CARLOS MARTÍNEZ SOLER

Me resulta curioso cómo la gente en muchas ocasiones se queda con lo anecdótico para echar por tierra un trabajo sobresaliente. Esto es lo que le ha sucedido a la serie La peste, obra creada por Alberto Rodríguez (La isla mínima) y a la que el gran público ha criticado por el acento andaluz utilizado por los actores en la producción. Según ellos, este hecho perjudica al entendimiento del discurso y dificultad el seguimiento del mismo, pero sinceramente, me parece un gran absurdo, una nimiedad que no tiene ninguna relevancia en el relato. De hecho, aplaudo la decisión adoptada por Alberto Rodríguez, nadie discute a David Simon porque sus personajes en The Wire hablen con la jerga típica de Baltimore. Sin embargo, aquí somos muy puristas y la influencia del doblaje ha traído consigo la implantación de un lenguaje neutro, venido de ninguna parte, y que acaba con la riqueza lingüística propia de nuestro territorio nacional.

Espero que los árboles no nos impiden ver el bosque y la gente disfrute viendo La peste, una obra arriesgada, diferente, muy alejada del imaginario seriéfilo español y sobre la que Alberto Rodríguez ha dejado su impronta. Si bien su primer capítulo es tedioso y puede invitar a más de uno a abandonar su visionado, una vez que La peste toma velocidad de crucero ya no para, sumergiéndonos en mundo de cloacas, de inmundicia, de pestilencia, donde la enfermedad aflora arrasando todo a su paso.
El gran acierto de La peste reside en la recreación de la Sevilla del siglo XVI, por fin en una serie española nos sumergimos en el fango. Uno cuando la ve tiene la sensación de que él también puede caer enfermo, se respira el hedor en cada plano y al igual que ocurría con la película El perfume, Alberto Rodríguez consigue que en más de una ocasión el espectador tenga que apartar la mirada.
Junto con esto, la peste, la enfermedad tratada en la serie, no deja de ser más que una metáfora para hablar de otros aspectos de mayor calado, todos y cada uno de sus personajes están enfermos, unos de culpa, otros de avaricia, lujuria, poder…, mostrándonos que el propio ser humano puede ser la peor de las plagas posibles, dejando tras de sí un gran número de víctimas.