siempre, como algo más añadido al espejo del mundo en el que tenemos la ventaja de mirarnos a través del paso del tiempo.

Hoy, que sufrimos un confinamiento cuya duración ignoramos, hablamos de la heroicidad de los niños; unos niños que tienen televisión, películas para ver, play, multitud de libros, juegos de mesa, teléfono móvil, video-llamadas… Y yo me acuerdo de mi cuarto solitario de 1966, del haz de sol entre los visillos del balcón, de la espuma negra de los anocheceres, de las calcomanías en el cabecero de mi cama, y de los gatos siniestros que no maullaban, sino que mantenían conversaciones humanas bajo mi cama, y de los paracaidistas de plástico que se hacían reales y asaltaban mi lecho y con la punta de un estilete me dibujaban cuadros en el pecho desnudo.

Esa era mi soledad y mi confinamiento en aquellos meses de mi infancia, y ni entonces, ni después, ni nunca, me he sentido un héroe por ello.

 

 

 

4 de abril de 2020