BASILIO PUJANTE@elsursumcorda

Entronca Intemperie de Jesús Carrasco con una corriente literaria un tanto denostada por las nuevas generaciones de narradores: el tremendismo. El máximo representante de este tipo de novelas que se desarrolló en la España de la Posguerra fue Camilo José Cela, un autor despreciado y casi olvidado hoy en día. No se sabe si es 

Intemperieporque sus obras han envejecido mal o por la polémica personalidad del narrador gallego, pero sus libros son hoy poco leídos y, salvo en las clases de Literatura, menos comentados. Sin embargo, el pasado año 2013 apareció esta estupenda opera prima de Jesús Carrasco que recuerda en varios aspectos a la obra cumbre del tremendismo: La familia de Pascual Duarte.
La novela se desarrolla en un territorio sin nombre, pero cuyos paisajes y el origen del autor podrían llevarnos a situarla en una Extremadura asolada por la sequía. La violencia latente, la pobreza del protagonista y la desigualdad de clases también la acercarían a la novela de Cela y a otra obra posterior con la que también se la ha relacionado con acierto: Los santos inocentes de Miguel Delibes. En esta osada comparación con dos de los narradores más influyentes de la España del siglo XX, un escritor novel como Carrasco sale indemne gracias a la fuerza narrativa de Intemperie.
Se inicia la obra con la huida del niño protagonista del pueblo en el que vive con su familia en medio de una llanura asolada por la sequía. Pronto, y por sutiles referencias del narrador, descubrimos que el motivo de que el pequeño haya abandonado su hogar son los abusos que ha sufrido por parte del alguacil de la localidad. La figura de este despiadado y tiránico personaje se erige como el mal personificado del que el niño ha de huir durante toda la novela. En su escapada bajo el implacable sol de un llano de ecos rulfianos, el niño se topará con un solitario y taciturno pastor al que no sabrá si considerar un aliado o como uno más de los esbirros del alguacil.
Este sencillo y duro argumento se convierte en la las manos de Jesús Carrasco en una novela de altura, llamada a convertirse en un clásico contemporáneo. Lo consigue, en primer lugar, con una prosa precisa y a veces poética, cargada de símiles, metáforas y con un léxico repleto de palabras propias del campo que muchos lectores tendrán dificultades para entender. También es muy efectivo para que Intemperie se convierta en una gran novela, el hecho de que no haya ningún nombre propio en toda la novela. Ni los personajes, ni los espacios están definidos más que por sustantivos como «el pastor», «el llano», «el Norte», que contribuyen a configurar un territorio mítico y atemporal en el que la desolación campa a sus anchas.
Temas como las relaciones familiares, la pobreza, los abusos a menores, la soledad y, sobre todo, la violencia, recorren una novela dura en la que el lector apenas tiene respiro mientras se suceden los terribles contratiempos que sufre el protagonista. Su conciencia de niño se ha visto endurecida por los abusos del alguacil y la incomprensión de su propia familia, empujándolo a esa desesperada huida que lo hará, a lo largo de las páginas de esta gran novela, madurar de manera abrupta y traumática.