GLORIA LÓPEZ

La vida nos juntó un tiempo a esas horas que aún no han puesto las calles pero en las que siempre estaba abierta la cafetería del Gamba. Ese momento entre la noche y el día en el que poníamos remedio a los males del mundo y soluciones a los problemas de la vida antes de irnos a trabajar. Los míos ya no tenían remedio y los suyos llegaron después de un lugar tan remoto llamado Wuhan, pero tan cercano como para hacerle cerrar temporalmente una pastelería que el año pasado cumplía cuarenta años desde su apertura.

Un negocio que abriría su tío y al que él entraría como aprendiz mientras estudiaba automoción en la Escuela Maestría, que se le decía entonces. Supongo que los estudios le valdría años más tarde para cambiarle la rueda a la bici cuando sale con los amigos, porque para otra cosa no se me ocurre que le valiese en una pastelería.

Allí estuvo tres años de aprendiz, hasta que decidió cambiar los coches por las yemas, la gasolina por la azúcar y dedicarse a tiempo completo en la pastelería. El tiempo libre de por aquel entonces lo dedicó a conquistar a una enfermera tan guapa como generosa, tan opuesta a él como la automoción a la pastelería, y que debe de pensar que sus horas en el frente de batalla contra el virus en el Hospital de Caravaca seguro son menos duras que la cuarentena con una hija adolescente y un pequeño tan inventor como su padre.

De su tío aprendió el oficio de pastelero, de los madrugones la templanza de su espíritu luchador, de las horas al público el sentido del humor guasón y a no perder nunca la sonrisa. Lo que perdería después sería el pelo, pero ganó en años y sabiduría. También ganó por el camino a fuerza de yemas y horas, merengues y días de fiesta, pasteles y picardías un negocio que desde 2005 es suyo, tras jubilarse su tío.

Hoy Ramón ve pasar la cuarentena entre el rodillo de la bici, la pasión olvidada de aprender guitarra y los puzzles, pero me cuenta que hay días de todos. También hay días que no tiene ganas de hacer nada y solo piensa en volver a recuperar aquellos que empezaban de noche.

¿Cuándo tuviste que cerrar?

La pastelería cerró el día 24 de marzo. La semana después de la declaración del Estado de Alarma ya era tener abierto por tener abierto, no iba nadie, ni había movimiento ni nada.

¿No iba la gente a comprar?
No, la gente ha sido bastante responsable y no ha salido a la calle. Es cierto que dejaba de dar un servicio, pero es que la demanda era mínima. Esa semana de después de la alerta no fue prácticamente nadie, mientras que los gastos eran los mismos. Así que decidí que mejor cerrados y que esto se pasara lo antes posible.

¿Al cerrar has podido acogerte a alguna medida del gobierno?

Sí. Cuando vi que no había ventas de ningún tipo, más el riesgo que había de tener abierto para la salud, pues llamé al asesor y decidí acogerme a las medidas que pudiese como autónomo y con tres empleados a mi cargo. Entre todos sopesamos la situación. Los trabajadores desde el minuto cero entendieron cómo estaba el asunto y me apoyaron en las decisiones. Hemos presentado un ERTE, pero estoy deseando que todo pase para poder volver abrir

¿Has tenido que tirar género de la pastelería?
No. Yo ya vi venir la cosa las semanas anteriores, vi lo que estaba pasando en Italia y decidí no sacar lo que normalmente se saca en campañas anteriores para un día de San José. Fuimos sacando los pedidos del día y poco más. Pensé que siempre estaba a tiempo de hacer tartas, si me tenía que estar 4 días sin dormir me estaba… pero si las hacía y luego tenía que tirarlas…eso si que no tenía solución.

 Después de tantos años trabajando en días festivos… ¿Como se lleva este parón forzoso?

Pues mal. Al principio intentas llenar las horas y  haces todo lo que tenías atrancado. Pero como también hay más horas para pensar, te da por darle vueltas a la cabeza, en lo económico, en lo personal… y se te quitan las ganas de todo. Pero bueno… esto tiene que pasar y volveremos a abrir y  ya está.

 

Volveremos a resolver los problemas del mundo en cafés acompañados de espejitos, cumpleaños con milhojas, bodas con tartas de merengue, navidades con alfajor y semanas santas con yemas y huesos de santo. Que los meses que el virus nos ha robado, nos lo multiplique la vida por lo menos otros cuarenta años, más felices y, seguramente, más gordos.