José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.

En el primer tramo de la calle Mayor, junto al establecimiento de Pepe el de las Confecciones y frente al Banco Central, hubo durante el ecuador del pasado S. XX y años posteriores al mismo, una pequeña tienda de joyería y relojería cuyo propietario, Inocencio López-Egea Artero, fue el tercero de una saga de relojeros joyeros, que se inició con su abuelo y llega a nuestros días con la generación de sus hijos.

Con el Terror de las Carreteras en 1964

Con el Terror de las Carreteras en 1964

Inocencio López-Egea tenía la exclusiva en Caravaca de la venta de relojes marca Longines,cuyo anuncio figuraba sobre al entrada al establecimiento, de ahí que popular y cariñosamente fuera conocido con el nombre de la marca, como apellido de su nombre de pila Longines abrió su tienda hacia 1938, tras alquilar a Las de Olmo uno de los bajos de su casa, por el que comenzó pagando 350 ptas. pero su actividad había comenzado años antes como feriante, con caseta propia que desplazaba por las ferias y fiestas de los pueblos, en ciclos feriales que comenzaban en julio y concluían en noviembre, desplazándose a Almoradí, Crevillente, Jumilla, Cieza, Cehegín, Mula, Bullas, Baza, La Puebla de D. Fadrique y Cuyar de Baza.

Inocencio López-Egea Artero era hijo de otro Inocencio López-Egea y de Carmen Artero, ambos de Mula, siendo el segundo vástago de los cuatro hijos del matrimonio (Santiago, Inocencio, Lola y Juan). Nació en Murcia por casualidad, en el transcurso de una feria en la que ejercían su actividad económica sus padres; y conoció a su mujer Rosenda Jiménez Martínez (La Chava), en el transcurso de otra feria, la de octubre de Caravaca, con quien contrajo matrimonio en los últimos años treinta.

La vida del feriante era tan amena por la variedad de ubicación del negocio ambulante, como difícil en unos años en que, durante el ciclo ferial se vivía en el interior de la caseta, lugar en que la familia lo hacía todo, desde dormir a cocinar, pasando por el aseo personal del matrimonio y de los hijos.

Longines aprendió el oficio de su padre y abuelo, pero se experimentó en Barcelona, en la sociedad del ramo Pons Vila,cuyos propietarios José y Ventura Pons apostaron por él, confiándole unos muestrarios con los que comenzó a abrirse paso en el oficio, inicialmente en una caseta desmontable, de madera y lonas, y luego en otra, adquirida de segunda mano, más cómoda y acorde con los nuevos tiempos.

Tras su establecimiento definitivo en Caravaca hacia 1938, como he dicho, no dejó la actividad ferial con la que anualmente cumplía durante el período estival y otoñal. En Caravaca puso de manifiesto su ingenio y facultades personales para la venta, inventando las famosas operaciones que luego utilizarían los grupos y cabilas festeras, las cofradías de Semana Santa y hasta alguna organización privada para recabar ingresos económicos. Las operacionesinventadas por Longines fueron rifas de relojes, en las que participaba un número determinado de personas que se obligaban a pagar una cuota mensual durante un período de tiempo determinado. Cada último viernes de mes, y coincidiendo con las 2 ó 3 últimas cifras del sorteo de la ONCE, la persona que poseía el número premiado dejaba de pagar la cuota, con lo que había adquirido un reloj por muy poco dinero. Quienes no eran favorecidos por la suerte pagaban íntegro el precio del reloj con un pequeño incremento que apenas se notaba puesto que la cantidad total había sido abonada a plazos durante muchos meses. Eso sí, los relojes se ponían a disposición de los participantes en la rifa en el momento de dar comienzo la operación. El invento de Longines, como digo, fue emulado por otros, prolongándose en el tiempo las operacionesdurante años, y rifándose de esta manera lavadoras, planchas eléctricas, colchones de muelles y hasta cortes de traje a lo largo del tiempo.

Longines integró muy pronto a los hijos en el negocio, sobre todo a la mayor de ellos: Mari Carmen, quien desde muy joven se encargó de suplir la ausencia del padre durante al campaña ferial, haciendo frente a aquél con dignidad y profesionalidad ejemplares, lo que le valió el que le llegaran sustanciosas ofertas como dependiente en negocios próximos de la C. Mayor, donde entonces transcurría, casi con exclusividad, la actividad económica local.

Inocencio Longines,con el tiempo amplió el negocio, abriendo sucursal del mismo en la madrileña calle del Marqués de Corbera 54 (barrio de La Lipa), al frente del cual puso a su hijo Santiago, hasta donde se desplazaba periodicamente con toda la familia, y el perro Sansón en su flamante SEAT 600matrícula de Murcia 33.798, al que el clan familiar denominaba «el terror de las carreteras»;abriendo, también, local propio en la caravaqueña Plaza del Arco.

Fue relojero municipal, puesto que ganó por oposición, con la obligación de emplear media hora diaria en atenciones a los Relojes del Castillo y La Concepción, a los que había que dar cuerda todos los días y reparar las roturas ocasionales.

Entre sus proveedores habituales figuraron, entre otros, la empresa Pons Vila de Barcelona y Ruescas de Madrid. Entre sus clientes, recuerdan sus hijos, a Dª Caridad Vaillant, Condesa de Reparaz, y a otros muchos que acudía a la relojería no sólo para la adquisición sino para la reparación y limpieza de sus relojes de pulsera o bolsillo, que pacientemente dejaba como nuevos en muy poco tiempo.

Longines frecuentaba el Círculo Mercantil, sobre todo la sala de lectura del mismo, donde devoraba la prensa diaria; y jugaba al dominó con Pedro Antonio López, el fotógrafo, y el abogado Juan Antonio Elbal. Sus amigos fueron principalmente los vecinos de la tienda: el mencionado Pepe el de las Confecciones, Cruz la de los helados, Amadeo el sastre, Matías Albarracín, Antonio Marín Antoñiles y, sobre todo, el también sastre Antonio Caparrós.

Su domicilio en la C. del Hoyo (Luís Nogueras) 19, fue siempre escuela donde se aprendieron valores como el amor, la amistad, la honradez y la laboriosidad, que transmitió a sus hijos Mari Carmen, Santiago, José Luís, Conchita y Juan. Allí murió su mujer Rosenda, en febrero de 1996 y allí le llegó la muerte a Longines, quien falleció, víctima de un derrame cerebral, el 19 de febrero de 2002, tras haberse jubilado a los 65 años, en 1981 y abandonado la actividad laboral en manos de sus hijos cuando las fuerzas comenzaron a fallar y la pérdida de su esposa le sumió en la tristeza más absoluta.