Rubén Castillo Gallego/www.rubencastillo.blogspot.com

Siempre me han gustado las personas reflexivas yHablando pronto y mal honestas. Los intelectuales que, armados de paciencia, fichas, capacidad de observación y buena prosa, van creando volúmenes para que los demás valoremos sus tinos, discutamos sus tesis y enriquezcamos nuestra visión de las cosas. Por eso leo con admiración a Julián Marías, consulto el diccionario de María Moliner y trato de no perderme los libros de Amando de Miguel. La editorial Espasa acaba de entregarnos la más reciente producción de este último: Hablando pronto y mal, un ambicioso y ameno recorrido por el estado actual de nuestro idioma, sometido a mil vaivenes, erosiones y maltratos por parte de periodistas, políticos, tertulianos y otros bípedos implumes.
En sus páginas, el conocido sociólogo ayunta centenares de curiosidades y reflexiones, donde el aparato teórico se reduce a niveles elementales y donde priman los ejemplos, que se utilizan para ofrecer una imagen plástica, chocante, iluminadora o paradójica. ¿Resulta sensato llamar parabrisas al cristal posterior de un coche (p.47)? ¿Se sabe con exactitud lo que significa la voz pedante (p.59)? ¿Por qué se les llama ascensores si también sirven para bajar (p.97)? ¿Cuál es la razón de que se califique de punto limpio al lugar donde se almacena la basura del municipio (p.97)? Con ingenio, y echando mano de unos materiales sorprendentes y decantados, Amando de Miguel nos va descubriendo un buen caudal de ejemplos donde la pereza, la ignorancia, el ansia de manipular o el gracejo campan a sus anchas.
Pero es que, lejos de conformarse con el mero análisis lingüístico, el autor zamorano dedica también su atención a interesantes cuestiones psicológicas («Es extraña la querencia de tener razón a toda costa. Nos pasamos media vida intentándolo, sin que lleguemos a averiguar por qué ese empeño imposible de que nos den la razón en los debates, discusiones o peleas», p.29), irónicamente libertarias («Hay una suerte de nuevo individualismo por el que ‘cada uno se expresa como quiere’. Ya me gustaría aplicar ese principio liberador a la declaración de la renta para el Fisco», p.43), políticas («Puede parecer extraño que se importen futbolistas u otros profesionales pero no políticos. En la sociedad española actual hay lugar para varios millones de extranjeros con residencia permanente. Sin embargo, prácticamente todos los políticos son autóctonos», p.81) y hasta jurídicas («Para evadirse de opinar sobre la conducta de los jueces, los políticos suelen decir hay que dejar trabajar a los jueces. No se entiende muy bien por qué los contribuyentes no pueden disentir de la opinión de un juez, pero esa es la doctrina que priva. Tampoco resulta comprensible que, si se critica a un juez, se le impide trabajar», p.205).
Especial atención y gracia tiene el capítulo 5, que se titula “Analfabetos funcionales pero locuaces” y que extiende desde la página 175 hasta el final del volumen, donde el sociólogo analiza el lenguaje de los políticos y tertulianos. El politiqués y el tertulianés resultan aquí diseccionados con una finura, un acierto y una contundencia que producen más de una sonrisa.
Libro, pues, para todo tipo de lectores, que no requiere conocimientos en el ámbito de ninguna disciplina (ni siquiera la filología) y que propone el análisis de giros, palabras y muletillas, desde el punto de vista de un observador inteligente. Léanlo para divertirse o para aprender. Igual consiguen ambas cosas.