GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

A principios de siglo, y mientras en Europa triunfaban los valores de la modernidad en España las modernidades se utilizaban para exaltar los valores del espíritu nacional; nació en Salamanca una niña bien que disfrutó de una libertad que rompió con todo lo que se esperaba de una señorita de buena sociedad

Inés Luna Terrero nació en Salamanca un 2 de julio de 1885 hija única de un matrimonio moderno formado por Inés Terrero, la rica heredera de numerosas dehesas y fincas rústicas y urbanas, con lujosas residencias en Madrid, Salamanca y la Costa Azul, y el industrial Carlos Luna, nacido en Cuba y educado en los Estados Unidos, emprendedor e ilustrado, se había hecho un lugar en la aristocracia salmantina creando empresas industriales como la fábrica de electricidad que abastecía el alumbrado público de la ciudad de Salamanca.

Inés, a la que toda Salamanca conocería como Bebé, al igual que la madre cuando encontró a Carlos, estudió en Francia desde niña, pero los veranos los pasaba en una finca llamada El cuartón. La niña creció libre, y según los campesinos “fea, pero estilosa, poco femenina y un poco gitana”. No dio problemas hasta que llegó a esa edad del pavo donde viene a gustarte lo que más a mano tienes, y claro, en esos paramos, el más cercano era un mozo de cuadra llamado Froilán. El resultado del romance acabó en separación: ella al extranjero, él a la calle, junto con toda la familia. Bebé juró que nunca se casaría. No sabemos si por gusto o resignación, el caso es que lo cumpliría. Durante esos años, la joven rebelde se convierte en una mujer moderna que convierte el despilfarro en un arte: fumaba, llevaba pantalones, es extravagante y caprichosa, pero es lista y espabilada, habla siete idiomas.

En 1916 mueren sus padres y hereda una inmensa fortuna que se encarga en gastar en lo que más le gusta: vivir. La conocen en todos los casinos, viaja a Europa, Egipto, Bruselas, Mónaco, sola o acompañada de una amiga inglesa a la que llamaban la Miss. Pero siempre vuelve a El cuartón, donde fija su residencia y convierte en su retiro tras los viajes, de los que vuelve, para espanto de los campesinos, al volante “de un carro sin caballos”. La vieja casa es remodela como un vivo reflejo de esa existencia extravagante, rodeada de jardines, varios cuartos de baño, esculturas de mármol, piscina, donde aseguran se bañaba desnuda e incluso tiene luz eléctrica, un lujo para esos tiempos. Tuvo muchos pretendientes, y un solo novio “que le salió rana”. Se refiere a Gonzalo de Aguilera, conde de Alba de Yeltes, un general franquista, racista y clasista, que terminó asesinando a sus propios hijos. De los muchos amantes que pasaron por la cama del Cuartón, el más ilustre fue Miguel Primo de Rivera, con el que mantuvo un romance que duró lo que el Directorio. Dicen que fue ella quién lo acompaño hasta su muerte en 1930.

Después del 18 de julio de 1936, Bebé fue perseguida por sus excentricidades y excesos anteriores. Franco la convirtió en chivo expiatorio y expropió sus fincas. Fue asediada por el Jefe de Falange que la consideraba antirreligiosa, espía, viciosa y roja (a pesar de que era monárquica). Tras la Guerra Civil se recluye juntos con sus recuerdos en el Cuartón. Podía haber elegido cualquiera de las ciudades donde tanto había gastado, pero eligió volver a la casa de su infancia. Ambos se van deteriorando, dejando al paso del tiempo la estocada mortal. En 1952 se le diagnostica un cáncer de pecho que no logra superar y muere, sola, en Barcelona el 8 de febrero 1953.

Nunca se casó.