Pascual García

Mientras mi abuelo asía el azadón con las dos manos y del modo más ligero, como si la herramienta formara parte de su propia anatomía, iba cavando entre los bancos de patatas o formando caballones en la era o limpiaba de maleza las acequias, me repetía que de mayor yo no trabajaría en la huerta, que, a buen seguro, me dedicaría a otra cosa mejor, menos fatigosa y más importante, pero que necesitaba saberlo todo, también el arte de cavar y las faenas del campo.

Aquellos hombres y mujeres, que nacieron a finales del siglo XIX, padecieron hambrunas y penalidades, pero alcanzaron la edad de oro de la República con su afán de alfabetización y su gusto por la cultura, admiraban al hombre instruido más allá de su poder económico o social, aunque normalmente todo iba en el lote, y sentían un aprecio particular por los que leían bien en voz alta y disponían de libros en los anaqueles de su despacho, consultaban el periódico a diario y se defendían con soltura entre papeles y demás pejigueras burocráticas.

Tú no trabajarás en la tierra cuando seas un hombre, me repetía convencido y tornaba a enseñarme cómo se hacían las cosas bien en el bancal. También mi padre, que era de otro tiempo, había heredado ese respeto reverencial por el saber de una manera genérica. Estudiarás para que sepas defenderte bien en la vida, solía decir, porque la vida que él había conocido era una especie de fiera ciega y peligrosa o una batalla en la que sólo los más hábiles e inteligentes salían inermes. La vida era, de una manera u otra, dura y se hallaba repleta de trampas que precisábamos sortear de la forma modo más óptima. Sólo los que identificaban esas trampas alcanzaban la meta sanos y salvos. Estudiar para defenderte en la vida constituía una consigna elemental, sobre todo para un niño que pertenecía a una familia pobre y no demasiado instruida, como, por otro lado, había sido la España de tantos siglos atrás hasta que la educación se convirtió en gratuita y obligatoria y las becas nos posibilitaron a unos pocos el acceso a la Universidad.

En los diversos trabajos que realicé de joven, era yo el que contaba las cajas de fruta, el que sacaba las cuentas o el que se encargaba de traducir del francés en la vendimia. Era el estudiante, a pesar de conocer en profundidad las variadas faenas del campo, los rigores del andamio o los sinsabores de todas las cargas pesadas. Si se discutía en el tajo de política o de asuntos de índole cultural o social, notaba una actitud de reserva cuando yo intervenía y daba mi opinión.

Aquellos hombres de manos grandes y duras, de rostros cuarteados por el aire frío y por los soles no habían ido a la escuela apenas porque no habían podido o porque no los habían dejado. Habían pasado toda su existencia rompiéndose la espalda para que su familia saliera adelante. Eran toscos y buena gente. No sabían de letras y apenas conocían las operaciones de cálculo más elementales, pero no eran ignorantes, porque apreciaban a los hombres que sabían, a los que trabajaban para que el resto de la humanidad viviera en mejores condiciones. Muchas veces escuché a mi abuelo lamentar la muerte de un personaje importante, mientras añadía que hombres así no debían desaparecer.

Hoy, lamentablemente, echo de menos esta actitud en los hombres y en las mujeres que nacimos algunas décadas después, no sufrimos apenas y llevamos una existencia cómoda. No creo que sea la televisión la única culpable de este cambio drástico, de esta atmósfera un tanto estúpida y banal. A pesar de las docenas de programas insípidos sobre música y baile; a pesar de que los libros se hallan perseguidos en el mundo de las ondas y los tubos catódicos; a pesar de que está prohibido casi por ley sacrificarse para obtener una recompensa, un beneficio futuro, tengo la certeza de que sólo nosotros somos responsables de construir nuestros propios valores y los de nuestros hijos a imagen y semejanza de la verdad, de la belleza y de la bondad, de aquellas viejas y casi inamovibles virtudes platónicas, al margen de cualquier religión, credo o ideología.

El acceso a los estudios medios y superiores se ha generalizado. Vivimos más y mejor y, en cambio, somos más ignorantes. Extraño a aquellos hombres que envidiaban, en el mejor sentido de la palabra, todos los saberes, los libros que los contenían y los enseñaban y el arte, que para ellos era un lenguaje tan abstruso como pintoresco. Hombres como mi abuelo, cuyas lágrimas brotaban de emoción con facilidad cada vez que le leía con gusto las páginas de un libro cualquiera.