POR PEDRO ANTONIO HURTADO GARCÍA

Una vez más, la tristeza ha sido capaz de ponernos a todos de acuerdo. Pero no es tan poderoso ese sentimiento, como lo es, sin duda, la irremediable marcha de un hombre, de un vecino, de un amigo, de un hermano, de un marido, de un padre que, como nadie puede discutir ni poner en tela de juicio, ha sido siempre un hombre justo, una persona solidaria, un marido ejemplar, un padre ocupado, preocupado y cuidadoso de la evolución, del progreso, de la aplicación y del futuro de esos dos hijos, Antonio Jesús y María, a los que adoraba tanto como a Juana Dolores, su esposa. Una gran persona, de esas que ya van quedando pocas, porque, por lo visto y lamentablemente, son necesarias en otros lugares para tareas de mayor calado, pero, en definitiva, una forma de vida modélica, un comportamiento brillante y una forma de ser que han generado una unidad familiar en la que mirarnos todos.
Un auténtico reguero humano
El velatorio fue un auténtico reguero humano por el que, de forma incesante, fueron desfilando centenares y centenares de personas para testimoniar su cariño, su pésame y su sentimiento a la familia y para despedirse de uno de los buenos, de los mejores, de los que el corazón ya no le cabía en el pecho de lo grande que lo tenía y, por eso, quizás, se ha desbordado de su enorme humanidad y ha dejado de latir para arrebatarnos, no solamente a un «buen hombre», sino, también, a un «hombre bueno», Juan Martínez Moreno, Juan «El Pepón» (Calasparra, (04-10-1964/21-01-2015), como cariñosamente le conocía todo el vecindario de la localidad que le vio nacer y fallecer, sus amigos, sus compañeros de trabajo y tantas y tantas personas que le queríamos, que le poníamos como ejemplo y que hemos llorado y seguimos sintiendo su marcha, porque nos deja un hueco tan enorme que será imposible cubrir con nada o con nadie. El tanatorio se quedó pequeño a todas horas, incluso muchas personas decidieron pasar la noche completa velando su cuerpo sin vida, pero menos mal que existe la calle y la periferia del citado inmueble, porque allí ni cabían las personas ni había espacio para tanto dolor.

Se nos ha ido con esos 50 años, recientemente cumplidos. Cuando le telefoneé para felicitarle por su medio siglo de existencia, un poco «tocado», tras una complicada intervención quirúrgica, ya superada en ese momento, me decía que tenía que cumplir bastantes años más y dar «mucha guerra», por lo que reconozco que me engañaba doblemente. Eso sí, de forma totalmente involuntaria. De una parte, porque «guerra» no dio jamás, sino simplemente satisfacciones, alegrías, bondad, cariño, disposición y entrega total. Y porque esos años en los que me prometía que seguiríamos viéndonos, compartiendo ilusiones y disfrutando de su compañía, no han llegado a ser más que tres meses y medio, espacio de tiempo que, ante una persona tan cercana y cariñosa, no es poco, sino poquísimo, por no decir inexistente en la medida y proporción de los sentimientos. No olvidaré nunca cuando, por algún acto social u otra circunstancia, se me hacía muy tarde en Calasparra y jamás se olvidaba de decirme, de corazón y discretamente, aquello de «avísame cuando llegues a casa, porque me quedo más tranquilo», mandato que cumplí siempre gustoso porque sabía que así lo sentía y, en caso de no hacerlo, así lo «padecería».
En las páginas de «El Noroeste»
En dos números diferentes de «El Noroeste», publicados el pasado mes de Septiembre, le dedicamos algunas páginas a Juan Martínez Moreno, a nuestro querido e inolvidable «Pepón», por razones muy diversas. De una parte, porque pertenece a una familia de cinco hermanos en la que todos son músicos, como lo era su padre, quien inculcó en ellos el amor por el arte del pentagrama, tradición que él mismo ha seguido para introducir en la banda de música calasparreña a sus dos hijos, hasta tal punto que fue en la última festividad de Santa Cecilia, patrona de los músicos, el pasado día 22 de Noviembre, cuando se enfundó, por última vez, el atuendo oficial que le identificaba como titular del bombardino de la banda calasparreña, tal como muestra la instantánea de Leticia Rico Aznar que ilustra esta información. Y ese uniforme lo vistió para dar cabida en la banda, también oficialmente, a María, su hija, de 15 años, que toca el clarinete, mientras que su hijo Antonio Jesús, de 20, es titular, desde hace tiempo, del fiscorno, algo que representa uno de los más grandes orgullos que el fallecido se lleva al otro mundo: ver a sus hijos en «su» banda, emulando lo mismo que su padre hiciera con sus hermanos y con él mismo.

Pero, como ya narrábamos en aquellas crónicas, Juan, amén de directivo, trabajar incansable por esa causa, preocupado por sus celebraciones y por el desarrollo y cuidado del Santuario, era un devoto profundo de la Virgen de la Esperanza, la patrona de Calasparra, a la que trataba como madre y le tributaba un cariño inmedible. Y, como una premonición indescriptible, los responsables de la Fundación Santuario Virgen de la Esperanza, tuvieron el acierto de otorgarle uno de los nombramientos que más ilusión podía hacerle a nuestro «Pepón»: designarle como pregonero de las fiestas de La Virgen de la Esperanza, un pregón que bordó haciendo un símil de cómo le contaba a su hijo, de pequeñito, su cariño por la patrona para «inyectárselo», igualmente, a sus descendientes que, sin duda, seguirán su tradición, su estela y la fe de su padre, al que tenían como espejo de intachable imagen y en el que no existía ningún reflejo difuso al mirarse, sino bondad, bondad y más bondad. De su «locura» por la Virgen de la Esperanza no queremos ser más extensos por las páginas que, en tal sentido, ya le dedicamos en vida y a las que tanto valor les concedió el protagonista. Hablaba de su familia con amor, de sus hijos con pasión, de Juana Dolores, su esposa, manifestando que nunca podría pagarle todo el amor, el cariño, la atención y la fuerza que le proyectaba durante los duros momentos que estaba viviendo. Juana Dolores, igualmente, en el tanatorio, nos manifestaba ser consciente de las dificultades y problemas de Juan, que superaba con resignación, sabiéndose con todas las posibilidades de recuperación plena, como tantas veces comentaba, pero es que, además, añadió su esposa, «nadie podíamos esperarnos este fatal desenlace, ni nada semejante», porque, como él, prosiguió la viuda, «todos confiábamos en que se recuperaría totalmente, ya que puso un enorme empeño y mucho de su parte en ello». Tampoco queremos omitir un testimonio de reconocimiento y cariño para su madre, Doña Catalina, quien no se separó del féretro, ni un instante, durante todo el velatorio, porque tenía, allí, a «su ‘Juanico’ del alma».
Profeta en su tierra
Subdirector, también, de CAJAMURCIA-BMN en la localidad arrocera, porque Juan sí ha sido profeta en su tierra, además de otros muchos destinos de marcada responsabilidad que desempeñó en la organización. Apostó siempre por una plantilla magníficamente unida y extraordinariamente ensamblada, no permitía los disgustos, siempre animaba en positivo y propiciaba los encuentros de compañeros al lado de una cerveza o para compartir una comida, de vez en cuando. Como el equipo de trabajo ha estado siempre muy pendiente de él, cuando superó su compleja intervención quirúrgica, les envió, a todos, un correo electrónico en el que les recordaba que «es de bien nacidos, ser agradecidos», hablaba de sus momentos difíciles ya superados, les agradecía el fin de semana que le habían hecho pasar, todos juntos, en Almería, para celebrar su recuperación. Les pedía perdón, ¡¡¡como suena!!!, por faltar al trabajo, cuando lo tenía más que justificado. «Es verdad que lo estoy pasando mal –reconocía-, pero no es menor cierto que vosotros también, por mi culpa», lo que recuerda, una vez más, su alto grado de responsabilidad, seriedad, rigor y ganas de no «atropellar» a nadie. Y acababa diciendo que «yo también os necesito a vosotros», refiriéndose al cariño que recibía en todo momento. Y, apostillaba, «pronto estaré al cien por cien y con vosotros». Pero… ¡¡¡otra vez, nos ha engañado!!!. Y, de nuevo y por supuesto, en contra de sus deseos.
Llorado por todo el pueblo
El acto del sepelio, que tuvo lugar el pasado jueves, día 22 de Enero, se convirtió en un silente desfile en el que se integró todo el pueblo para acompañarle con enmudecimiento sepulcral, solamente interrumpido por los acordes de las marchas fúnebres que entonaba «su» querida banda de música, un desfile en el que no había rostro que no estuviera humedecido por el sentimiento, ni lágrimas que pudieran contenerse, donde las coronas y ramos de flores que abrían el cortejo fúnebre se contaban por decenas y decenas, mientras que el sermón del sacerdote fue pronunciado con el corazón y donde la intervención de su cuñado Eulalio, hermano de Juana Dolores, su esposa, sirvió para recordar su grandeza humana, su sentido y sentimiento social, sus particulares costumbres y su familiaridad llevada como permanente estandarte. Ambas intervenciones fueron coronadas con espontáneos, sentidos y calurosos aplausos por parte de una abarrotada iglesia que, pese a sus amplias dimensiones, dejó en la calle a muchos más acompañantes que en su interior, quienes soportaron las inclemencias del gélido frío para despedir a Juan que, seguidamente, sería incinerado en el crematorio del tanatorio local.

Se van los buenos, siempre los buenos. Seguramente, Santa Cecilia le habrá llamado para que ordene los sonidos celestiales y ponga armonía en los coros e instrumentos que, seguro, le harán ser tan grande en «El Paraíso» como lo ha sido aquí, en la tierra. Pero no nos resistiremos a darnos cuenta de que te hemos perdido para siempre, querido Juan. Y… ¡¡¡menuda pérdida, amigo!!!. Descansa en paz y afina los instrumentos paradisiacos para hacernos hueco a tu lado cuando la Divina Providencia lo designe, porque tu música goza de otros valores y notas añadidas a las siete que nos ofrece la escala. Por ser correctos y educados, y por decir algo, «buenos días».