Pedro Antonio Muñoz Pérez

Acudo con cierta convicción militante al acto de presentación del libro “Caravaca inédita”, como participo en cuantos eventos de ese cariz puedo asistir. Hay en ellos un público adicto al elixir de la cultura, ávido de acceder a la puerta del conocimiento que se abre con cada publicación. En la época de la farfolla y el ruido mediático, de las posverdades y del regreso del oscurantismo y de las ideologías bárbaras, con Europa sacudida por los horrores y la brutalidad de otra guerra, acongojada por los efectos devastadores de la carestía y las consecuencias de la pandemia, se me antoja que el nacimiento de un libro es un acto de resistencia y de autoafirmación. Suben al estrado los protagonistas: el editor cuyo empeño y entusiasmo sostienen el mecenazgo de las obras, impulsadas por una editorial modesta pero extremadamente dinámica; el representante de la empresa que patrocina la edición; un cronista, un catedrático universitario y el coordinador de la obra, cuyas doctas palabras resuenan como lecciones magistrales en los muros de la iglesia-museo de la Soledad; subraya el alcalde su compromiso y el de la corporación municipal con este tipo de iniciativas. Hay en todo un aire de civilización y de ceremonia laica donde se exalta el valor de los productos de la investigación y de la creatividad, o sea, la constatación de que solo la ciencia y el arte son las mejores trincheras para enfrentar la amenaza de la barbarie.

Mientras esto ocurre, cuando las ferias del libro recuperan y exhiben una actividad frenética y millones de lectoras y lectores se pertrechan con la vitamina del alma, unos personajillos miserables se empeñan en restituir la “congregación del índice”, proponiendo un catálogo de obras que han de ser prohibidas en las escuelas, incluidos libros de texto, que habrán de ser expurgadas por el pecado de promover el “adoctrinamiento”. Como inquisidores de pacotilla, se disponen a realizar el escrutinio para condenar a la hoguera los volúmenes apóstatas. Con la misma furia irracional del ama y la sobrina de don Alonso Quijano, pero sin el criterio bibliófilo del cura y del barbero, quieren entrar en el aposento de don Quijote y liberarnos de tan nefasta influencia. La presidenta de la comunidad de Madrid y la consejera de educación de la comunidad de Murcia forman parte del tribunal que ejecuta semejante auto de fe. Son la avanzadilla de lo que habrá de venir cuando los torquemadas de Vox ocupen sus escaños y accedan democráticamente a los gobiernos.

Este tipo de iniciativas se sabe cómo empieza, pero nunca cómo acaba. ¿Qué será lo próximo? Releo a Irene Vallejo (“El infinito en un junco”), cuando se ocupa de los tiempos oscuros que sucedieron al esplendor cultural de la época clásica. Los códices, los libros, estuvieron a punto de desaparecer tras la crisis del imperio y las invasiones bárbaras. El emperador Justiniano (no sé si mentor de Díaz Ayuso y Campuzano) publicó un edicto en el que “prohibió a quienes “permanecían bajo la locura del paganismo” dedicarse a la enseñanza, “a fin de que no puedan corromper las almas de los discípulos” (…) “las almas descarriadas, sigue diciendo Vallejo, necesitaban la protección de las autoridades frente a los peligros de la literatura pagana”. Se quemaron y/o requisaron libros “heréticos y mágicos”. Así que, ya ven, todo está inventado.

Pero ni en esta época ni en ninguna, los enemigos de la luz de la sabiduría pudieron apagarla. Curiosamente (atentos los católicos ultraortodoxos), fueron los monasterios y las abadías los que, cada uno con su scriptorium, su biblioteca y su escuela, salvaron en aquella ocasión los códices y pergaminos (todos sin excepción) donde se conservaban el saber y las ideas que son el fundamento de nuestra civilización. Después vino el Renacimiento y, Gutenberg mediante, tiempo más tarde la Ilustración, y así sucesivamente hasta nuestros días, pese a los intentos de caudillos analfabetos y hordas de fanáticos inquisidores.

Termino, advirtiendo a estos ridículos inquisidores de la esterilidad de sus esfuerzos, con una cita esperanzada de Vallejo, tras referir la aparición de las primeras universidades, donde: “profesores y estudiantes, sedientos de alegría y de belleza, como si volvieran a casa, buscan otra vez la palabra de los viejos clásicos. Y nuevos libreros abren de par en par las puertas de sus talleres para suministrarles el alimento de las palabras”. Larga vida a los libros.