Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Atravesamos tiempos de un conservadurismo atroz, propio de una época de crisis, una especie de contrarreforma en los valores y en las costumbres que me recuerda a aquel lejano siglo XVII. Y ahora les ha tocado a las putas, perdón, a las cortesanas, meretrices, lumias, profesionales del sexo o señoritas de compañía, como ustedes quieran.

Lo que resulta intolerable es que una costumbre tan antigua, una tradición tan arraigada en este país como la de ir de putas empiece a cuestionarse  hasta el punto de que un hombre y una mujer, de común acuerdo, y previo estipendio convenido, no puedan yacer a sus anchas sin hacer daño a nadie en lugares adecuados para el placer de la carne y sin que nadie los moleste. Y todo porque un puñado, esos sí, de hijos de puta andan aprovechándose del trabajo honrado de estas mujeres o las obligan con violencia y malos modos a realizar una labor que ellas no desean en condiciones de esclavitud inadmisibles.

Con el tiempo y con esta terrible manía de prohibir todo lo que da gusto y es placentero a los sentidos, acabaremos por prohibir también la lectura de los Cuentos de las Mil y una Noches, el Libro de Buen Amor de Juan Ruiz, Madame Bovary, las extraordinarias novelas de Pérez Galdós o de Pío Baroja que, por cierto, ambos eran asiduos consumidores en las casas de lenocinio, o las obras de nuestro Premio Nobel, Camilo José Cela, que escribió algunas páginas memorables y salaces acerca del asunto que nos ocupa. Y a toda esta hecatombre habría que añadir una extensa iconografía erótica que la pintura y la escultura nos han trasmitido y que el cine ha  ampliado y ha divulgado para solaz de todos.

Un ventarrón de hipocresía y mala leche está arrasando los viejos logros sociales y  éticos del siglo pasado. Bajo el pretexto de velar por la dignidad de las mujeres, un nuevo ejército de salvación al estilo americano va a dedicarse, quizás, a recorrer los entrañables prostíbulos de siempre para impedir el libérrimo ejercicio del pecado, y éste es el único y verdadero pecado, no nos engañemos, el que heredamos de nuestros primeros padres y del que todavía no hemos podido desprendernos, porque le hemos tenido miedo desde siempre, miedo a aceptar que todos nosotros venimos al mundo con el mismo procedimiento y que los hombres han ido de putas siempre, porque buscaban lo que no habían encontrado en su casa. Lástima que ellas no hubiesen adoptado un hábito semejante para terminar de liberarse de una forma definitiva, pues su consumo al respecto es minoritario y privativo económicamente.

La dignidad de las mujeres debería ser una opción de ellas y nosotros deberíamos ayudarlas a vivir en libertad, a que pudieran recorrer los caminos de la vida sin que ningún infame, en México, en Afganistán o en nuestro solar patrio abusara de su aparente debilidad física y comerciara con su entrepierna o con su extremada sensibilidad a cambio de una cantidad indecente (nunca mejor dicho) de dinero. La primera misión de un estado democrático es proteger a sus ciudadanos y mejorar sus servicios y sus infraestructuras con los impuestos de todos, incluidos aquellos que se dedican al oficio más viejo del mundo.

Y yo defenderé a las mujeres y su voluntad de usar su cuerpo de la manera que les plazca, porque el cuerpo es suyo, a cambio, eso sí, de que la seguridad del estado las proteja de tanto chulo inútil, cafisho malevo o rufián desgraciado y les asegure, les aseguremos todos la parte más generosa del negocio, que se ganan cada jornada con el fascinante sudor de su piel seductora.