MARCIAL GARCÍA GARCÍA

Me es muy grato poderles transmitir las sensaciones que han movido mis sentidos con la lectura de la obra de un buen amigo, que sigue trasminando buena esencia de escritos. «Hablar durante las comidas» se intitula la criatura neonata. Buen título para Portadamejor obra. Pascual me ofreció el honor de presentarla en nuestro pueblo. Cumplí, gustoso y emocionado, el encargo y quiero darlo a conocer en estas páginas para rendir mi particular tributo a una obra bien hecha y trasladar al curioso lector mis modestas y sinceras impresiones. Con ligeros retoques, para dirigirlas al lector, helas aquí:
Decía mí querido maestro y eximio latinista, don Pedro Ortín Cano, que escribir era muy fácil: sujeto, verbo y predicado, pero que lo difícil era saber colocarlos. A estas alturas, después de tan brillante trayectoria literaria, decir que Pascual sabe hacerlo, resulta una obviedad quasi ofensiva.
Pascual es uno de esos elegidos que ha sido tocado por el dedo grácil de la musa, y que, de un arte, ha hecho un vicio casi obsceno. Sus escritos no son un divertimento, ni un brindis a la luna, ni una manifestación de su talento. Son, simplemente una absoluta necesidad vital, algo así como el aire –Celaya dixit-, que exigimos trece veces por minuto, que nos limpia y cauteriza, que nos renace y proyecta a ese sueño de inmortalidad que es la vida, conscientemente vivida.
Su producción más reciente lleva el sugerente epígrafe de «Hablar durante las comidas». En un primer momento la nomenclatura puede prestarse a equívocos. No se trata de ninguna admonición, ni de ningún opúsculo de etiqueta y buenos modales, esos que tanto prodigaba la burguesía del XIX como una muestra exquisita de su falsa doble moral, ni tampoco de ninguna colección de relatos gastronómicos, ni mucho menos de un desenfadado tratado de coquinaria. La obra es mucho más que todo eso. Dentro de los parámetros enunciados en el párrafo anterior, «Hablar durante las comidas» es una pequeña obra maestra que deleita, exaspera el alma dormida, aviva el seso inactivo y despierta todos y cada uno de los sentidos. Sus dos actos, divididos en escenas cuajadas de perfume humano, nos ponen en las tablas del gran teatro del mundo toda la comedia y la tragedia de una humanidad variopinta, con todo su registro de emociones, situaciones y callejones sin salida. A veces, el cuadro es tenebrista y cargado del sentido de la vieja tragedia griega, aquella en que los dioses dictaban sus inapelables designios con toda su carga de maldad y sinsentido. A veces, una cierta ternura se mueve entre la obsesiva rutina de un paisaje descarnado, que recuerda vivencias pasadas en tiempos de ceniza. A veces discurre el tiempo con la exasperación del que está en capilla. A veces lo hace lento y elegante, como el águila que otea. A veces agorero, como el vuelo del cuervo, del cárabo o de la zumaya.
A lo largo de esa cuarentena de relatos cortos, ventanas abiertas a una vida gris y rutinaria, a una frustración onírica, a una evocación catártica, nos encontramos sus paisajes ya conocidos y omnipresentes, fundamentalmente Puerto Errado y Los Olmos, que poco o nada tienen que ver con los topónimos reales, asignados a lugares de las tierras circunvecinas de Calasparra o Socovos. Son paisajes tristes e íntimos, paisajes de puertas cerradas, solo asequibles a los que poseen el abracadabra que abre todas sus puertas y ventanas. También aparecen sus vocablos personalísimos y persistentes, tal como «esposa», que sobrepasa el sentido semántico ordinario, para pasar a ser la mitad necesaria y el complemento directo de la oración transitiva.
La brevedad del relato no le priva de cadencia. Tiene algo que los taurinos entendemos a primera vista, pero que nos es más complicado explicar: temple. Y temple significa llevar al lector, sin brusquedades, por el sendero estrecho que él –o el destino- ha trazado desde los tiempos remotos y que conducen a un final presentido, pero siempre impactante e inquietante, de los que nos dejan el ánimo suspenso.
Se afirma en la contraportada que «en ocasiones se escribe contra alguien o contra algo». También se asevera que al leer el presente texto «tenemos la impresión de que fue concebido con el ánimo turbio de ajustar algunas cuentas pendientes». Estoy en cordial y franco desacuerdo. Este libro no es una vendetta de cualquier forajido más o menos heroificado. Son, ni más ni menos, que algunas bocanadas de vida que el autor nos regala, prístinas y puras, sin edulcorantes, conservantes o colorantes. Así creo que se hace literatura, que es su inexorable e ilusionante condena.
Enhorabuena para el autor y la invitación a los buenos catadores del vino de la vida, para que degusten, sorbo a sorbo, esta damajuana preñada de buena añada. ¡Salud y buen provecho!