GLORIA LÓPEZ

Dicen que las cosas pasan siempre por una razón, por gilipollas, por ejemplo. Eso debió pensar L.A. (nunca quiso revelar su identidad) una estudiante malagueña cuando se vió enterrando lo que quedaba de una escritora americana muerta hacía 16 años en un cementerio de Málaga. Nunca supo que la llevó aquella tarde a hacerle coger una biografía de Jane Bowles escrita por Millicent Dillon que la dejó atrapada y tanto le gustó que cuando se enteró que estaba enterrada allí mismo ( en el viejo Cementerio de San Miguel de Málaga) decidió ir a ver su tumba.
Lo que sí sé es porque le gustó Jane. Fue una escritora con una gran sensibilidad, bisexual, extravagante, inquieta, heterodoxa y diferente, con una vida oscura y conmovedora.
Jane Auer nació el 22 de febrero de 1917 en Nueva York. Tuvo una infancia feliz, sin mayores problemas que los que se les venía encima a esta familia tradicional judía cuando a la niña le dió por juntarse con los más modernos de Nueva York, el círculo de Greenwich Village. Pero no solo les salío moderna, sino también lesbiana. Algo que marcó mucho una personalidad de por sí insegura. Por compasión, afinidad o por gilipollas, por ejemplo, se casó con el también homosexual Paul Bowles, que le dio plena libertad para hacer su vida pero no su obra. Le atacaba a todas horas su baja autoestima y le negaba su talento como escritora. Junto a Paul aumentaron sus complejos por ser mujer, así como su tendencia a anularse. A pesar de él, de su familia y hasta de su amante, en 1943 publicó Dos damas muy serias, que trataba sobre la sexualidad femenina y sobre la búsqueda de independencia e individualidad de dos mujeres pertenecientes a mundos muy distintos. También a pesar de todos, el libro fue un éxito.
En 1947, Paul y Jane viajan a Marruecos, inmersos en un viaje de alcohol y drogas y sin buscarla se encontró con Cherifa, musulmana y lesbiana, que no la abandonaría nunca. En Tánger dejó a Paul y se fue a vivir con Cherifa a Málaga.
Frente a esas playas malagueñas en 1957 a Jane le faltó el aire tanto tanto que no volvió en sí. Tuvo tantas embolias como su pequeño cuerpo pudo resistir, hasta que en 1970, harta de tanto trasiego y tan poca vida, su corazón se paró. Tenía 56 años y a su lado solo esta Cherifa.
El marido, que nunca aceptó que fuese mejor que él, decide que la entierren allí mismo y en una tumba sin nombre, para que si algún seguidor tiene, jamás la encuentre.
Pero como el agua, que cuando dice de pasar, pasa hasta por encima de los rencores, los años y los amores, el talento de Jane pasó también por encima de él. Porque aquella tarde no cogió L:A. un libro de Paul, sino de Jane. Y allí fue a buscarla, donde nadie la encontraría, y tras ir tres veces y buscarla entre los muertos, la encontró, sin más señal que una triste cruz de madera. También se topó con un problema, el cementerio iba a pasar una autovía y con el enterrador: «Si pagas los gastos, puedes llevarte sus restos. Si no, irán a la fosa común».
A. L. intentó buscar a algunos de los personajes citados en la biografía de Millicent Dillon y solo encontró a uno: el marido.
«Un día de septiembre cogí el ferry hasta Tánger y fui a verle. Me dijo que él no pensaba que su ex mujer estuviera enterrada allí y que cree que todo acaba con la muerte, pero le parecía bien si yo decidía trasladar los restos».
Hasta después de muerta, la odiaba.
Hoy día, y por esas cosas que pasan, Jane Bowles se encuentra enterrada en una tumba frente al mar en el cementerio antiguo de Málaga, con su nombre bien visible y el epitafio, «Cabeza de gardenia», como la llamaba su fiel amigo Truman.