PASCUAL GARCÍA

Todavía recuerdo la noche que se levantaron de madrugada mis padres para dejarles la cama a unos primos que venían de fuera. Había más camas en mi casa, como era natural en las casas del campo y del pueblo, porque la obsesión de las familias era poder acoger a la mayor cantidad de gente, con un sentido casi hiperbólico de la hospitalidad, pero la mejor, la más cómoda y grande era la que ellos ocupaban aquella noche y la que cedieron con gusto a los inesperados parientes. Mi padre había dormido en buena parte de los cortijos del campo en su ejercicio de tratante de ganado durante dos décadas largas y estaba habituado a que lo atendieran del mejor modo en cualquier circunstancia. Era la ley natural de los que no tenían mucho salvo toda la buena voluntad del mundo.


En cambio, en aquel tiempo se hacían visitas a las familia o a los amigos o a los vecinos y, como no fuera en Pascua, no se ofrecía nada de comer ni de beber, porque no era la costumbre, ni los niños pedíamos nada, pues estábamos educados en el silencio y en la resignación.
No había mucho en las casas, salvo lo indispensable para sobrevivir cada jornada, pero no teníamos cerveza ni aperitivos, tal vez una garrafa con el vino para las comidas del padre, una botella de lechanís suelto o licor de café casero que había quedado de la Navidad y el guiso que la madre estaba preparando desde muy temprano para la comida del día; y, después del plato de cuchara, el embutido con pan y la fruta.
Las buenas maneras, sin embargo, dictaban que no nos presentáramos en ninguna casa a la hora de comer o de cenar y que si se nos hacía esa hora sin darnos cuenta, nos marcháramos lo antes posible para no molestar a la familia, para no obligarles a que nos invitaran.
Hoy podríamos pasar un día entero yendo de casa en casa, de los amigos y de la familia, claro, y tomando lo que nos ofrecen en cada una sin gastarnos ni un euro, porque hoy las cosas han cambiado, aunque no necesariamente para mejor.
Mis padres y mis abuelos paternos vivieron durante muchos años juntos en la misma casa y rara vez recuerdo que comiéramos todos en la misma mesa o que yo me fuera a comer con los abuelos, porque mi madre llevaba con mano férrea, aunque delicada, lo que vienen siendo sus labores, entre las que se encontraban las comidas de cada día y el cuidado de sus hijos. Y, aunque mis abuelos insistían, yo ya sabía que mi lugar a la hora de comer era la mesa de mis padres, en la cocina de arriba, aunque más tarde bajara a hablar con mis abuelos al calor de la chimenea.
El año que intentaba concentrarme para ir a las oposiciones, aunque no le dedicara a su estudio ni media hora al día, y todavía no sé bien por qué, tal vez porque el tute subastado y el mal de amores ocupaban la mayor parte de mi tiempo, apareció una noche de forma inesperada un primo de Alicante con ciertos problemas de salud que excuso aclarar y el deseo perentorio de quedarse unos días con la familia a la que no veía, por cierto, desde hacía años. Como ya era habitual, mi madre y mi padre volvieron a darme una lección en toda regla de amparo y acogimiento. Acomodaron al viajero sin preguntar nada y durante un par de semanas suspendí todas mis actividades y lo acompañé durante el día para que tuviera con quien hablar y poco a poco fuera resolviendo alguno de aquellos problemas.
Es posible que el karma me diera un empujoncito en mis oposiciones y que mis palabras y mis consejos lograran el milagro de la recuperación total de mi primo. Pero yo creo que fue, de nuevo, la magia generosa de la hospitalidad campesina la que obró el prodigio y nos devolvió a cada uno lo nuestro.