Juan Antonio Sánchez Giménez
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@juanandeniro

FOTOGRAFÍA: SAÚL

Hace unos cuantos días, navegando por la red y pensando la manera de enfocar el artículo que todos los años me da la oportunidad de publicar El Noroeste por estas fechas, visualicé en la Red el documental La Cruz de Mayo(1924), en el que se podían visualizar unas bonitas instantáneas de la misa aparición de la Cruz en la mañana del dos de mayo . En dichas escenas se puede apreciar que, al margen de la sociedad de la época, y en lo esencial, el ritual sigue siendo el mismo en la actualidad, así como la importancia que el mismo tenía como punto de partida de las celebraciones de dicha mañana.

Dichas secuencias me dieron la idea para escribir humildemente estas líneas sobre el significado de la misma y como se viven esos instantes que rememoran el milagro de 1231 en la víspera del día de la Santísima Cruz, suponiendo unos momentos de calma antes de la explosión de alegría de la mañana del 2 de mayo en la plaza del Templete y sus aledaños. Poco se puede decir del cúmulo se sensaciones y la peculiaridad de las expresiones en los rostros en los momentos previos. Caballos ataviados con ropas brillantes como gemas engastadas en el cielo van llegando a la cita anual. Bajo los todavía suaves rayos de sol del mayo caravaqueño los mozos encargados de cada peña sujetan y apaciguan a su caballo, que parece consciente de la importancia del momento. Huele a flores y a licor café y anís. Una multitud en aparente espontaneidad se va acercando al Templete para vivir estos momentos. Se ven los mismos trajes de Abul-Kathar que en 1959 con su chaquetilla roja y sus bombachos a rayas cuando se acercan con su banda al bañadero. Chaqués de Ayuntamiento y Cofradía se acercan con cierto nerviosismo y prisa con la banda de Caravaca entonando un pasodoble por la Corredera con los maceros como nota de color. Brilla el metal de las espadas de los cristianos mientras amazona, sultanes y reyes que ya van llegando son agasajados y admirados en su flamante esplendor. Cientos, miles de personas con pañuelos rojos y camisa blanca inmaculada se van acercando al punto de encuentro. La gente está contenta y nerviosa a la vez de la propia felicidad que se vive en esos momentos. Detalles y matices incontables imposibles de abarcar en estas líneas entre otras cosas porque cada uno de los asistentes aprecia los suyos propios y hacen de ese primer tramo de nuestro 2 de mayo algo mágico y especial. Todo arranca aquí y desde aquí todo tiene sentido esa mañana como si de una clave de bóveda se tratara. El caleidoscopio de colores está parado y en cuanto termine misa comenzará a girar comenzará el éxtasis y la pasión a desbordarse por toda la ciudad.
Pero recreémonos en la propia celebración de la Eucaristía y su, a la vez modesta y solemne grandiosidad que alcanza su máximo esplendor en el instante en el que los ángeles bajan a la Cruz del cielo; mientras el sacerdote lleva a cabo la misa y en medio de la calma con la se oyen unos cascabeles de un caballo. Hay un leve murmullo de la multitud que va llegando que se confunde con el rumor de las aguas en las que se bañará a la sagrada reliquia al día siguiente. Son momentos de misticismo que suponen para los presentes un momento de reflexión sobre el pasado, el presente y el futuro; la consciencia de que el momento presente es efímero y el recuerdo de aquellos que nos precedieron. Estos momentos, al igual que el resto de ritos de la fiesta caravaqueña nos enlazan directamente no solo a nuestro pasado como colectivo, sino a las vivencias personales de cada uno de nosotros a lo largo de todo el año. Conservemos este precioso legado de fe, fraternidad, historia e ilusión con la misma generosidad con la que nos lo han dejado a nosotros; estoy seguro de que nos lo agradecerán futuras generaciones. ¡Viva nuestro 2 de mayo!.