Ya en la calle el nº 1052

Ignacio Ramos: “Lo que más echo de menos de mi tierra es lo que ya no existe”

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

El periodista nacido en Barranda presenta su nuevo trabajo: El ocaso y el alba” (editado por Gollarín) en la Feria del Libro de Caravaca. Será a las 20:00 horas en el salón de actos de la Casa de la Cultura. En la presentación participarán el editor Francisco Marín, el escritor Pepe Fuentes, la profesora María Duarte y el ilustrador Pascual Adolfo.

El libro relata la vida de dos hombres que entrelazan sus destinos. A través de ellos se reflejan las transformaciones que vivió la España de los años 50.

En una pedanía como Barranda, en los años de posguerra, lo más inusual era que un joven tuviera aspiraciones literarias. Ignacio Ramos (1936) consiguió estudiar periodismo en Madrid. A partir de ahí, se labró una carrera comenzando como redactor de La Verdad y transitando por medios como Nuevo Diario, ABC o Época

Una vida dedicada a las palabras, a contar historias y comunicar, que se une a su vocación de escritor. Esta le ha llevado a publicar títulos como: “La hermosa y dura tierrao La última siega de Nazario Sánchez. Una vida apasionante, como solo los periodistas de cierta época pudieron experimentar, y que sigue aportando luz, con novelas como “El ocaso y el alba”, a un pasado del que todavía escuchamos sus ecos.

¿De dónde le viene la vocación periodística?

No sé de dónde ni en qué momento nació mi vocación. Mi padre era muy feliz viéndome trabajar en el campo preparando tierras para sembrar, regando lo sembrado o cuidando los mulos… Pero a mí no me hacía maldita gracia dedicarme a ejercer de hortelano de cuatro míseros bancalillos que laboraba mi familia, y sugerí dedicarme a la literatura. La contestación de mi padre fue tajante: “O sea, que tú lo que quieres es morirte de hambre”. Tal era el aprecio de los literatos en mi pueblo. Me puse a estudiar. “¡Ciencias, que son más rentables!”, ordenaba mi familia; y yo en mis adentros, pensaba: “Letras, que es lo que me gusta”. Total, que sin dejar las Ciencias las compartí con Periodismo, que era de letras pero podía tener sueldo fijo. En parte, mi vocación vino de la huida; he de confesar que, como por mi tierra se dice, “soy un desertor del arado”. Si eres honrado, el trabajo y la honestidad te redimen y te congracian con tu gente y contigo mismo.

¿Cómo fue tu llegada a Madrid?

Mi entrada física a Madrid fue en un “tren correo” de los que tardaba más de diez horas desde Murcia, a mediados del siglo pasado, ocupado por el doble de viajeros que podía soportar, la mayoría de pie. A la llegada a Atocha avanzábamos en tropel como si saliésemos de La Condomina de ver un Real Murcia-Atlético de Bilbao. Mi “otra” entrada fue la propia de un provinciano, asombrado por el trajín de la capital y tratando de sobrevivir en la vorágine. El estudio y los libros me salvaron de la hecatombe de ser engullido por la masa.

¿Cómo era ejercer la labor periodística bajo la censura?

El periodismo siempre ha tenido que lidiar con la censura, tanto ayer como hoy; entonces no se podía decir que la esposa de un ministro de Franco se había fugado con un italiano y hoy no puede publicarse un atropello de la empresa que sostiene al medio en el que escribes. Entonces era trabajoso soportar las trabas de quienes se consideraban dueños de la verdad, y los caminos eran claros: o decir tu verdad “por lo derecho” y exponerte a que tacharan tu texto -con lo cual siempre había que tener preparada una versión “B” de los hechos-, o buscar hábilmente la manera de decir lo mismo sin que se notara.

¿Qué significaba ser periodista cuando usted empezó?

La labor teórica del periodista, ayer como hoy, es buscar la verdad y trasladarla a sus lectores en un relato fiel, con la máxima cantidad de datos, para que el lector pueda estar capacitado para tener un juicio lo más completo del asunto de que se trata. Me refiero al periodista informador, que fue lo mío. Luego hay otro periodismo “de opinión”, que puede rayar en lo político, y eso es otra cosa.

Ignacio Ramos: “Lo que más echo de menos de mi tierra es lo que ya no existe”

¿Cómo ve la salud del periodismo en la actualidad?

Francamente complicada. Me preocupa mucho el intrusismo irresponsable; eso de que le den un “micro” a cualquier persona no capacitada, sin más méritos que su cara bonita o su desparpajo, con patente para pontificar en las televisiones entrando a saco en la vida de las personas, me parece un horror. Eso no es periodismo, es patio de comadres. El periodista serio ha de estar formado e informado de la materia que propaga.

¿Cómo fue trabajar con José Luis Cebrián Boné?

Tengo un gratísimo recuerdo de casi todos los directores con los que he trabajado. El primero fue Venancio Luis Agudo, en La Verdad, un loco del periodismo que nos exprimía como a un limón y a mí, para foguearme, me vino ideal. He trabajado mucho con José Luis Cebrián Boné, en El Alcázar, en Nuevo Diario, en ABC, en La Actualidad Española: casi siempre respondí afirmativamente a su llamada. Recuerdo mucho también a Luis María Anson, al que siempre agradecí su confianza, nombrándome su subdirector. Y con él habría seguido en ABC si en mi camino no me hubiera encontrado a mi gran amor profesional, Jaime Campmany, con quien trabajé en Época hasta su jubilación y la mía.

¿Qué es lo que más echa de menos de su tierra natal?

Lo que más echo de menos de mi tierra es lo que ya no existe. Creo que todo ese mundo joven, sencillo, natural… de aguas que se oyen, de silencios que hablan… Ese mundo que he intentado describir en mi último libro.

¿Qué encontraremos en su nuevo libro: “El ocaso y el alba”?

Espero que se encuentre una reflexión, serena, pero honda, sobre la amistad, las vicisitudes humanas, los recuerdos más entrañables en tiempos muy difíciles, los ocasos familiares o la pujanza con que algunas personas alcanzan las glorias de este mundo.

Ignacio Ramos: “Lo que más echo de menos de mi tierra es lo que ya no existe”

¿Cómo ha sido escribirlo?

Ha sido casi una promesa. Mi amigo del alma, el cura escritor Juan Fernández, Juanico el de Filo, y mi amigo editor, Paco Marín, al que Dios guarde muchos años al frente de su labor cultural, me emplazaron a escribir un nuevo libro hace unos dos años. Y tengo la gran satisfacción de que la primera copia en limpio de “El ocaso y el alba” se la llevé a don Juan y pudo leerla dos meses antes de su fallecimiento.

¿Qué le hace seguir escribiendo?

Cuando uno mira en torno suyo y ve tantas cosas admirables, le parece miserable no compartirlas con los demás, como también es miserable guardarse lo reprochable sin denunciarlo. Digamos que cuando uno tiene algo que decir, hay que manifestarlo.

¿Qué cree que hay que hacer para que pueblos como Barranda no se vacíen?

Si los miles de políticos que nos atosigan son incapaces ni siquiera de intentar retener a los campesinos en su medio, ¿qué podemos hacer los demás? Bueno, quizás sí: tratar de elegir personas honestas que nos gobiernen, que sepan hacer atractiva la vida del campo, que garanticen a los campesinos las mismas oportunidades que tienen los de la ciudad.

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