Pedro Antonio Martínez Robles

Tal vez alguien –quizá muy pocos ya– que tenga la curiosidad de acercarse a estas líneas recordará un tiempo muy remoto en que la Plaza del Hospicio se llenaba de olor a muladar, cerdo y aprisco, con su aire de tratos vocingleros y sus regueros de boñigas y purines (a mí no me alcanzan, para el caso, ni la memoria ni la edad): es la imagen de las ferias de ganado de las que yo oía hablar a mi padre. Alrededor de esta actividad ganadera, crecieron también otras operaciones comerciales y lúdicas: vendedores ambulantes de baratijas, puestos de turrón y golosinas, casetas de copa rápida y sin asiento, la magia circular del tiovivo… Hasta llegar a nuestros días, con las etapas que a cada uno nos ha tocado vivir. Aquellas ferias de las que hablaba mi padre languidecen ya entre el polvo de los recuerdos de unos pocos, como va desvaneciéndose también aquella imagen de mis ferias infantiles en cuya inauguración –que los críos aguardábamos siempre expectantes– cortaban la cinta que unía las pequeñas torres de cartón piedra que levantaban al principio de lo que hoy es la Avenida Primero de Mayo, para permitirnos adentrarnos en ese mundo de fantasía y ensoñación que esperábamos con impaciencia de año en año. Una suerte de atracciones feriales poblaba la larga calle: casetas de tiro o de venta de pequeños artículos de broma; laberinto de espejos mágicos que nos devolvían nuestra imagen deformada y grotesca; espectáculos de polichinelas o cristobitas; el sempiterno carrusel del tiovivo; la noria; el inocente tren de la bruja o los siempre tentadores y disputados coches de choque… Y entre ese abigarrado despliegue de aparatos y multitudes, aquellos críos que recorrían el recinto de la feria ofreciendo un puñado de alatones y un trozo de carrizo para disparar sus huesos por una peseta: <<¡Alatones! ¡Alatones!>>, gritaban sin pudor, para poder sacarse lo que costaba un viaje en la noria o una galopada en un caballo de cartón. Pero había en aquellas ferias otras actividades que el tiempo ha ido dejando morir, no sé si porque ya nadie las considera atractivas, o porque la necesaria innovación que nos vamos imponiendo con los años han acabado por desplazarlas: hablo del complicado reto de la cucaña, de las carreras de sacos, o las de cintas sobre la bicicleta.

Durante muchos años fue el Cine Rosales escenario de conciertos, y yo recuerdo con cierta nostalgia aquellas noches en que mi inquietud adolescente me llevaba hasta aquel recinto y su abrazo fresco de hiedra, palmeras, casuarinas y altos eucaliptos. Era, quizá, la primera noche, la de la apertura de la feria y sus conciertos, la del baile del Danubio Azul por las damas y sus acompañantes, la que mayores sensaciones me producía. Pero de todo eso poco queda, salvo un reducto de casetas de tiro, la aventura seductora de la tómbola o los viejos aparatos de atracciones que se resisten a morir y en los que los críos de hoy fabrican sus sueños infantiles mientras giran subidos en un caballo de cartón; esos sueños que, en esencia, siguen siendo los mismos de toda la vida.

Hace ya más de 20 años que el ganado ha vuelto a nuestras calles por feria. De una manera bien diferente a como puedan recordarlo los más ancianos, pero ganado, al fin y al cabo. De las dóciles ovejas, los mansos bueyes, las piaras o las recuas de mulos de aquellos remotos tiempos, hemos pasado hoy a las desenfrenadas carreras de novillos en las que los más atrevidos sueltan el lastre de su adrenalina, como hace 50 años otros lo hicieran ante la cucaña, las carreras de sacos, o sobre la bicicleta, bajo el alambre en el que debían ensartar en una anilla su palillo para desplegar la cinta que encerraba el misterio de un premio.

Sé que son muchos los recuerdos y las actividades que me dejo en este breve inventario de feria con el que sólo aspiro a que el lector que tenga la paciencia de finalizarlo, añada a él sus sueños y su memoria y que piense que en este acontecer de la vida y sus costumbres que es, necesariamente, mucho más largo que nuestras propias vidas, quizá vuelva el reto de la cucaña, o el olor a muladar, cerdo y aprisco en un recinto que pueda parecerse al de la Plaza del Hospicio, y los futuros feriantes que lo vivan no lleguen a saber nunca que esos actos formaron también parte de nuestras vidas, aunque ellos no tengan ninguna posibilidad de saber quiénes fuimos nosotros.

 

23 de agosto de 2021