Jesús Rodríguez Sánchez

Fotografía: Jesús Rodríguez Sánchez

Hace 60 años, mi abuelo Jesús salió al monte por última vez. Como tantas otras veces, iba a por una carga de leña que serviría tanto para la lumbre, como de combustible para hacer la comida. Mi abuela por entonces, ya tenía un hornillo de petróleo, aunque mantenía la vieja costumbre de tener un puchero pegado a las brasas, imagino que con algún tipo de potaje.

Seguramente, en miles de hogares españoles, esta costumbre se mantenía.

Hubo un tiempo en que los bosques españoles eran fuente de todo tipo de materias primas, se utilizaban los troncos para la construcción de edificios y embarcaciones, para fabricar muebles y para la minería; se utilizaban las leñas para hacer carbón y para fabricar la cal. Había gran cantidad de rebaños de ovejas y cabras, aunque no tan grandes como los actuales. Un tío mío apacentaba todos los días un pequeño rebaño de cabras a escasa distancia de Moratalla, zona que las fotos antiguas muestran totalmente desprovista de árboles, sin duda, por el excesivo pastoreo que sufría de los muchos manojos de cabras que cada mañana, salían al monte a pastar.

Sin lugar a dudas, estas actividades se repetían en todos los pueblos, aldeas, caseríos, casas aisladas… de manera, que la presión ejercida sobre las masas forestales era extraordinariamente intensa. Porque no sólo se extraía madera para las zonas rurales, también se trasladaban a las grandes ciudades. En carros, a través de los ríos, en caballerías… La civilización ha sido y es un pozo sin fondo de todo tipo de materias primas.

En los últimos 50 años, los edificios, las embarcaciones, los combustibles domésticos… han dejado de utilizar o casi, la madera. Los rebaños han desaparecido en su gran mayoría y los que quedan, son mucho más grandes y consumen sobretodo alimentos cultivados para ellos o directamente pienso.

Las masas forestales en España han aumentado extraordinariamente y no sólo gracias a las intensas campañas de reforestación, a veces salvajes, del extinto ICONA. También la caída del precio de la madera, ha propiciado que el número de árboles se haya multiplicado y que la densidad del bosque sea actualmente mayor que probablemente en los últimos 2.000 años. Los pastizales naturales y las dehesas, abandonados en muchos casos, se han llenado sobretodo de pinos, que tanta capacidad de colonización tienen. El resultado es masas forestales homogéneas de enorme extensión.

Desde hace años, los incendios forestales se explicaron que estaban provocados por causas concretas: intenciones urbanísticas, caza, quemas agrícolas descontroladas, aperturas de zonas de pastos, caída de rayos; intereses oscuros que podrían englobar trabajos forestales y adquisición de madera a bajo precio; incluso cristales que hacen de lupa y por supuesto, colillas de cigarrillos arrojados por la ventana. Naturalmente, también la acción de pirómanos. Sin entrar a analizar las causas, es evidente, que detrás de esas y otras que no cito, está la mano del hombre, pero con mucha intención en muchos casos.

Las competencias para apagar los incendios se reparten entre comunidades autónomas y el estado, con distinta participación y medios. Hay que destacar que existe una notable disposición para ayudarse entre unas y otras. Y que las personas que participan en los dispositivos de extinción, se juegan la vida a menudo, literalmente. No sé si alguien llevará la cuenta de los muertos y heridos en estas acciones. Ni si se habrá erigido algún monumento a alguna víctima de las llamas.

En este año en que tantas hectáreas de bosques de todo tipo se han quemado: naturales, repoblados de pinos como si fueran un campo de cultivo, de alóctonos eucaliptos, etc., dirigentes de todo tipo y expertos ocasionales, han hablado de que si las olas de calor, de que si el cambio climático… de que hacen falta más medios de extinción, de si la ganadería extensiva es la solución, de que si hay que volver a rellenar la “España vaciada…”; una frase se ha repetido mucho: “hay que limpiar el monte”, una expresión que nadie ha conseguido explicar de manera convincente. Los montes no se “limpian”, los montes hay que gestionarlos, con recursos extraídos del bosque o llegados de otro sitio.

Las soluciones no son fáciles, nadie puede dudarlo. Cuidar un rebaño de ovejas significa estar 365 días al año ocupado, algunos, incluso con sus noches. Regresar de la ciudad al campo…, mucho tienen que cambiar las cosas.

Volver a utilizar recursos forestales sería lo ideal. Se ha apuntado en alguna ocasión soluciones como utilizar la madera para producir electricidad en plantas de biomasa. En Moratalla se habló de ello hace algún tiempo y luego el proyecto pareció que cambiaba de localidad. No sé si esto es factible, en primer lugar, por los humos que pudieran producirse y lanzarse al aire y luego por el coste de extracción de la madera. La fabricación de pellets para las calefacciones; los desechos de la agricultura ya se utilizan para ello, pero quizás también se podrían utilizar leñas, todo es hacer los correspondientes estudios económicos para saber su viabilidad. La fabricación de conglomerados de madera también podría ayudar.

En España tenemos muy poca costumbre de construir casas de madera, pero si esto cambiara, si fuese posible… En fin, son posibilidades que, junto a otras, facilitarían la reducción del combustible de nuestros bosques. Porque a partir de ese momento, tendremos que plantearnos que administraciones y propietarios particulares, deberán emplear más recursos económicos en minimizar los riesgos de que sigan produciéndose grandes incendios forestales que a corto plazo, acabarían convirtiendo nuestro país en un solar (paisaje desolado), y conectar el desierto del Sáhara con el Sureste Ibérico.