FÉLIX MARTÍNEZ/FILÓSOFO

Sería una injusticia a perpetuidad no traer aquí a una de las filósofas más influyentes del siglo XX, tanto es así que no es que hoy no solo esté vigente, sino que su pensamiento nunca ha dejado de ser de plena actualidad.

Hannah Arendt: la filósofa apátrida

Nacería en 1906 en el antiguo Imperio Alemán y moriría a los sesenta y nueve años en Estados Unidos en 1975. Algo curioso de esta mujer es que rechazaba ser etiquetada bajo el término “filósofa”, así como también se distanciaba de su propia adscripción filosófica: la “filosofía política”. Ella, por el contrario, prefería que sus obras fueran tratadas bajo la consideración de la “teoría política”. Tal vez sus obras más famosas, y eso solo por mencionar algunas, son: Eichmann en Jerusalén y Los orígenes del totalitarismo.

Esta filósofa de adscripción religiosa judía sufrió en sus propias carnes la persecución antisemita de los nazis en la Alemania de los años treinta del pasado siglo. En julio de 1933 fue detenida durante ocho días por la Gestapo -la policía secreta oficial de la Alemania nazi-. En un primer momento y, tras pasar por diversos países y ciudades se establecería en París, el mismo año de 1933. Llegó allí sin papales, pues estos habían sido requisados por los nazis, sin embargo, emprendió una nueva vía dentro de su activismo político, ya que montaría una organización sionista que ayudaba a los jóvenes judíos a huir dirección a Palestina. Unos años más tarde, en 1937 Alemania le retiraría de maneta oficial su nacionalidad, convirtiéndose de esta manera en una mujer apátrida, esto es, sin patria.

Por otra parte, a comienzos del año 1940 las autoridades francesas fueron emplazando a toda aquella persona que fuera de origen alemán, y que no tuviera la nacionalidad francesa, para comenzar con su exportación. Por este motivo Hannah Arendt primero estuvo por una semana en los terrenos donde se sitúa el velódromo de París para, posteriormente, ser traslada, junto con otras mujeres, al campo de concentración de Gurs, campo en el que estuvo hasta julio del mismo año de 1940. La etiqueta que tuve Arendt para las autoridades francesas fue la de “extranjera enemiga”.  Gracias a lo toma de París por parte de la Whermacht (fuerzas unificadas alemanas) la vigilancia del campo de concentración de Gurs fue capaz, junto con otras personas, de huir de él. Tras un periplo por el sur de Francia consiguió hacerse con pasaportes para partir desde Libia hasta Nueva York, hito que consiguió realizar en mayo de 1941.

Sería ya en Nueva York cuando comenzaría a escribir para revistas y sus más famosos artículos y ensayos. No sería hasta diez años más tarde, en 1951 cuando Hannah Arendt obtendría la nacionalidad estadounidense. Hasta ese momento la pensadora era una apátrida, hecho que sufría enormemente porque para ella formaba parte de los excluidos socialmente. Tal poco ella misma expuso en uno de sus artículos el hecho de obtener la ciudadanía significaba «el derecho a tener derechos», algo que alguien como Arendt desposeía de todo, consideraba como un inmenso valor cívico.