Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)/ Francisca Fe Montoya

Hace años que no comemos con gusto, que no nos entregamos del todo al placer del paladar y del resto de los sentidos cuando nos sentamos a la mesa; es posible que estemos perdiendo en casi todos los ámbitos esa dimensión epicúrea fundamental, como si las colaciones diarias constituyeran tan solo uno más de los hábitos cotidianos.

O lo que es peor, hace mucho que comemos con un libro de instrucciones en la mano, un manual que nos ilustra acerca de los diversos componentes de los alimentos y nos aconseja sobre su pertinencia, dependiendo de las grasas, los hidratos de carbono, las proteínas, la fibra, los minerales, el alfabeto de las vitaminas y otras tantas monsergas que nos conducen a aquellas viejas clases aburridísimas de Naturales.

Y comer empieza a ser un tostón, porque unos dicen que no puedes mezclar las sardinas con los huevos, y otros que resulta perjudicial la ingesta de fruta antes de la siesta, y los terceros que del cerdo no nos aprovecha nada, porque todo él es dañino y perjudicial. Y nos estamos haciendo la picha un lío, con perdón.

En la época de mi padre, los hombres comían mucho para trabajar y las mujeres comían lo que estaba a su mano, que era todo, porque ellas cocinaban, y los niños necesitaban alimento para crecer. Cuatro reglas y punto. Mi padre las resume en una sola: él sabe lo que le sienta bien y eso es lo que come. Yo seguiría su consejo a ultranza, pues el próximo noviembre cumple noventa y un años y nunca ha ingresado en un hospital.

Comió, bebió y fumó cuanto quiso y dejó que la vida lo empapara. Éste sería mi epitafio preferido, pero mi salud no parece llevar ese rumbo. De momento ya he dejado de fumar y de beber y todavía no he cumplido los sesenta. La vida es como un juego de cartas y tal vez no haya recibido los mejores naipes, pero aun así, jugaré con ellos hasta el final.

Lo que no deseo es atender en exceso a mi yantar diario, porque yo no disfruto así, ni yo ni nadie, y eso es lo que hacemos desde hace unos años con la vana esperanza de cuidarnos más y mejor, sobre todo las mujeres, si se me permite la cuña machista. Se multiplican las dietas y nos volvemos locos con las hipocalóricas, las cetogénicas, las disociadas o las equilibradas hasta el punto de que el gozo de la pitanza se torna más científico  que gastronómico, más técnico que culinario.

Va siendo hora de que nos relajemos y aceptemos, al punto, nuestro devenir físico y nuestro rostro. Somos bajos, altos, gordos, secos, paticortos, cuellilargos, culibajos, morenos o rubios y punto pelota. Al que no le guste el espectáculo de nuestro body que no mire. Faltaría más.

Mientras tanto concentrémonos en ese carpe diem que se acaba, porque esto se acaba, sin duda, y comamos y bebamos con mesura de todo un poco, sin avaricia, despacio, como se hacen las cosas que tanto nos gustan, ustedes me entienden, claro.

Espanten de su lado a los integristas de la dieta, a los sacerdotes de las grasas no saturadas o de las saturadas, que ya no me acuerdo bien cuál es la mala y cuál la buena, a los profetas del 0,0 y del light, y tómense, como he hecho yo este verano, algunos margaritas y daiquiris al anochecer y una buena pinta de cerveza negra antes de las comidas, porque levanta el ánimo y otras cosas y te ayuda a olvidarte de tantos sinsabores y de tanto pánico que nos rodea cada día y nos ahoga.

Desterremos la ortodoxia del pan y de la carne y pasémoslo bien con todos y cada uno de los sentidos. Y hagamos el amor, no se olviden nunca, que se nos está olvidando a lo que hemos venido a este mundo: Creced y multiplicaos, leemos en el Génesis los que todavía no hemos perdido la buena costumbre de leer.

Pues eso.